Relatos de Azeroth | Fallout – Los Horrores de Bael Modan – Parte 3/3

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Así es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

Capítulo 4: Los Horrores de Bael Modan

 

Los cybercentauros eran oponentes difíciles mas no imposibles de derrotar: Okrorio había logrado partir por la mitad a uno de ellos y decapitado al otro con ayuda de su hacha; podían ser todo lo fuertes e inteligentes que quisieran, pero seguían siendo centauros salvajes con poca táctica de combate. En cuanto al cyberorco, costó más el derrotarlo a causa de su mejores habilidades de pelea; bastó un movimiento en falso de su parte para acabar con él cortándole las piernas y luego los brazos.

No había rastros de los mellizos ni de ninguna otra criatura más, al menos por el momento; tampoco había rastro de alguno de los aldeanos raptados o de alguna salida. Lo último que deseaba era acabar el resto de sus días en aquel laberinto. Había tiempo para pensar mientras seguía recorriendo aquella trampa subterránea.

  • ¿Sigues pensando en quitarme mis especímenes?
  • Son personas, y me las pienso llevar lejos de ti.
  • De donde tú vienes, esas personas serían indeseables. Unos parias.
  • Eso no es verdad –se defendió el joven guerrero– Los orcos siempre defendemos a los nuestros.
  • Sí, claro… Todo indica que conozco mejor a tu especie que tú: los orcos nunca piensan en los débiles. ¿O crees que pensaron en ellos al salvar a los que pudieron antes del Holocausto?
  • ¿A qué te refieres?
  • Sabes a lo que me refiero, Okrorio Faucedraco: tus ancestros no eran débiles; por eso fueron elegidos. –Okrorio sólo respondió con su silencio– Oh, creo que tienes compañía.

En esta ocasión, el enemigo era diferente a los habituales: se veía como un cybercentauro pero mucho más robotizado y macizo, y con cuatro brazos; un par de ellos debieron de ser insertados quirúrgicamente. Uno de ellos, de hecho era en realidad un rifle de plasma, mientras que en otro de sus brazos tenía un hacha hecha de acero, incluido el mango.

Okrorio usó su Carga contra el centauro mecánico, pero este rápidamente lo contrarrestó con su mazo, lanzándolo contra la pared; el orco tardó en reaccionar y salir del camino de la criatura, antes de que esta lo atacara con disparos de su rifle. Esa era su arma más poderosa y peligrosa: debía hacerse con ella de alguna forma.

Corrió hacia el cybercentauro a modo de envestida, éste se preparó para cortarlo con su hacha; pero cuando estaba por envestirlo, se deslizó por el suelo y con ayuda de su hacha, cortó todas las patas del cybercentauro, dejándolo completamente incapacitado. Sangre y aceite salpicaron su rostro y parte de su vestimenta, pero poco importaba: estaba preparado para eso. La criatura robótica gruñía de rabia e impotencia al ser incapaz de ponerse de pie; los muñones que hasta hace segundos fueron sus patas, eran incapaces de sostener su enorme peso en metal. Tal vez el loco que lo creó no fuera tan inteligente después de todo.

Okrorio se levantó del suelo y caminó hacia él sin bajar la guardia; la criatura aún tenía sus armas, pero como sus movimientos estaban limitados, era incapaz de usarlas adecuadamente. Con hacha en mano, el orco cortó las manos del centauro, soltando las armas para siempre y dejando sólo unos muñones destrozados de los que brotaba sangre y aceite por igual. Tomando el brazo restante, y con su pie sobre la cabeza de la herida criatura, Okrorio forcejeó para conseguir su merecido premio.

  • Qué bonita arma tienes… –comentó mientras estiraba con fuerza el brazo mecánico y apoyaba su pie contra su rostro; tras segundos de forcejeo, lo arrancó a la altura del hombro; el cybercentauro gritó de dolor una última vez antes de que su cabeza fuera aplastada por el pie del orco– ¡¿Te importaría dármela?! –miró despectivamente el cráneo aplastado, del cual fluía una masa carnosa rosada -su cerebro- entre las piezas de metal holladas– ¡Bah! Creo que no. Ahora veamos si puedo ajustar esta arma y… ¡Listo! Te salió tan inteligente la chatarra esa, ¿No?
  • Más o menos. De todos modos, los orcos los usarían como primera línea de ataque.
  • ¿QUÉ? ¿¿LA HORDA TE ORDENÓ HACER ESTAS COSAS?? –preguntó sumamente confundido y enfurecido a la voz¡¡¿¿QUIÉN DEMONIOS ERES??!!
  • Ya lo sabrás… Viene otra visita.

Okrorio volteó su cabeza para atrás apenas acabó de decir esas palabras el sujeto misterioso. Tenía razón: algo se estaba acercando a lo lejos y llevaba mucha prisa. ¿Otro enemigo quizás? No tardaría en averiguarlo. A medida que pasaban los segundos, el sonido de los pasos se fue aclarando, al punto que pudo distinguir dos tipos diferentes de pasos diferentes. ¿Diferentes criaturas?

En efecto, eran dos criaturas, pero no las que esperaba ver: una era una especie de Abominación con cuatro brazos y parcialmente mecanizado; la otra, eran en realidad Koyanisqatsi tratando de escapar. Realmente, el shamán atacaba con todos los poderes a su disposición, pero aparentemente tenía pocos resultados.

  • ¡¡AGÁCHATE, VACA!!
  • ¿¿QUÉ??

Antes de poder responder a semejante insulto, Koya prefirió obedecer por mero instinto… y justo a tiempo para observar como un potente rayo de luz verdosa atravesaba a la criatura hasta dejarla con un enorme agujero donde antes estaba su pecho. La criatura cayó al suelo como un saco de carne muerta, retumbando el pasillo. Tras limpiarse algunos pellejos que habían saltado a su cara, Koya desvió su mirada hacia el orco, quien portaba una nueva arma.

  • ¿Verdad que es genial este juguete?

 

 

Mengel había descubierto cosas sumamente interesantes gracias a la “conversación forzada” que tenía con Powaqqatsi. No sabía por dónde empezar a asombrarse: si por el hecho de que él mismo había construido dos Gnoblin 5000 perfectamente funcionales -aunque estéticamente cuestionables- o por el hecho de que él y su hermano eran de una próspera comunidad de sobrevivientes tauren, elfos nocturnos y trolls entre otras especies, en los bosques de Feralas.

  • Estoy impresionado: la verdad no esperaba que tu especie lograra sobrevivir al Holocausto con semejante éxito. Aunque creí que los elfos se extinguirían: con eso de ser más amantes de los árboles que ustedes mismos y sumamente tecnófobos y aislacionistas.
  • Baine y Tyrande unieron fuerzas para llevar a nuestros pueblos a un refugio seguro, y lo lograron.
  • Ya veo… Tyrande debe de seguir vida, pero el viejo Baine… De seguro se murió hace tiempo, ¿Verdad?
  • Murió a causa de una prolongada exposición a la radiación durante la marcha a Feralas, y a su avanzada edad. –respondió Powaq– Creo que tenía 105 años más o menos.
  • Como su padre… –respondió Mengel– Interesante.
  • Dime algo… ¿Acaso piensas atacar a la Mancomunidad?
  • Mmm… Nah. No tengo el mínimo interés en más especímenes: tengo todo lo que necesito aquí, en los Baldíos. Cambiando de tema: eres más inteligente de lo que creí anteriormente. –uno de los brazos robóticos se acercó al Gnoblin 5000 de Powaq y se conectó al mismo por unos segundos– Sigue costándome creer que los hayas hecho tú con mero material reciclado y unos viejos manuales.
  • Es cuestión de empeño e imaginación. Deberías de saberlo, doctor: eres un científico.
  • Supongo que si… –hizo una breve pausa– ¿Quieres saber a que debo mi pasión por la ciencia? Es bastante sencillo la verdad: llamémosle derivado de la innata curiosidad infantil.

Crecí en la ciudad de Puerto Pantoque, en la isla de Kezan. Mi padre era dueño de una quesería en Calle del Timo, y los problemas con las ratas eran cosa de todos los días, aparte de los reclamos de los clientes por los quesos rancios. De niño, ayudaba a mi padre colocando trampas para ratas que yo mismo construía, para luego deshacerme de aquellas que había capturado; no compraba las trampas, sino que las hacía yo mismo. Cuando tenía trece, recolectaba a las ratas y experimentaba con ellas: desde los clásicos laberintos hasta métodos alquímicos que derivaron en mis primeras criaturas: ratas paloma. Por desgracia, esas cosas se multiplicaron  causaron más daños al negocio de mi familia de lo que esperaba; como era un niño, comprendo que no haya calculado los riesgos. Pero eso fue solo el comienzo.

  • El comienzo de tu locura –masculló Powaq aun cautivo– Leí en la terminal las cosas que hiciste con aquellos animales que capturaste.
  • Ah, eso. Eran meros ensayos para lo que venía. Hazme el favor de no interrumpirme, ¿Si?

Hay una cosa que seguro sabrás, pero te lo recalcaré mejor. Los goblin suelen tener muchas profesiones: peluqueros, cocineros, banqueros, lo que sea. Pero destacamos en dos cosas en particular: la ciencia o las finanzas, por lo que, o te dedicas a los negocios, o a la investigación científica y técnica. Generalmente ambas van de la mano, pero hay un muy, MUY reducido número de goblin que son amantes de la ciencia… y tu servidor aquí presente, es miembro de ese selecto grupo. Te parecerá extraño, pero a mí nunca me interesó mucho el dinero, más allá de ser la financiación de mis investigaciones. Eso causó tanta extrañeza entre mis allegados que pensaron reiteradas veces en someterme a un manicomio, sin éxito.

