Relatos de Azeroth | Fallout – Los Horrores de Bael Modan – Parte 2/3

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Así es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

Capítulo 4: Los Horrores de Bael Modan

 

Tras hora y media de viaje y luego de atravesar la gran grieta producida por Alamuerte hace más de siglo y medio, llegaron a las cercanías de Bael Modan: el lugar se veía desierto, sin ningún tipo de guardias vigilando en el exterior; en las inmediaciones de la fortaleza había viejos vehículos de guerra estacionados, como camiones, los famosos jeeps “Lo’gosh” que transportaban generales e incluso un destartalado girocóptero. Les pareció sumamente extraño que no hubiera nadie vigilando la entrada, y mucho menos centauros: si aquí era donde se reunían, ¿Por qué no protegían el lugar?

No tardaron en identificar el lugar descrito por el druida: junto al borde de una cantera llena de viejas excavadoras -capaz los orcos querían encontrar algún artefacto titánico para su beneficio- había una pequeña arboleda dominada por un enorme y marchito baobab rodeado de otros árboles secos y arbustos raquíticos. Se encaminaron a ese lugar para encontrarse con Powaq, pero al llegar no lo vieron por ninguna parte; sólo había una pequeña serpiente de piel morada… o al menos eso parecía.

  • saludó el druida, luego de regresar a su forma original– Se tardaron mucho.
  • ¡¡Sabes que detesto que hagas eso: no es gracioso!!
  • ¡¿Qué demonios hiciste druida?! –gritó el intrigado orco– ¡¿Tú eras la serpiente?!
  • Lo era… –suspiró el shamán– Powaq puede convertirse en cualquier planta o animal.
  • Creí que sólo podían convertirse en halcones, focas, leopardos, alces, leones, osos, antárboles y esa lechuza horrible.
  • No hemos desperdiciado más de un siglo sin aprender trucos nuevos: eso te lo aseguro, Okrorio. Los druidas hemos aprendido a convertirnos en CUALQUIER planta o animal, siempre y cuando tengamos un mínimo conocimiento del mismo: sea visual o táctil, que sería lo mejor. Pero no podemos convertirnos en criaturas con las que no hayamos tenido contacto, como las ya extintas.
  • Eso explica por qué no te transformas en un dracoleón, supongo.
  • Nunca he visto uno –respondió el druida– Probablemente se hayan…
  • Powaq, ¿Por qué nos hiciste venir aquí?
  • Ah, verdad…

Powaqqatsi comenzó a explicarles a su hermano y a Okrorio lo poco que había descubierto: los centauros, en efecto, se reunían en Bael Modan, pero no en inmediaciones, sino en el interior. No pudo entrar a la fortaleza, pero llegó hasta una antesala antes de que los centauros accedieran a la misma; escapó sigilosamente de ellos convertido en serpiente de manera a no llamar demasiado la atención y vio como pasaban por una puerta blindada de acero. Antes de abandonar la fortaleza, buscó alguna entrada alternativa que pudiera llevarlo a donde podrían estar los centauros: lo único que halló fueron viejos ductos de ventilación.

  • ¿Y no se te ocurrió abrirnos la puerta desde adentro, cabeza hueca?
  • ¡Hey! ¡No insultes a mi hermano! –gritó Koya– ¡Sólo yo lo puedo insultar!
  • Preferí no llamar demasiado la atención; por eso los hice venir aquí. Lo bueno es que no hay vigilancia en las afueras, y al parecer tampoco en las internas. Es muy extraño.
  • Dinos si hay una forma de entrar o no, abrazaárboles.
  • Dentro de la cantera, junto a un rincón, hallé unos ductos de ventilación: son lo suficientemente grandes para que podamos colarnos por allí. Con algo de suerte, no se percatarán de nuestra presencia.
  • Mmm…
  • ¿Qué sucede, Okrorio? –preguntó Powaq al ver al orco bastante dubitativo– ¿No quieres entrar a los ductos?
  • No es eso; yo debía reunirme con alguien aquí. Me pregunto si estará cerca.
  • Pues te las arreglas solo; nos vamos. Ven, Powaq.
  • Koya, ¿Dejarás a esa pobre gente a manos de los centauros?
  • No es nuestro problema; yo sólo vine aquí para asegurarme de que estés a salvo. Y viendo que ya lo estás, podemos seguir nuestro viaje. Despídete de Okrorio y vámonos.
  • Olvídalo –espetó
  • ¿Qué dijiste?
  • No pienso dejar a esa gente allí; ayudaré a Okrorio a liberarlos de una u otra forma.
  • Te dije que no es nuestro asunto, Powaq, así que mejor te dejas de tonterías y nos vamos.
  • Sí que eres un cobarde, Koya.
  • ¿Qué? –los nervios de Koya comenzaban a destrozarse– Tú no eres nadie para llamarme cobarde, orco.
  • Para un pueblo que ha vivido siglos bajo la amenaza de los centauros, tienes demasiado miedo de enfrentártelos.
  • Oh, el orco sabe de psicología inversa. –rio el shamán sin ocultar su enojo– Pero mejor es que ni lo intentes: no pienso mover un solo dedo por “tu gente”.
  • Entonces puedes irte. –le dijo su hermano de manera tajante– Nos veremos después.

Justo cuando Okrorio y Powaq estaban dando la vuelta en dirección a la cantera, Koya se dirigió junto a ellos, impidiéndoles dar un comentario.

