Blog: Guardia de Elune

 

Titulo y enlace a esta entrada: Un mal día


 

Guardiana

¿Cómo demonios ha podido seguirnos hasta aquí, pensé para mis adentros. El dichoso gnomo de Ventormenta nos había alcanzado y nos había seguido hasta Kharanos. No contento con ello, ahora se hallaba sobre mi hombro y no apartaba la vista de mi pecho, cosa que aproveché para cogerle de la camisa y tirarle al suelo sin ningún miramiento. Para mi desgracia, Thoribas había desaparecido. Supuse que se había metido en su habitación y sabía que, aunque me encerrara en la mía con la tal Mantoblanco, el gnomo no me dejaría tranquila. Una puerta no le iba a detener si había llegado hasta donde nos encontrábamos. Decidí salir fuera de la taberna para respirar algo de aire puro y fresco, a pesar del frío que hacía en el exterior. Necesitaba tranquilizarme, estaba de los nervios y dar un paseo me vendría bien, aunque sabía que iba a terminar resfriándome. Mientras subía las escaleras no pude evitar preguntarme a qué vendría lo de llamarme vaquita. ¿Era por mis pechos? Tenía algo más de lo normal y el embarazo había aumentado el tamaño de mis senos, pero desde luego que no parecía una vaca. En cuanto atravesé la puerta de la posada, Thoribas me sorprendió. Esperaba algún tipo de reprimenda por su parte por haber tirado al suelo bruscamente al gnomo, pero no fue así.

– ¿Estás bien?- me preguntó.

Asentí, pero me moría por volver dentro y quedarme frente a la chimenea. Me estaba congelando.

– Voy a reclutar por aquí y los alrededores- mentí.

Le pareció buena idea. Claro, él no debía molestarse en hacerlo, ¿cómo le iba a parecer mala idea? No pude evitar soltar un bufido de exasperación.

– ¡Gatito XXL!

No había terminado de montar a lomos de Do’Anar cuando éste intentó clavarle las zarpas al gnomo, el cual se escurrió con gran facilidad. Me sujeté a las riendas para evitar caerme y tiré de las mismas para alejarme de Kharanos, de Thoribas y del dichoso gnomo. En cuanto llegamos a una explanada, comencé a patear la nieve para quitarme la mala leche de encima. El gnomo y la pasividad de Thoribas me enervaban la sangre, y dudaba que fuera bueno para el bebé que me alterara tanto. El bebé… ¿Ahora por qué me preocupaba por él?

Tras un paseo por las heladas tierras de Dun Morogh, decidí volver a Kharanos. Dejé que Do’Anar se recuperara en el establo y le puse una manta por encima para que no cogiera demasiado frío. Cuando bajé para dirigirme al cuarto que compartía con la otra mujer, pasé por delante del de Thoribas. Tenía la puerta abierta y vi a Ash’andu sobre su cama. Por más que la llamaba para que viniera conmigo y saliera de allí, parecía ignorarme. Ahora ella también, pues perfecto, Thoribas ya la sacaría de allí. Debí haberme levantado con el pie izquierdo, pues estaba teniendo un día horrible. Entré a mi cuarto y vi a la tal Mantoscuro frente a la chimenea, así que tal como había abierto la puerta, volví a cerrarla para pasar la noche en otra parte.

Al día siguiente, Thoribas nos avisó de que nos íbamos. ¿Tan pronto? Ni siquiera había ido a reclutar, no habíamos ido a probar suerte a ninguna parte. ¿Qué eran los Centinelas de Elune para él, un juego en el que él daba órdenes sin más? Bufé, estaba claro que aquel día tampoco iba a ser mejor que el anterior. Afortunadamente dimos esquinazo al gnomo, la primera buena señal del día, pero estaba cansada y empezaba a dolerme la espalda. Debería decirle al Guardián que estaba encinta, pero no quería que me expulsara por mi estado. No sabía durante cuánto más podría ocultar mi vientre, y con el tiempo ese tema sería más difícil de disimular.

Una vez llegamos a la base de Ventormenta, Thoribas decidió cederle a la elfa el cuarto de arriba. Sin tan siquiera decir palabra alguna, subió las escaleras y cerró la puerta de la habitación tras de sí. Había dormido en el pasillo de la posada de Kharanos, en el frío y sucio suelo de piedra. Esperaba poder pasar la noche allí, pero me daba la sensación de que la tal Mantoblanco se adjudicaría para sí sola el cuarto. Eso significaba que Thoribas y yo dormiríamos donde pudiéramos y, desgraciadamente, yo no estaba para dormir en el suelo. Era algo que no iba a permitir. Ahora que estábamos solos, era el momento idóneo. Tomé aire antes de acercarme a él. Cuando me miró, tuve que tragar saliva.

– Hay… algo que debo decirte.

Frunció ligeramente el ceño mientras me clavaba la mirada con los ojos entrecerrados. Si ya me iba a costar bastante decírselo, su penetrante mirada me lo ponía aún más difícil.

– Estoy…- tomé aire de nuevo, parecía que me faltaba y que me iba a marear de un momento a otro-. Estoy… esperando un hijo.

Lo había dicho en voz baja inconscientemente y esperaba no tener que repetirlo. La idea de volver a decírselo no me gustaba nada, pero por su mirada me había oído perfectamente.

– ¿Qué?