  • Pero sí que lo necesitabas, aunque no por tu falta de avaricia.
  • ¿Qué dije de interrumpirme? Aghhh…

De todos modos, mi fascinación con la ciencia, en especial con la Biología y la Ingeniería Robótica, no tenía límites, y pronto destaqué enormemente en la escuela y luego en la universidad, convirtiéndome en doctor en poco tiempo. Trabajé en muchos lugares, incluso en Cabo Wernher, hasta que el Jefe de Guerra me contrató.

  • Y acabaste aquí, donde trabajaste en nuevos tipos de armas para el frente de batalla.
  • Robots, tanques, armas láser: el Jefe de Guerra lo quería todo, y yo encantado se lo daba. No por él, claro está: sino por mi amor a la ciencia y a la tecnología.
  • Pero… Hiciste algo que no le gustó.
  • Ejem… Si: lo leíste en la terminal según parece. Su primera impresión con los cybercentauros no fue muy alentadora, pero tras unas demostraciones, se convenció. ¿Sabes por qué?
  • Me lo imagino… ¿Algo que ver con nosotros quizás?
  • Oh, si… Los odiaba en sobremanera por abandonar la Horda. –hizo una pausa de varios segundos– Pero nunca llegó a usarlos: debía producirlos en masa y eso toma tiempo, y para cuando apenas tenía un mísero lote… ¡PUM! Vino el Holocausto.
  • Y te quedaste aquí solo, con tus máquinas y los pocos soldados que debían ayudarte…
  • A quienes acabaste usando como parte de tus experimentos. –masculló Powaq con cierta indignación en su tono de voz– Por eso el diario de la terminal acaba abruptamente: descubriste a ese soldado que estaba registrando todo lo que vio, y lo convertiste en otro experimento.
  • De todos modos no había a quien decírselo, ¿O sí? El Jefe de Guerra estaba muerto, así como medio mundo, incluida su familia. De algo debía servirme, ¿O no?
  • Quiero saber algo… Tomando en cuenta lo que hacías, y de cuánto tiempo ha pasado… Debo suponer que tú… tú te…
  • Te vas acercando, Powaqqatsi. Te vas acercando.

 

 

  • ¡Te dije que no me llamaras vaca! –gritó Koya tras recuperarse rápidamente del susto– ¡¿Y de dónde sacaste eso?! –preguntó, refiriéndose al arma; luego desvió la mirada hacia los restos del cybecentauro– Oh, por la Madre Tierra. ¿Tú lo mataste?
  • Ajá. Y esta preciosidad era su brazo ¿Me vas a reclamar por su vida?
  • No… Decía que… Oh, vaya: un centauro robot. –Koya se puso a pensar en la posibilidad de que hubiera más de esas cosas; incluso las imaginó atacando un poblado tauren– No es algo que un tauren quisiera ver en sus peores pesadillas.
  • Imagino que no: será por eso que lo construyeron.
  • ¿Qué dices?
  • Ese tipo, el del altavoz: él dijo que creó varias de esas cosas, los cybercentauros, a petición del Jefe de Guerra de ese entonces. –Okrorio pudo notar como Koya levantaba la ceja y parecía estar hirviéndosele la sangre– Tengo el presentimiento de que los iban a usar contra ustedes.
  • La mayor pesadilla de los tauren, hecha máquina. –masculló en voz baja– Que horror.
  • Yo no sabía de esto por si lo pensabas. –se defendió el orco ante una posible acusación
  • Prefiero pensar en cómo rescatar a mi hermano y salir de aquí –contestó fríamente– Luego resolveremos lo que tú dices no saber.

Koya estaba por seguir su camino, independientemente de si Okrorio lo seguiría o no, cuando desvió su mirada a una puerta solitaria cerca de donde yacía el inerte cybercentauro. Era sencilla, de madera con un pequeño letrero que decía “Laboratorio. Prohibido el acceso a personal no autorizado” Por razones que no comprendía, sentía la sensación de que debía entrar a ese lugar.

Tomó el picaporte y abrió la puerta: estaba oscuro, pero tras oprimir el interruptor, quedo todo en claridad: era un laboratorio sumamente pequeño, más que el de una escuela o de un alquimista de poca monta. Había unos pocos estantes, una mesada de trabajo con algunos alambiques, matraces vacíos, un microscopio, un cuaderno de apuntes y una terminal. Y sin embargo, todo era sumamente extraño; Okrorio, que al principio no quería entrar, se animó, y tras inspeccionar meticulosamente con la mirada, concluyó:

  • Esto es falso.
  • ¿Qué? –preguntó el shamán– ¿A qué te refieres?
  • Que esto no es un laboratorio: nunca lo usaron. Si lo ves bien: se ve demasiado limpio y ordenado, como si nadie tocara nada aquí adentro.
  • Pero si es una mera fachada… ¿Qué ocultará?
  • Tratemos de averiguarlo…

Okrorio fijó su mirada a un estante con libros: tenía marcas de que solía moverse a un costado; tras empujarlo, quedó al descubierto una puerta secreta, con la inscripción: “Fábrica”.

  • ¿Por qué ocultaría una fábrica? –preguntó Koya
  • Tal vez porque allí fabricaba a… “sus niños”

El orco abrió la puerta, que conducía a un pasillo sobre una plataforma metálica con barandal: ya desde el falso laboratorio se podía percibir un fuerte brillo rojo, un olor a metal fundido, un tufo de aire caliente y el sonido de maquinaria trabajando. ¿Qué podrían estar haciendo allí adentro?

Ambos se aventuraron a atravesar la puerta y descubrirlo: el lugar era enorme, más grande que un hangar, donde había un sector de fundición y otra de moldeado y enfriado de metal; otro de armado donde innumerables robots construían partes mecánicas y armas; a lo lejos, una banda transportadora que llevaba las partes mecánicas recién ensambladas a otro sector.

  • Allí debe ser donde hace a esas monstruosidades mecánicas. –concluyó Okrorio mientras señalaba la banda transportadora– Esto sólo es la fábrica donde hacen las robopartes.
  • ¿De verdad crees necesario ir a perder nuestro tiempo allí?
  • Puede que encontremos a los aldeanos, o hasta a tu hermano.
  • Mmm… Está bien.

Para su fortuna, el pasillo en el que se encontraban terminaba en una puerta que parecía conducir a esa hipotética otra habitación. Tras abrir la puerta y comprobarlo, desearon no haber entrado. En efecto, era otra fábrica, donde llegaban las robopartes y eran almacenadas para luego ser usadas.

Y precisamente esa parte era lo impactante: el lugar se veía como una auténtica fábrica, llena de tubos, cañerías, brazos mecánicos y escapes de gas, pero no donde armaran robots nuevos, sino donde creaban a los cybecentauros y demás criaturas cyborg. A un lado de la fábrica, lejos de la “zona de ensamble” se hallaban grandes cápsulas de vidrio con casquetes metálicos llenos de un líquido de tonalidad verdosa, en la que flotaban, para su asombro, centauros adultos con varios cables conectados a su cuerpo. Era increíble -más para Koya- el ver a un centauro en su forma original, pues se creía que se habían extinguido tras el Holocausto, salvo algunas versiones mutágenas o algunos medianamente civilizados en las Planicies Esmeralda; pero estaban ahí, y aparentemente vivos, tanto machos como hembras en perfecto estado. Algo sin embargo lo perturbaba: el hecho de que estuvieran allí dentro… ¿Qué podría significar?

Repentinamente, varias de las cápsulas comenzaron a drenar el líquido de su interior, dejando libres a los centauros tras expulsarlos por unas compuertas en la parte inferior de las mismas. Ya con los cables desconectados de su cuerpo, los centauros trataron de ponerse de pie, pero les era sumamente difícil. Fue entonces que ambos lo comprendieron: no podían caminar porque nunca lo habían hecho en su vida. No nacieron: fueron “cultivados” allí mismo para un simple objetivo… ser carne de experimentos.

Una especie de grúas compuestas por un disco metálico con varios brazos y un largo cable que colgaba de una polea que corría por un rail en el techo inyectó a los centauros con una sustancia verdosa; inmediatamente estos quedaron paralizados el tiempo suficiente para no caer al suelo y ser recogido por los brazos de las grúas, que automáticamente se los llevaron a otro sector de la fábrica. Okrorio y Koya trataron de ir hacia ese sector lo más discretamente posible, pues si bien no había guardias a la vista, nunca se podía estar del todo seguro; o podía ser peor: que el sujeto misterioso los dejara en total libertad para después hacer con ellos lo que le dé la gana.

Llegaron a un cuarto dentro de una habitación cilíndrica de tantas que había y donde aparentemente eran llevados los centauros. Llegaron justo a tiempo para ver como el centauro era colocado sobre una plataforma de metal y asegurado con grilletes; varios minirrobots semejantes al que vieron por los pasillos antes de desmayarse, pero capaces de volar a modo de colibríes comenzaron a llegar desde arriba, agolpándose junto al centauro. Bajaron de dos railes del techo dos grúas con varios brazos cada uno: una de las grúas cargaba en sendas bandejas varias partes mecánicas recién ensambladas, la otra estaba equipada con cuatro brazos terminados en una especie de miniláser, una sierra circular doble, un conjunto de bisturíes, y una serie de cuchillas que se movían como tijeras a gran velocidad. El centauro se veía nervioso… y tenía motivos para estarlo.

Entonces Koya y Okrorio fueron testigos de una auténtica carnicería: la doble sierra circular cortó el cráneo del centauro mientras las cuchillas cercenaban su vientre, extrayendo casi todos los órganos internos; los bisturíes comenzaron a cortar la piel de su espalda sobre la línea de la columna vertebral desde la nuca hasta la cola, dejando al descubierto las vértebras. Todo esto mientras el infeliz centauro producía unos inimaginables e infernales gritos de dolor, sonido que al son de las cuchillas metálicas chasqueando velozmente y cortando la carne viva llegó hasta los mismos corazones del orco y del tauren, más al oír a los lejos el mismo sonido, en otras habitaciones cilíndricas, donde otros centauros eran sometidos a dicha barbarie.

Menos de dos minutos bastaron para dejar al centauro en poco más que un despojo de carne, piel y huesos y con su cerebro expuesto en la parte superior de su cráneo, que conservaba vagamente su forma original; de inmediato los minirrobots acudieron a tomar diversas piezas mecánicas que comenzaron a colocar en lugares específicos, como brazos, piernas, torso, vientre, entre otros. Una máquina semejante a un motor eléctrico fue colocada en el lugar donde anteriormente estaba su estómago, y otra, con apariencia de una caja metálica con bombillas diminutas y un miniventilador, fue conectada mediante cables a su médula espinal previamente expuesta. Luego, un yelmo de acero con cúpula de vidrio en la parte superior fue soldada al rostro del centauro con ayuda del miniláser; finalmente, el miniláser se ubicó hasta la nuca del centauro, donde introdujo su afilada punta metálica en un tipo de “cerradura” que conectaba al cerebro. Segundos después, se liberaba, y el nuevo cybercentauro abandonaba estoicamente la habitación.

Antes de que uno de los minirrobots lograra descubrirlos, o cuando menos prestarles la mínima atención, Koya logró reaccionar lo suficiente como para tomar a Okrorio del brazo y alejarse lejos de la vista de cualquier robot. El corazón de ambos latía con tal fuerza que retumbaba como un tambor, y eran capaces de oírlos, al tiempo que sus ojos eran incapaces de parpadear.

  • Eso… eso…
  • Fue… abominable. –sentenció Koya, aun con los latidos de su corazón resonándole en su pecho a causa del miedo que intentaba ocultar– Debemos hallar a mi hermano e irnos de aquí cuanto antes.
  • Creí que… tu especie odiaba a los centauros.
  • Ni siquiera ellos merecen un destino tan atroz. Ese sujeto está loco… y tiene a mi hermano.
  • Y a muchos más. Sospecho que lo que le hace a los centauros… piensa hacérselo a la gente de la tribu.
  • Con más razón debemos apresurarnos a…
  • ¿Por qué tienen prisa? –los interrumpió la voz de su enigmático anfitrión– Creí que la estaban pasando bien. Ah, y por si quieren empezar un alboroto… –los minirrobots cercanos desplegaron varios minicañones, así como algunos cybercentauros recién salidos de fábrica– digamos que no se los recomiendo.
  • ¿Qué demonios quieres con nosotros? –masculló el guerrero– Nos tratas como ratas de laboratorio, y hasta nos muestras la fábrica donde creas a esas… cosas. ¿Acaso piensas hacernos lo mismo?
  • Pensaba en compartir mis logros con sus pequeñas mentes: considérense privilegiados.
  • Lo seremos cuando aplastemos ese repugnante cerebro tuyo. –amenazó Koya– Y si le haces algo a mi hermano…
  • Jojojo… Quiero ver que lo intentes… Es más: veamos si lo haces. Y para acabar con las confusiones, déjenme presentarme: soy el Doctor Mengel.

 

 

  • ¿Por qué sigues jugando con ellos? Ya les mostraste tus experimentos, ¿Qué más quieres?
  • Nada, ¿Es que no tengo permitido jugar? Ya sabes que llevo más de cien años aquí completamente solo.
  • Eso no me conmueve, y lo sabes –respondió Powaqqatsi, quien seguía paralizado y postrado en la mesa metálica del laboratorio– Y menos tomando en cuenta lo que te hiciste.
  • Tampoco me engañas: lo encuentras fascinante. –enfatizó la voz del doctor– Y si aún no te lo hago, es porque debo tener todo fríamente calculado y porque quiero seguir con la conversación en caso de que algo salga mal. Cosa que dudo, pero bueno…
  • Por más fascinante que sea como hecho científico, no lo deseo para mí, ni para nadie contra su voluntad: prefiero morir como tauren que vivir como máquina –sentenció valientemente– Soy un druida y la Naturaleza será siempre mi camino.
  • La naturaleza es obsoleta –sentenció Mengel con cierta autoridad, propia de un experimentado profesor universitario– El Holocausto la ha dejado en la completa ruina: herida, moribunda, débil. Sólo una actualización a través de la máquina le garantizaría su supervivencia, y aun así, se convertiría en algo más, algo mejor.
  • Te equivocas: la naturaleza no es obsoleta: se adapta al cambio, mejora, resiste, perdura, evoluciona. Tal vez no eres tan listo como creías, doctor.
  • Mmm…

 

 

Sin previo aviso, ambos habían sido teletransportados a otro sitio, donde estaban totalmente envueltos en la oscuridad; automáticamente Koyaanisqatsi creó una pequeña llama en la palma de su mano para servir de lumbrera, pero ni aun así bastaba para espantar la oscuridad y determinar con exactitud en donde estaban.

Repentinamente, al otro lado del aparente cuarto, apareció una columna de luz verdosa, que envolvía a lo que parecía ser un goblin de estatura promedio y vestido con una bata blanca de científico que les mandaba una sonrisa vacía.

  • Un gusto verlos frente a frente.
  • ¡Tú debes ser el tal Mengel! –gritó Koya, en cuyas manos automáticamente aparecieron sendas bolas de magma incandescente, listas para disparar– ¡Libera a mi hermano o no dejare ni cenizas de tu existencia!
  • Oh… Permíteme temblar, jajaja… –se burló el doctor– Me has asustado tanto que olvidé demostrarlo.
  • Apaga tus fuegos, Koya –le pidió, por no decir “ordenó”, el orco, colocando su mano derecha sobre su muñeca, en un intento por bajar su brazo– Pierdes el tiempo.
  • ¿Ahora piensas dejarlo como si nada? ¿Después de lo que vimos allá? ¿De lo que es capaz de hacer?
  • ¡¿Te quieres calmar de una maldita vez y escucharme?! –le gritó alzando la voz– ¡El doctor se ríe de ti y no te das cuenta! –en efecto, las risas de Mengel se podían oír perfectamente– Y luego dicen que los orcos somos los brutos.
  • ¿Me estás llamando idiota? –gruñó el tauren, tomándolo del cuello sin que el orco mostrara señal alguna de temor– Puedo matarte de una y mil formas si me haces perder el tiempo.
  • Sólo míralo… y verás a qué me refiero… vaca.
  • ¿Eh…?

Koya optó por hacerle caso y soltó a Okrorio, para después fijar su mirada en el goblin. Se veía bastante normal, a pesar de continuar riéndose… Sin embargo, notó que había algunas peculiaridades: la luz, la posición del goblin, y… Entonces lo descubrió: podía oírse a Mengel reírse sin parar… pero no lo veía mover los labios, ni ningún otro músculo de su rostro.

Para asegurarse, lanzó una pequeña bola de fuego contra él; la bola al acercarse, hizo parecer otra más tenue enfrente suyo mientras que el goblin ni se inmutaba. Finalmente la bola se estrelló contra algo, desvaneciéndose en la oscuridad y comprobando sus sospechas: la bola de fuego había chocado contra un tubo de vidrio iluminado desde adentro, la cual había reflejado antes de chocar, y en cuyo interior estaba Mengel… o tal y como Okrorio supuso, su cuerpo suspendido.

Ambos se acercaron al tubo de vidrio que se alzaba como centro de interés de aquella habitación para ver más detalles: el goblin flotaba dentro del tubo, suspendido en un líquido transparente y algo burbujeante, con varios cables conectados a su cuerpo que colgaban de la parte superior. Okrorio señaló su cabeza, indicándole a Koya que la observara; al hacerlo, quedó intrigado: la cabeza presentaba una cicatriz que la rodeaba por completo, y que había sido cosida posteriormente. Eso significaba…

  • No… Por la Madre Tierra… No, no puede ser… –repetía, incrédulo– Él… él se…
  • Me optimicé. –sentenció Mengel, desde los altavoces– Mi mente es brillante, sumamente brillante… pero mi cuerpo es como el de cualquier otro, y no era capaz de sobrevivir por mucho tiempo. Por fortuna, los enanos de este lugar realizaron asombrosos descubrimientos titánicos que no llegaron a comprender, pero que yo logré descifrar tras años de dura investigación, llevándome a mi máximo logro.
  • ¡Te arrancaste tus propios sesos! –exclamó el orco– ¡Eres un cerebro enlatado! ¡Por eso es que sigues con vida a pesar de estos cien años!
  • Eh… Digamos que sí. –respondió Mengel con cierta diablura– No niego que era una cirugía de alto riesgo, pero deposité toda mi confianza en mis robots, y lograron un estupendo trabajo: ahora mi viejo y obsoleto cuerpo de carne que ven allí no es más que un viejo y añorado recuerdo de tiempos pasados. Llámenme nostálgico si quieren.
  • ¡¡TE LLAMARE LOCO ENFERMO!! ¡¡¿¿CÓMO PUDISTE HACERTE ESTO A TI MISMO??!!
  • Sin sacrificios no se llega al progreso, Koyaanisqatsi: deberías de saberlo. Si no fuera así, tu patética especie hubiera seguido pastando como cazadores nómadas de la edad de piedra hasta ser exterminados por los centauros o bien por el Holocausto. Pero por lo que veo, eres mucho más conservador que tu hermano, así que no perderé más mi tiempo en explicártelo ni a ti ni al orco que te acompaña. Ha sido un placer, pero ya me aburrí, así que los invito a salir –en ese momento, una puerta se abrió, dejando entrar una gran cantidad de luz que venía de otro pasillo– y a valérselas por sí mismos. Tengo cosas que hacer.
  • ¡¡Espera, no te atrevas a tocar a mi hermano!!

Pero ya era tarde: Mengel se había callado. El joven shamán casi se desploma en el suelo, de no ser por cierto orco que lo sostuvo justo a tiempo.

  • ¿Qué pasa? ¿Piensas en perder las esperanzas justo ahora?
  • Eso nunca… Pero queda poco tiempo: lo presiento.
  • Lo vamos a encontrar. –respondió Okrorio en un tomo inusualmente amable– Tenlo por seguro.
  • ¿A qué se debe esa repentina amabilidad?
  • Velo como camaradería situacional: estamos atrapados aquí juntos, y solo podremos escapar juntos. ¿Captas?
  • Sí, es verdad. –asintió el shamán; su momentáneo decaimiento se había esfumado. Se levantó firme, y se dirigió a la puerta– Andando.

Fuera de la habitación se extendía otro largo y monótono pasillo, sin nada que lo diferenciara del resto. Orco y tauren se adentraron al mismo y comenzaron a buscar cualquier habitación, con la fortuna de hallar en la que se encontraba cautivo Powaqqatsi. Los resultados, sin embargo, eran nulos; la ventaja es que no aparecían más de los monstruos de Mengel… hasta ahora.

Un par de cybercentauros liderados por un cyberorco aparecieron tras dar la vuelta en una intersección: Okrorio sacó su hacha y le causó un Golpe Mortal a uno de los cybercentauros, aturdiéndolo; el otro se prestaba a atacarlo cuando Koya hizo estallar su cabeza -y del otro cybercentauro- con una potente descarga eléctrica. El cyberorco cargó su rifle de plasma y comenzó a disparar a diestra y siniestra. El Escudo de Tierra de Koya los protegía temporalmente, tiempo aprovechado por el orco guerrero para atacar con su Golpe Abrumador, cuyas veloces revoluciones seguidas de golpes dejaron derrotado al orco mecanizado. Su cabeza no tardó en rodar por el suelo.

  • No perdamos más tiempo con estas basuras –sentenció Koya tras aplastar la cabeza del orco robótico– Debemos irnos de aquí. ¿Alguna idea?
  • Mmm… Puede que… –un murmullo, a lo lejos se hacía cada vez más fuerte– Maldición: vienen más. –Okrorio corrió hacia una habitación y de una patada derribó la puerta: algo en su interior llamó su atención– Vigila: hay algo que debo hacer.
  • ¿Es importante? Porque no estoy para…
  • ¡Confía en mí aunque sea esta vez! –rugió el guerrero tras entrar a la habitación– ¡Maldita sea!

Koyaanisqatsi se vio resignado a esperar fuera de la habitación, desviando la mirada a uno u otro lado del pasillo por si venían más enemigos, mientras que Okrorio hacían quien sabe que allí adentro. ¿Estaba tan loco como para confiar en un orco mientras oía como unas abominaciones mecánicas se acercaban cada vez más? Después de todo lo que ellos le habían hecho a los tauren, lo que menos podía hacer es depositarle su confianza, su seguridad -y la de su hermano- a un orco. Y sin embargo, odiaba admitir que tenía razón en lo de “estamos atrapados aquí juntos, y solo podremos escapar juntos”: era una cruda realidad… de la que deseaba salir lo más pronto posible. ¿Cómo un viaje espiritual derivó a semejante desviación surrealista?

  • ¡Ya está! –exclamó Okrorio tras salir de la habitación– Podemos irnos.
  • ¡Por fin: esas cosas se están acercando! ¿Qué demonios hacías allí dentro?
  • Había un mapa… –respondió a medida que corrían, siendo él el guía– Creo saber dónde está Powaq.
  • ¿Un mapa? –se detuvo de golpe– ¿Me tuviste angustiado por un mapa?
  • Estaba en lenguaje orco. ¿Entiendes orco?
  • Eh… no. Yo sólo hablo taurahe, darnassiano y común. Powaq es el poliglota de los diez idiomas.
  • ¿Tu hermano habla…? –suspiró, dejando caer los hombros– Olvídalo: con razón quiere Mengel sus sesos. Sígueme paso a paso y lo hallaremos, pero démonos prisa, maldita sea.

A pesar de sus dudas, Koya optó por seguirlo. ¿Qué importaba más ahora? ¿Su odio por los orcos o el bienestar de su hermano? La respuesta era lógicamente sencilla. Por otro lado, y en contra de sus deseos e instintos, comenzaba a confiar en aquel guerrero orco que acababa de conocer. Era fuerte, era valiente, buen luchador, gruñón como todo orco, pero al fin y al cabo leal y honorable hasta donde podía vislumbrarlo: pudo haberse negado a acompañarlo cuando secuestraron a Powaq; pudo haber regresado a la aldea, o a sus propios asuntos en lugar de aventurarse a Bael Modan; pudo haber dejado que Ygork lo matara, o haberlo abandonado en la “fábrica”. Pero no hizo ninguna de esas cosas y se mantuvo a su lado. ¿Por mero interés? Quien sabe, pero por un breve momento, creyó ver aquello mismo que Cairne Pezuña de Sangre había visto en los orcos hace casi doscientos años.

 

  • ¿Qué demo…? –preguntó Mengel, aparentemente sorprendido– Oh, vaya… Jejejeje…
  • ¿Qué sucede?
  • Alguien se ha entrometido en mis asuntos. –hizo una incómoda pausa– Vienen por ti.
  • ¡Lo sabía! ¡Ellos no dejarían de buscarme!
  • No perderé más tiempo: prepararé la operación de inmediato. Un placer hablar contigo.
  • Apresúrate, Koya…

 

Se podían oír a varios enemigos acercándose, pero lograron esquivarlos tras tomar varias desviaciones. Llegaron a un corredor donde había una puerta blindada.

  • Es aquí. –dijo el orco– Debemos derribar la puerta.
  • ¿Cómo estás tan seguro?
  • Llámalo intuición. ¡Vamos, no pierdas el tiempo!
  • ¡Apártate! –exclamó mientras hacía que de sus manos brotara magma incandescente– ¡Ráfaga de Lava!

La puerta salió disparada hacia adentro, quedándose con un enorme agujero de metal fundido. El interior era una sala quirúrgica sumamente limpia e impecable, con azulejos blancos cubriendo tanto las paredes como el piso. Del techo colgaba una lámpara de varias bombillas halógenas y junto a ella, varios brazos robóticos provistos de bisturíes, cuchillas y sierras circulares listos para trabajar… y justo bajo ellos, estaba la mesa de operaciones, con su hermano recostado y a pocos segundos de ser “operado”.

Koya hubiera atacado con su Cadena de Relámpagos, o sus Choques Ígneos, `pero consideró que podría dañar a su hermano, que permanecía muy cerca de los aparatos. Por ello, usó su Choque de Escarcha, congelando todas las máquinas. Okrorio procedió a destrozarlas con su hacha, y a cortar los grilletes que tenían aprisionado a Powaq. El joven shamán al ver a su hermano liberado, corrió a abrazarlo automáticamente.

  • Me alegro que estés bien, hermano… ¡Creí que te perdería!
  • Eh… Yo también me alegro de verte, Koyaanisqatsi. Sabía que me encontrarían, pero… ¿Podríamos dejar el abrazo para después? Tu lado tierno es algo incómodo la verdad. –recibió un golpe suave en la cabeza– ¡Hey! ¿Y eso?
  • ¡Por arruinar el momento! –Koya recibe un golpe de Okrorio– ¡Hey! ¿Y eso por qué?
  • ¡Por cursis! ¿Podemos irnos ya? Se acercan más enemigos y no los vamos a detener con el poder del amor.
  • Si –asintió el shamán– Powaq, levántate y vámonos.
  • No puedo… –respondió el druida, recluido en la mesa– Mengel me inyectó una nueva dosis de un suero paralizante minutos antes de que llegaran. Su efecto dura media hora, y no me puedo mover.
  • Por la Madre Tierra… ¿Quiere decir que alguien tendrá que llevarte? –Powaq asintió; Koya desviaba su mirada hacia…– Po…
  • ¡Ni siquiera lo imagines! ¡Soy fuerte pero no para tanta masa de carne! Lo llevarás tú.
  • Argg…

Sin más remedio, Koya tuvo que llevar a su hermano mellizo en su espalda, sujetándose este por el cuello del mismo. Sabía que eso lo dejaba vulnerable, y por ende, dependiente de Okrorio para su seguridad, algo que no le gustaba. Por más que su confianza hacia el orco hubiese aumentado, eso no era ninguna garantía de supervivencia.

Por fortuna, Okrorio no era ninguna decepción luchando, y pudo derrotar a varios cybercentauros que hallaron por el camino sin mayor problema; en parte por el rifle de plasma que había obtenido momentos atrás, y también por ser un buen guerrero. El problema era que iban sin rumbo fijo: el orco no había visto una salida y necesitaban un mapa. Sería Powaq quien resolvería el problema: pidió que lo bajaran un momento junto a una terminal que hallaron en el pasillo; pese a las negativas de sus compañeros, lo dejaron de pie junto al aparato, sirviéndole de apoyo.

  • Espero que sea para algo importante.
  • Antes que nada, ¿Podrías destruir las cámaras, hermano? –Koya lo miro confundido; no sabía a qué se refería– Esas “lámparas negras” que hay por el techo. Sujétame por favor, Okrorio.
  • Aghh…
  • De acuerdo. –con su Cadena de Relámpagos, Koya hizo estallar las cámaras de vigilancia, dejando un punto ciego en el pasillo– Así que de ese modo nos vigilaba le miserable. ¿Y qué piensas hacer que necesitas de privacidad?
  • Conseguiré el mapa, Koya… Aunque es seguro que él lo sabe. –respondió el druida, mientras movía con suma dificultad sus manos, que poco a poco escapaban del efecto del paralizante– Ya puedo mover los dedos: al menos eso no me causará muchos problemas.
  • ¿Cómo piensas conseguirlo, abrazaárboles?
  • Conectar mi Gnoblin 5000 a esta terminal, y de allí “robar” los planos de la base. Sería absurdo que las terminales no tuvieran los planos de este lugar.
  • ¡¿Cómo demonios aprendiste a hacer eso?! –exclamó su hermano, cada vez más boquiabierto por las habilidades de Powaq– ¡Eso es… pirateo!
  • No son las mismas computadoras que en casa, pero el principio es el mismo. A decir verdad… será la primera vez que lo haga… Y si resulta, le daré a Mengel otro motivo para querer mi cerebro.

Koya no sabía nada de computadoras o algo semejante: sólo podía ver como su hermano sacaba un cable de su Gnoblin 5000, lo conectaba a la terminal y apretaba unos botones mientras mantenía sus ojos fijos a la minipantalla de su aparato de muñeca, mientras Okrorio, gruñido tras gruñido de impaciencia, vigilaba los alrededores con rifle en mano. Un par de minutos después, Powaq desconectaba su aparato, y pedía que su hermano lo cargara de nuevo.

  • Ya está –agregó el druida, mientras podía sus manos en la posición más cómoda posible para poder consultar el mapa de su Gnoblin 5000 y no molestar a su hermano al mismo tiempo– Hay un ascensor al final del siguiente pasillo hacia la izquierda; nos puede llevar a la superficie.
  • asintió el orco– Larguémonos de aquí.

Siguieron el camino indicado por Powaq sin problemas… hasta llegar junto a la puerta del ascensor, donde un par de cybercentáurides los esperaban. Okrorio se encargó de ellas con algo de dificultad: el rifle era efectivo, pero ellas eran sumamente rápidas y disparaban sus propias descargas eléctricas, las cuales eran difíciles de evadir, y más aún para Koya, que llevaba a cuestas a su hermano. El shamán resolvió la situación usando su Tormenta de Relámpagos, la cual dejó aturdidas a las centáurides suficiente tiempo para que Okrorio las derrotara a hachazos. Oprimieron el botón, esperaron y subieron al ascensor.

Bastaba con oprimir el botón de “Planta 0” para que los llevara a la superficie. Durante el trayecto, nadie dijo una sola palabra, ni siquiera el Doctor Mengel, quien debiera estarlos vigilando en ese momento dijo nada. Los tauren y el orco sabían que era muy extraño que el doctor no parloteara como era habitual, por lo que se mantuvieron alerta, más tomando en cuenta que Powaq aún no podía moverse del todo y faltaban aún minutos para que se liberara de los efectos del paralizante.

Al abrirse las puertas del ascensor, vieron la salida, en donde se podía ver la extensión de Los Baldíos. Sin embargo, el camino se hallaba bloqueado por varios cybercentauros y criaturas semejantes a Ygork, listos para impedirles asomarse por el umbral de la salida.

  • Intuyo que… –la voz del doctor se oyó a través de los altavoces– no pensaban que los dejaría ir, ¿Cierto?
  • Intuyes bien –le contestó el orco– Excepto en la parte en que crees que no escaparemos.
  • Jeje… –se burló sarcásticamente Koya– ¿Y cómo piensas en pasar por encima de ellos?
  • Eres un shamán… –le contestó mientras preparaba su nuevo rifle– Sorpréndeme.
  • Mmm… Mira y aprende. –miró a su hermano– Voy a tener que dejarte junto al ascensor. ¿Estarás bien?
  • Si, Koya.
  • Muy bien.

Koya se transformó en Lobo Fantasmal y comenzó a atraer la atención de las cybercriaturas, que comenzaron a disparar lo que tenían a su alcance: flechas, boleadoras, balas, rayos de plasma; gracias a su limitada invulnerabilidad, mientras mantenía su forma intangible, tendría algo de protección a la par que esquivaba los golpes más fuertes gracias a su agilidad de lobo. Okrorio mientras tanto disparaba con su rifle de plasma contra los cybercentauros y abominaciones que se hallaban distraídos, acabando con varios de ellos, pero al mismo tiempo atrayendo la atención de los que seguían vivos.

Fue entonces que Koya regresó a su forma original, y con varios enemigos a su alrededor, usó su Tormenta de Truenos, generando una onda de choque eléctrica que arrojó a sus oponentes varios metros detrás, aturdiéndolos; Okrorio aprovechó para cambiar su rifle por su hacha de doble filo y usar su Golpe Abrumador, blandiendo su arma y rotando a gran velocidad como un tornado descuartizador que rebanaba a todo el que estuviese en su camino. Así una buena parte de las criaturas de Mengel fue eliminada, pero había más.

  • ¿Aún puedes girar?
  • Dalo por hecho, ¿Qué sugieres?
  • ¡Que los elimines! –de sus manos comenzó a manar una corriente gélida– ¡Choque de Escarcha! –una potente ráfaga congelante brotó de sus manos a modo de vendaval hacia las criaturas restantes, envolviéndolas en hielo– ¡Tu turno!
  • ¡Golpe Abrumador! –nuevamente gira sobre sí mismo con su hacha extendida, atacando y descuartizando a toda criatura en su camino; quedaron un par de criaturas: Okrorio cargó contra ellas, corriendo a su dirección como si quiera estrellarse contra ellos. Pero en lugar de impactar directamente contra su cuerpo, tomó su hacha y de un solo golpe decapitó a ambos; sus cabezas rodaron por el suelo ya cubierto de cadáveres– ¡¡Se acabaron las basuras!! ¡¡Vámonos de aquí!!
  • De acuerdo –asintió el shamán; volteó a ver la salida completamente despejada y luego fue por su hermano– ¿Aun no? –su hermano negó con la cabeza– Entonces te llevaré hasta la salida.
  • ¿A dónde creen que van?

La puerta de salida se cerró automáticamente apenas dejó de hablar el doctor, dejando a los hermanos Qatsi y a Okrorio encerrados. Segundos después comenzaron a llegar nuevos cybercentauros -tanto semiorgánicos como completamente robotizados- así como otras abominaciones, entre ellas, un tipo de hiena parcialmente robotizada que se contaba por decenas.

  • Creí ser lo suficientemente claro en que no tengo intenciones de dejarlos ir. No es que tema ser descubierto, o valgan algo para mí… con excepción de Powaqqatsi. Pero siéndole sinceros… Me han colmado la paciencia.
  • Que honor… –se burló el orco, aun con su hacha en mano y jadeando un poco– ¿Y crees que nos quedaremos sin pelear?
  • Lo que yo creo, o mejor dicho, lo que yo veo y ustedes quieren ignorar, es que están bastante cansados luego de horas y horas de correr y pelear dentro de mis instalaciones sin haber probado un bocado de comida o un trago de agua. Supongo que no han comido ni bebido desde que dejaron la aldea de donde recolecté mis últimos especímenes, ¿Cierto? Gran desventaja la suya, a diferencia de mí, y de mis creaciones, que no se preocupan por banalidades como la comida y el agua.
  • Claro, porque ahora eres un cerebro enlatado.
  • Koya, él no…
  • Pero eso no te hace superior a nosotros.
  • ¿Ah, no? Entonces ilústrame, oh gran shamán mozalbete. ¿Qué piensas hacer?

Era una provocación: Koya lo sabía. También sabía muy a su pesar que Mengel tenía razón: no había comido nada desde la carne de basilisco de la mañana, y tras haber corrido y luchado tanto desde que entraron a Bael Modan, sus fuerzas habían disminuido bastante; supuso que Okrorio estaría en las mismas condiciones, al ver como también jadeaba constantemente. Si fuera capaz de atacar a Mengel de una manera sencilla, pero directa… Y estaban los aldeanos, a quienes no habían visto. Tuvo una idea, pero sería arriesgada.

  • Orco… –le susurró– Dime una cosa. ¿Qué tanto honor tienes?
  • ¿Qué clase de pregunta es esa?
  • Powaq, ¿Cuánto falta para que acabe tu parálisis?
  • Un par de minutos, hermano. ¿Por qué? ¿Qué tramas?
  • Quiero que me apoyen… Tuve a Mengel contra las cuerdas todo el tiempo y lo había olvidado. Ahora verá el desgraciado.
  • ¿Qué piensas hacer, Koya? –le preguntó el orco: le disgustaba no estar al tanto de la situación, y más cuando su vida estaba comprometida– ¡No es momento de secretos!
  • Acabar con todo… ¡¡Ansía de Sangre!!

Un aura rojiza comenzó a envolver al shamán a medida que éste comenzó a crecer hasta llegar al doble de su tamaño original, asombrando tanto al orco como a su hermano, quien nunca lo había visto usar esa habilidad. Luego extendió sus manos hacia arriba, separó sus piernas y se puso firme: el suelo, así como toda la habitación, comenzaron a temblar. Hilos de arena, seguidos de piedrecillas comenzaron a caer del techo mientras pequeñas grietas comenzaban a formarse a partir de Koyaanisqatsi. Quedaba claro que él era el causante del terremoto

Finalmente, parte del techo de roca comenzó a desmoronarse, justo sobre los cybercentauros que los acorralaban, aplastándolos a todos. A pesar de que aparentemente Koya ya no hacía nada tras ver vencidos a sus enemigos, los temblores continuaron.

  • ¡¡VACA ESTÚPIDA Y SOBREALIMENTADA!! ¡¡TE DIJE QUE ESTAMOS CERCA DE LA GRIETA DE ALAMUERTE!! ¡¡SI SIGUES CAUSANDO TEMBLORES, LA FORTALEZA VA A COLAPSAR!!
  • Esa es la idea… –oír esas palabras alarmaron a Powaq y a Okrorio, por no decir al mismo doctor¡¡VOY A SACUDIR ESTE LUGAR HASTA QUE SE LO TRAGUE LA TIERRA!!
  • ¡¡NO TE ATREVERÍAS!!Koya respondió iniciando otro temblor, ligeramente más fuerte que el anterior¡¡MATARÁS A TODOS AQUÍ, INCLUIDO A TU HERMANO!!
  • ¡¡MI HERMANO ES LISTO: PARA CUANDO ESTO ACABE YA PODRÁ CONVERTIRSE EN CUCARACHA Y ESCAPAR!! ¡¡PERO AUNQUE NO SEA ASÍ, ÉL PREFERIRÍA MORIR ANTES QUE SER COMO TÚ!!
  • Es cierto… –asintió el druida– No quiero acabar como Mengel. Pero, Koya… él…
  • ¿O me equivoco? –preguntó a Okrorio, quien se veía enfadado– ¿Qué es más honorable? ¿Morir como orco o vivir como máquina? Creo que hasta los aldeanos estarían de acuerdo.
  • Tienes razón: hay más honor muriendo como orco que ser parte de las locuras de ese “cerebro enlatado”
  • “Honor” –escupió despectivamente Mengel a través del altavoz– Por esa palabra estúpida se mataron en el Holocausto y se llevaron a medio mundo consigo. ¿Creen que vale algo para mí?
  • No… Y por eso sepultaré esta base y todo lo que hay aquí… incluyéndote. ¡Para cuando acabe no serás más que un cerebro cocinado en lava hirviente!
  • ¡¡JAJAJAJAJA!! –la risa de Mengel hizo dudar a Koya, ¿De qué se reía?- ¿O sea que aún no lo sabes?
  • Koya… Mengel no podrá ser destruido.
  • ¿Qué? ¡¡PIENSO HUNDIR ESTE LUGAR EN UN RIO DE LAVA HIRVIENTE!! ¡¡¿¿CÓMO PIENSA SOBREVIVIR, HERMANO??!!
  • Yo te diré como, sesos de vaca: trabajé en Cabo Wernher.
  • ¿¿HUH??
  • Cabo Wernher, hermano… El sitio de lanzamiento de las misiones espaciales de la Horda en las costas orientales de las Tierras Inhóspitas. Donde lanzaban sus satélites.
  • ¿Y eso que tiene que…?

Apenas captó la idea, un escalofrío recorrió el cuerpo del joven tauren blanquinegro. Ya había visto las atrocidades del goblin; ya había descubierto que gracias a su tecnología había escapado de la muerte. Pero entonces… ¿De nada valía la pena el sacrificio que estaba dispuesto a hacer?

  • Ayudé a lanzar muchos cohetes, los primeros satélites, y los primeros intentos de alunizaje a las lunas de Azeroth. Por desgracia, la Guerra Crepuscular frustró el programa espacial; a los orcos les parecía más importante descubrir métodos más avanzados para partir el cráneo a sus enemigos que realizar un exitoso alunizaje que llevara a la consecuente explotación de los recursos lunares. Eso sin embargo no impidió que lograra colocar en órbita uno de mis propios satélites de propiedad personal… que hasta el día de hoy sigue orbitando Azeroth.
  • ¿Y eso de que te sirve? Estás encerrado aquí, a miles de kilómetros de tu lata voladora.
  • Típica respuesta orca. –respondió a secas– Pues ese satélite es capaz de almacenar mucha información. No tienes idea de cuanta dispone la mente de una persona.
  • Pero no un cerebro. –le corrigió Koya, amenazando con sepultarlos a todos– No puedes mandar tu cerebro a un satélite que orbita Azeroth a cientos de millas de altura sin la ayuda de un cohete especial, y no vimos ninguna plataforma de lanzamiento afuera, así que hablas tonterías.
  • Pero tengo una antena transmisora: imagino que la habrán visto.
  • ¿Y eso? ¡Deja de hacerme perder el tiempo y abre la puerta o enterraré este sitio!
  • Koya… –su hermano se levantó, tomándolo del brazo; los efectos de la parálisis se habían acabado– No entiendes: Mengel no es un cerebro enlatado; ha logrado descargar su mente a una supercomputadora oculta aquí en la base.
  • ¡¡¿¿QUÉ ESTÁS DICIENDO??!!

Por breve segundos, el silencio fue sepulcral. Mengel fue el responsable de romperlo.

  • Lo que escuchas. –sentenció el doctor– Es verdad que al principio fui un “cerebro enlatado”; pero incluso el cerebro es carne perecedera, por más que trates de conservarla. Afortunadamente, los descubrimientos titánicos de esta base me ayudaron a lograr la máxima victoria no sólo sobre la muerte, sino sobre misma naturaleza: el transvasado mental.
  • Suena a algo que leí en un libro de teorías de Julius Wells: que los Titanes eran robots alienígenas avanzados.
  • Exacto, Powaqqatsi; ese escritor tenía ideas interesantes. Todo lo que somos se resume a meros impulsos eléctricos que corren a través del Sistema Nervioso Central, y de su Unidad Central que es el cerebro. Lo que conseguí, fue descargar esos mismos impulsos eléctricos de unas perecederas neuronas a una maravillosa supercomputadora capaz de mantenerme indefinidamente operativo. Así que en retrospectiva: he alcanzado la inmortalidad.
  • ¡En verdad estás enfermo!
  • ¡Hay un solo problema! ¡Si destruyo esa computadora, te mueres!
  • ¿Qué no oíste lo que acabo de decir? Esta base tiene una antena transmisora: soy capaz de transmitir mi mente a ese satélite y sobrevivir en el vacío del espacio. Además, mi computadora está enterrada decenas de metros en esta montaña, sumamente protegida en una cámara antisísmica reforzada. Para cuando destruyas este lugar, yo estaré a millas de altura observando este patético planeta moribundo desde el espacio. –A Koya comenzaban a fallarle las piernas: era inútil; Mengel tenía todo perfectamente calculado. Aunque destruyera el lugar, se saldría con la suya. O tal vez…– Así que mejor deja de perder del tiempo, vaca estúpida.

En lugar de decir nada, Koya sólo bajó la mirada… y toda la base comenzó a temblar con mucha mayor fuerza que la vez anterior. El shamán aún conservaba el aura roja de su Ansía de Sangre y su tamaño aumentado, por lo que todavía albergaba la posibilidad de cumplir su promesa de derrumbar la base… Pero no tenía mucho tiempo.

  • ¡¡DEJA DE SACUDIR LA TIERRA!! ¡¡YA TE DIJE QUE ES INÚTIL: YO SOBREVIVIRÉ!!
  • ¡¡PERO NO TUS EXPERIMENTOS!!agregó el shamán mientras continuaba temblando la tierra– Todo tu esfuerzo, tus logros, todo lo que has creado, quedará sepultado en la tierra, y luego será incinerado por un rio de lava hirviente. ESO TE DOLERÍA, ¿NO?preguntó con sorna mientras le dirigía a las cámaras una sádica sonrisa– Creíste que pocos sobrevivirían, que serías el amo y señor de Los Baldíos y nadie podría detenerte. ¿No es verdad? Intuyo que en estos cien años, NUNCA pensaste en un plan de contingencia: en una posibilidad de mudar todas tus instalaciones a otro sitio. Claro: si creíste que ya no había shamanes competentes en el mundo o dragones negros, ¿Quién podría alterar la estabilidad geológica de este sitio? –ni su hermano, Okrorio o Mengel decía nada– ¿Qué pasa, doctor? ¡¿ESTOS SESOS DE VACA ESTÚPIDA Y SOBREALIMENTADA NO TE DEJAN PENSAR?!

Si Mengel conservara su cuerpo, se hubiera frotado las sienes y deseado que se lo tragara la tierra: en todos estos años, jamás imaginó la necesidad de evacuar sus instalaciones por causas externas. La fortaleza era bastante sólida, fuertemente vigilada, su ejército de cybecentauros era poderoso, bien armado y capaz de reemplazar cualquier unidad perdida o dañada, y las constantes lecturas sísmicas de la zona le aseguraron que era susceptible a temblores de baja intensidad. Sumado a eso, jamás imaginó que los tauren sobrevivieran al Holocausto, y mucho menos que aún existieran shamanes capaces de manipular la tierra. Se sentía completamente seguro en su fortaleza subterránea, donde nada lo dañaría y él andaría a sus anchas.

Había cometido un terrible error: subestimó a la especie tauren, ignoró el mundo más allá de Los Baldíos del Sur y no consideró nunca un plan de traslado para él y sus preciosos experimentos. No tenía laboratorio de respaldo. Era verdad que si la base era destruida, él sobreviviría transmitiendo su consciencia mediante ondas de microondas al espacio, y almacenarse en la computadora de su satélite, donde permanecería orbitando Azeroth por toda la eternidad. Pero sus experimentos no: sus muestras de centauros puros, sus especímenes de orcos y animales mutantes, sus robots, sus piezas mecánicas, su fundición, su fábrica, su taller, sus archivos… todo su trabajo permanecería en tierra, siendo destruido, y él ya no podría regresar a trabajar en nuevos experimentos. Sería un alma solitaria en el vacío del espacio sin nada que hacer; algo que no estaba en sus planes.

Estaba enfurecido: un tauren… un simple tauren que vivía en medio del bosque y con una inteligencia promedio lo había dejado a él, una de las mentes más brillantes de Azeroth -si no es que la mejor- completamente en ridículo y bajo su control. Sólo quedaba una alternativa.

  • Puede… que lleguemos a un acuerdo.
  • espetó el shamán sin bajar la guardia– Y más vale que ofrezcas algo decente.
  • Los dejaré ir… si prometen no volver por aquí, ni destruir mis instalaciones.
  • ¡Y nos dejarás llevar a los rehenes!
  • Mis especímenes no forman parte del acuerdo. –respondió un molesto doctor
  • No estás en posición de negociar, Mengel. O los liberas, o derribo este lugar con un solo temblor: mi hermano y Okrorio ya dijeron estar dispuestos a morir.
  • Grrr… De acuerdo: liberaré a tres de ellos, de los que quieran escoger. No necesito muchos orcos por el momento de todos modos.
  • ¡¡¿¿SÓLO TRES??!!gruñó un indignado Okrorio¡¡LIBERA A TODOS, SESOS DE METAL!!
  • Está bien. –asintió resignado el shamán, indignando aún más al orco; su hermano por otra parte lo comprendió: no podría amenazar a Mengel por siempre– Queremos a dos de los niños que raptaste, y a la orca embarazada.
  • ¡Oh, la embarazada no! –chilló como un niño la voz del doctor– ¡En cien años y nunca capturé a una preñada! –Koya frunció el ceño: la tierra comenzó a temblar– ¡¡Está bien, lo haré!! Maldición: no dejan progresar a la ciencia.

Debieron esperar unos segundos. Uno de los rayos teletransportadores que colgaban del techo se movió hacia el centro de la habitación, cerca de donde estaban Koya y los demás. El rayo disparó, y uno de los niños que habían conocido en la aldea se materializó, corriendo inmediatamente hacia Okrorio y comenzando a llorar; otro disparo y se materializó el otro niño haciendo lo mismo: estaban completamente asustados, y era comprensible. ¿Quién sabe lo que habrían visto mientras estaban cautivos? Un disparo más, y apareció la orca embarazada; Okrorio dejó a los niños junto a Powaqqatsi para que los protegiera mientras auxiliaba a la mujer, visiblemente alterada.

  • Debemos sacar a los otros; están encerrados.
  • No podremos… –Okrorio negó con la cabeza lúgubremente; la mujer se limitó a bajar la cabeza, comprendiendo el por qué– Lo siento.
  • ¿Qué nos va a pasar, señor? –preguntó uno delos niños orcos– ¿Dónde estamos?
  • ¿Vamos a regresar a casa?
  • Nos iremos pronto; lo prometo.

Las puertas comenzaron a levantarse, dejando entrar el sol y el aire del exterior. La libertad estaba a pocos pasos… Un ruido proveniente de atrás rompió la efímera sensación de seguridad: varios cybercentauros y cyberhienas comenzaron a llegar, posicionándose para lo que parecía ser un nuevo intento de ataque. Para colmo de males, la Ansía de Sangre de Koyaanisqatsi había desaparecido, regresando a su estado original.

  • ¿Qué significa esto? ¡Dijiste que nos dejarías ir!
  • Así es, shamán. Los dejaré ir… con diez segundos de ventaja. Apenas pongan un pie fuera de mis instalaciones, iniciará la cuenta regresiva, y dejaré que mis criaturas los persigan hasta capturarlos y… hacer lo que deseen. Francamente, he perdido el interés en ustedes.
  • Es una locura. –masculló el shamán, a sabiendas que tenían pocas posibilidades de escapar, y ahora menos con los aldeanos. Se volteó hacia su hermano– Ya puedes cambiar de forma, ¿Cierto? –Powaq respondió afirmativamente– Bien; entonces quiero que cargues a los niños en tu lomo, y corras lo más rápido que puedas.
  • ¿Vamos a montar un druida? –preguntaron los niños– ¡Bien!
  • ¿Y tú como te irás? ¿Y Okrorio?

Un simple movimiento de sus dedos en su Gnoblin 5000 respondieron a Powaq: la motocicleta de Koyanisqatsi apareció flamante en el exterior de la base. Koya fue a decirle a Okrorio que suba con él y deje a la mujer en el sidecar, cuidándola en todo momento; tras una breve discusión, aceptó.

Powaqqatsi se transformó en un venado gris ceniza con marcas rúnicas color verde, y los niños inmediatamente montaron en él. Estaban emocionados, considerando que veían a un animal desconocido para ellos, pero a la vez conscientes del peligro latente.

  • Se están tardando demasiado. –se excusó Mengel en tono aburrido– Ya váyanse.
  • Si, si… ya nos vamos… –espetó Okrorio– Hasta nunca.
  • Eso ya lo veremos.

Apenas pusieron un pie fuera, Okrorio corrió a dejar a la mujer en el sidecar mientras Koya montaba en la motocicleta y la encendía. Aceleró el motor y espero a que Okrorio se acomodara detrás suyo; Powaq ya estaba fuera y trotando a media velocidad. La motocicleta arrancó y aceleró.

Menos de un par de segundos después, se podía escuchar detrás el rápido traqueteo de los cascos de los cybercentauros a y las furiosas cyberhienas acercándose a ellos como una auténtica horda de muerte. Con Powaq convertido en venado, y Koya manejando la motocicleta, su única opción era perderlos de vista, pues atacarlos era imposible sin arriesgar estrellarse en medio de la nada.

A lo lejos comenzaron a distinguirse unas siluetas familiares: los respiraderos de las megatermes que habían cruzado antes de llegar a Bael Modan. Debían evadirlas para evitar encontrarse con algo peor que aquellos que los perseguían; Powaq ya comenzaba a dudar en acercarse.

Entonces Koya recordó algo sobre las megatermes; tal vez no eran tan malas después de todo. ¿Pero cómo lo haría? Necesitaba hacer algo lo suficientemente fuerte como para despertarlas, pero no como para dañar su colonia… y al mismo tiempo lograr escapar de ellas. Se le ocurrió una idea: una MUY arriesgada, pero no tenía alternativa, pues la horda de cybercriaturas estaba a un paso de masacrarlos.

  • Okrorio… Quiero que confíes en mí y pises el acelerador.
  • ¿De qué hablas?
  • Si pasara algo, asegúrate que la mujer esté bien. –se volteó a ver a su hermano– ¡Powaq, prepárate para correr como nunca antes!
  • ¿Qué? –en ese momento, vio como su hermano soltaba los manubrios de la motocicleta y enderezaba la espalda; sus manos comenzaron a envolverse en llamas de fuego – ¡¿Qué haces hermano?!
  • ¡¡Choque de Llamas!! –varias bolas de fuego salieron de sus manos, impactando contra los respiraderos, dañando varios de ellos– ¡Ráfaga de Lava!!

Ese segundo ataque causó mucho más daño, derribando la mayoría de los respiraderos, al tiempo que los envolvía en llamas. Pero en lugar de desviarse, Koya sólo regresó a su asiento y pisó el acelerador con más fuerza, cruzando el campo de respiraderos mientras éstos aún se derrumbaban a su alrededor y Okrorio hacía todo por calmar a la mujer; cerca de allí, Powaq se valía de su agilidad para mantenerse al ritmo de su hermano y lejos de los cybercentauros. Éstos por su parte, no dudaron en arriesgarse a entrar a una zona de derrumbe; Koya agradecería su falta de sentido común.

  • ¡¡Más te vale que te sujetes; esto se podrá agitado!!
  • ¡¡¿¿Más agitado que esto?!! –reclamó enfadado el orco– ¡¡Más te vale que nos mates!!
  • ¡¡Haz lo que sea con tal de sacarme de aquí, tauren!!
  • Descuide, señora: tendrá a su hijo. ¡¡Sujétense fuerte!!

Apenas salió del campo de respiraderos, hizo una peligrosa maniobra realizando una curva cerrada que hizo chillar las llantas de la máquina, y posteriormente frenar el motor de la motocicleta junto a una arboleda. El joven shamán se bajó rápidamente de la moto, dejando a Okrorio con la mujer, se transformó en lobo fantasmal y corrió de regreso hacia los respiraderos, donde se podían ver a algunos cybercentauros acercarse cada vez más. Powaq y los niños ya habían salido de allí y se reunieron junto a Okrorio y la mujer, observando -no sin guardar ciertos nervios- como el lobo fantasmal corría hacia un aparente suicido. La tierra comenzó a temblar, concentrándose hacia la zona de los respiraderos: las megatermes se habían despertado.

Los insectos comenzaron a surgir de la tierra por montones desde los respiraderos que aún no habían sido destruidos. Eran semejantes a las termitas, pero del tamaño de un caballo, de exoesqueleto rojizo y grandes y poderosas mandíbulas; quizás soldados de las colonias. Podían verse a varias de ellas acercándose a los cybercentauros y atacarlos; algunas incluso lanzaban ácido a través de una glándula especial en su cabeza.

Una vez lo suficientemente cerca, Koya regresó a su estado original, e hizo temblar la tierra hacia los respiraderos; estos no solo comenzaron a resquebrajarse y colapsar, sino que el mismo suelo donde las primeras megatermes y las cybercriaturas de Mengel  se encontraban comenzó a derrumbarse bajo sus pies, quedando atrapados entre los escombros. En pocos segundos la zona de los respiraderos quedó sepultada dentro de un gran cráter donde algunas de las cybercriaturas luchaban por escapar. Sin embargo, las megatermes, acostumbradas a vivir bajo tierra, lograron librarse de las rocas y la tierra con mayor facilidad, aprovechándose de ello para servirse de sus recientemente adquiridas presas: los insectos se abalanzaban sobre las cybercriaturas atrapadas entre los escombros y comenzaron a devorarlas; ni siquiera el metal del que estaban compuestos eran un impedimento para las mandíbulas de las megatermes, que las descuartizaban sin ningún problema. A prudente distancia, Koya y los demás observaban con estupor.

  • ¿Cómo sabías que funcionaría?
  • La verdad no sabía –contestó a Okrorio; unas cuantas venas de su frente comenzaron a sobresalir– Lo arriesgué todo por ese plan.
  • ¿¿Arriesgaste nuestras vidas y las de los aldeanos por un plan del que ni siquiera estabas seguro que daría resultado y del cual pudimos morir? –tras la respuesta afirmativa del shamán, las facciones del orco se relajaron– Vaya… Tienes agallas.
  • Por favor, hermano; no vuelvas a arriesgar nuestras vidas de esa manera.
  • ¡Yo digo que fue genial! –exclamó uno de los niños– ¡La motocicleta, la persecución, el terremoto! ¡Señor shamán; usted es genial!
  • ¡Oh, miren: esa megaterme le arrancó la cabeza a ese centauro! ¡Genial!
  • Tenían que ser niños orcos…
  • No quiero sonar entrometida, -interrumpió la mujer– pero preferiría estar lejos de unos insectos gigantes capaces de devorarnos. ¿Podríamos volver a la aldea por favor?
  • Es verdad. –admitió Koya– Hermano, ¿Puedes llevártelos a la aldea en la motocicleta, por favor? Quiero conversar con Okrorio.
  • ¿EH? ¿De quieres hablar conmigo?
  • ¿Todo bien, hermano?
  • Sí; todo bien. Ve.

Powaq subió a la motocicleta, acomodó a los niños y a la mujer, y arrancó, no sin albergar ciertas preguntas en su mente acerca de qué clase de cosas quería hablar Koya con Okrorio. Tal vez sí lo sabía, pero ¿Y Koyanisqatsi? ¿Él también intuía eso? No era de los que subestimaban la inteligencia de su hermano, pero tampoco era algo difícil de hacer conociéndolo. Sólo esperaba que al regresar, todo estuviera bien.

Junto a la marchita arboleda, Okrorio observaba sentado en una roca y con cierta incomodidad al joven tauren, que permanecía de espaldas, mirando hacia el horizonte de Los Baldíos. ¿En qué pensaba?

  • Aún tenía algo de fuerza.
  • ¿Huh?
  • El temblor: es más fácil sacudir un termitero que una montaña; por eso logramos escapar. –suspiro– Vamos, dilo.
  • ¿Qué cosa?
  • Sólo dilo: “No debiste haber dejado a los demás aldeanos allí”. “Debimos quedarnos a luchar”. -agregó un hastiado tauren– Anda, dilo y podré estar tranquilo.
  • Si piensas hacerte la víctima por tus errores, olvídalo. –le contestó; se levantó de la piedra y se puso de frente al shamán– Fue tu decisión, y tendrás que vivir por ello.-antes de que Koya siquiera contraatacara, continuó– No tenías alternativa: estábamos débiles, tu hermano no podía luchar y eran muchos enemigos. Tomaste una decisión muy difícil, Koyanisqatsi.
  • Hice lo que podía, pero no puedo aceptar el hecho de que condené a esa gente. Mírame: me estoy preocupando por el bienestar de unos orcos.
  • Y yo salvé a un tauren de una abominación mecánica; no eres el único que tuvo un día extraño. ¿Eso es lo que querías preguntarme?
  • ¿Qué piensas hacer ahora? Dijiste que esperabas a alguien en Bael Modan.
  • Es probable que Mengel lo haya asesinado; no tiene caso seguir esperándolo. –dio unos pasos hacia delante de Koya y quedó parado viendo la inmensidad de los Baldíos– He pensado… Este mundo es muy grande, y siento deseos de conocerlo. También le debo mucho a Powaqqatsi por darme el beneficio de la duda; ver a un tauren confiar en un orco desconocido no es algo que se ve en este mundo actual., y mi honor de orco no me permite dejar deudas pendientes sin demostrar mi agradecimiento. Puede que… que me una a ustedes.

Koya no sabía que pensar sobre aquella oferta: es verdad que mientras más fuesen, podrían defenderse mejor de los peligros que se escondían en el mundo; lo cual, tras el descubrimiento de Mengel y su laboratorio, demostraban ser peor a una pesadilla. También era cierto que Okrorio los había ayudado, salvándole la vida a él y a su hermano, y que en cierto modo, se había ganado su respeto y admiración… Pero seguía siendo un orco al que acababa de conocer hace unas cuantas horas. ¿Qué tanto se podía confiar en él? Había cosas que debían ser aclaradas, y estaba seguro que su hermano lo sabía.

  • Es posible que te unas a nuestro viaje, pero mi hermano y yo debemos estar de acuerdo. Como este mundo es sumamente peligroso, debemos asegurarnos de confiar el uno a otro.
  • Estoy de acuerdo.
  • Qué bien… Entonces, ¿Podrías decirme de dónde eres realmente? –Okrorio retrocedió, poniéndose nervioso– Sabes exactamente a qué me refiero.

La severa mirada del joven tauren incomodo en sobremanera al guerrero orco. ¿Por qué no confiaba en él? ¿Qué había hecho para que sospechara?

No tuvo tiempo de averiguarlo: De la arboleda se oían pasos de alguien acercándose. ¿Un cybercentauro quizás? ¿U otra cosa? Pronto surgió otro par de pasos: ahora eran dos quienes rompían el silencio al moverse entre los arbustos y haciendo crujir las ramitas del suelo al pisarlas. Okrorio y Koya interrumpieron al conversación para ponerse en guardia y dispuestos a pelear de ser necesario, a pesar de que apenas y habían bebido un trago de agua tras liberarse de los cybercentauros.

Una figura salió de los arbustos secos de la arboleda, dejando perplejos a ambos: era una jadeante humana joven, probablemente de menos de veinte años, de ojos verdes, piel clara con algunas pecas, y de cabellera pelirroja que le llegaba a los hombros. Usaba una túnica blanca de tonalidad azulada y algunos detalles en plata; a juzgar por su apariencia, la túnica otrora lustrosa mostraba indicios de desgaste, por lo que la chica debió de caminar –o huir- bastante. También llevaba a sus espaldas una pequeña mochila.

Pero lo más intrigante de todo, en especial para Koyanisqatsi, era lo que la chica llevaba en su muñeca izquierda. El diseño era más elegante y con claros distintivos de la extinta Alianza – o bien del Imperio Arathoniano- como los toques de azul y dorado o el emblema de Ventormenta. Pero aquel aparato que la chica tenía en la muñeca era indiscutiblemente un Gnoblin 5000, como el que él mismo usaba. ¿Cómo lo había conseguido?

  • ¡Ayúdenme por favor! –exclamó la chica a los aludidos; al descubrir que uno de ellos era un orco, retrocedió– ¡Oh, no: ahora que haré!
  • ¡¡No te muevas, humana!!

Detrás de la chica apareció otro individuo, vestido con un uniforme color rojo con tonos negros y dorados propio de un Forestal de Quel’Thalas. Era un elfo de sangre, de cabellera corta y puntiaguda para arriba, también pelirroja, de piel sumamente pálida. Con sus manos sujetaba una ballesta a punto de atacar a la joven.

  • No… te muevas, o todo acaba aquí. –el elfo mira de reojo a los dos sujetos– ¿Y ustedes que hacen en este lugar?

 

 

Unas solitarias y fuertes pisadas sonaban desde el exterior de Bael Modan, propios de unas botas militares; la antigua base permanecía abierta y aparentemente abandonada. Un cybercentauro salió de un escondrijo y atacó al recién llegado intruso; este, con un veloz movimiento de su hacha, decapitó a la criatura, aplastando su cráneo poco después, y embarrando sus grandes botas con sesos de centauro; poco importó.

Mengel, que no se esperaba otra visita, lo había visto todo.

  • ¿A quién debo la inoportuna e innecesaria visita? –preguntó desde el altavoz de manera burlona; en realidad, más que burlarse, estaba hastiado de los intrusos– No estoy de humor el día de hoy: he perdido mucho material valioso.
  • El Doctor Chiro Mengel, supongo. –se limitó a responder el intruso sin mostrar el menor signo de asombro o temor– He oído tanto de usted y de sus… –su mirada quedó clavada en el cadáver del cybercentauro– “maravillas”.
  • Qué lindo halago… ¿Se lo dice a todo aquel al que le destroza sus cosas? ¿Y con quien tengo el gusto de hablar, su “excelencia” orca?
  • Soy el General Nazgrim: vine en busca de… un contacto, pero creo que no llegó el muy bastardo. De todos modos, también tenía deseos de hablar con usted.
  • ¿Nazgrim? ¿Cómo el tarado ese fiel seguidor de Garrosh? No; usted no es ese Nazgrim: debe de ser alguien con el mismo nombre. Los nombres de la Horda de Garrosh son muy populares. ¿Y de qué quiere hablar conmigo que lo haya obligado a salir de su agujero?
  • respondió a secas el general, dibujando una sonrisa carnívora en su rostro– Precisamos de sus conocimientos, y nosotros le podríamos facilitar… más sujetos de prueba.
  • Suena tentador… ¿Y para que me necesitan?
  • Como usted mismo dijo, doctor… Para salir de nuestro agujero.

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!