  • No me interesan los de tu extirpe, orco… Pero no puedo dejar a mi hermano a solas con esas bestias del infierno… y contigo. Así que los acompañaré.
  • Como quieras –refunfuñó Okrorio; luego se dirigió a Powaq en voz baja– ¿Cómo lo…?
  • Psicología inversa: mejor que la tuya.
  • Ahh…

Los ductos de ventilación se veían en un estado de abandono considerable, como si no hubiesen sido usados en siglos: era más probable que formara parte de la estructura antigua de los Titanes que de la base de los enanos. Una vez más, Koya sirvió de linterna al hacer uso de sus poderes sobre el fuego para proporcionarles algo de iluminación: estaba vacío, salvo por las abundantes telarañas.

  • Definitivamente estos ductos ya no se usan.
  • Eso o no hacen la limpieza, Koya.
  • Shhh… No hablen demás y estén alerta.

Tras varios minutos de caminar en medio de la oscuridad, llegaron a una compuerta metálica bastante grande y oxidada: para abrirla, habría que girar una gran llave giratoria que mostraba años de desgaste. Powaq intentó abrirla, pero estaba sumamente dura; como Koya mantenía el fuego encendido, fue Okrorio el que se encargó de abrir la compuerta. A pesar de lo fuertemente sellada y del alto nivel de oxidación de la llave, el orco, tras unos segundos de forceje, logró abrirla.

  • Ya está.
  • Bien; de algo debías servir.
  • No me provoques, Koya.
  • Ni tú a mí, Okrorio.

Habían llegado a un corredor bastante largo, con algunas otras compuertas -posiblemente selladas- semejantes a la que cruzaron y algunas puertas de madera, e iluminado por luces blancas de tonalidad muy fría. A diferencia del viejo ducto de ventilación, el pasillo se veía sumamente impecable… tal vez demasiado para un lugar abandonado, y sin duda, demasiado para un refugio de centauros. Lo más peculiar del pasillo, eran unos extraños faroles negros distribuidos por el techo, pero que no brindaban nada de luz.

  • Algo no me gusta de todo esto. –dijo Koya, que al ver la iluminación propia del pasillo apagó su flama– Hay electricidad, está todo muy limpio y no parece haber nadie. ¿En verdad esto es de los centauros?
  • Yo me pregunto si la gente secuestrada estará detrás de alguna de estas puertas –Okrorio abrió la primera, pero solo halló un armario de limpieza– No.
  • Pareces no entender lo sospechoso de la situación, pielverde: los centauros NUNCA se han caracterizado por ser un pueblo muy limpio, y esto parece casi un hospital de pre-guerra.
  • Insisto: yo vi a los centauros entrar a esta fortaleza.
  • Nadie te da la contraria, hermano… Sólo que tengo un mal presentimiento.
  • Presentimientos o no, debo salvar a mi gente. –contestó el orco, y comenzó a revisar las puertas– ¡No hay nada! ¡Solo productos de limpieza y cajas con cacharros!
  • ¿Es que no puedes hablar sin gritar? –criticó Koya al orco– Los centauros, o lo que sean, podrían estar muy cerca.

Tras revisar unas puertas más, descubrieron una puerta que llevaba a una habitación que no era un cuarto de limpieza o un depósito lleno de cajas repletas de cacharros o repuestos. Parecía ser algún tipo de laboratorio abandonado, con mesas fijas, revestimiento de azulejos en las paredes, objetos sin identificar en un mostrador en un rincón, frascos de diverso tamaño, tubos de ensayo, alambiques y otros objetos que hubieran hecho parecer al lugar como un simple laboratorio de alquimia, de no ser por la presencia de varios microscopios y una terminal sobre un mostrador.

No hace falta ser un genio para saber quién fue el primero en correr tras el aparato. Aparatos como ese eran sumamente raros en la actualidad, y en la Mancomunidad Hyjal eran toda una rareza que sólo habían sido vistos en la Academia Malfurion: Powaq había logrado construir una bastante tosca con algunos elementos reciclados y obtenidos a través del ahorro y trueque durante años, y con la sola ayuda de un simple manual de preguerra que había conseguido previamente tras varios meses de ahorro. Las terminales de aquel libro eran su único contacto visual con ese tipo de máquinas.

La terminal era un modelo de preguerra, una computadora de uso personal que servía para almacenar datos en formato de archivos de texto e imágenes de baja calidad a través de componentes electrónicos a base de válvulas y transistores. La terminal estaba compuesta por una pantalla rectangular curvilínea de cristal monocromático verde oscuro adosada a una unidad de memoria y un teclado semejante al de una máquina de escribir con caracteres en Común, la lingua franca de todo Azeroth desde antes de la Guerra Crepuscular.

  • Qué maravilla –dijo el druida al acariciar suavemente las teclas– Está muy bien conservada; me pregunto si aún funciona. –oprimió el botón de encendido, pero la máquina permaneció muda– Oh, vaya… Pero seguro puedo hacer que encienda.
  • Olvida el aparatejo y salgamos de aquí, abrazaárb…
  • No pierdas el tiempo, pielverde –lo interrumpió Koya– Una vez que Powaq descubre un aparato así, se obsesiona con él y pierde la noción de la realidad.
  • ¿Piensas dejar a tu hermano aquí?
  • Créeme; va a estar bien. Powaq: nos vamos a buscar a “la gente” de este orco.
  • Está bien -contestó algo distraído– Ya los alcanzo –tras cruzar unos cables– No; será mejor que pruebe otra cosa.

Con Powaq absorto en la terminal, Koya y Okrorio continuaron solos. Al orco le resultaba irónico, y casi cómico que el druida que prometió ayudarlo a liberar a su gente acabara dejándolo solo; Koya entendía a su mellizo perfectamente: era sumamente curioso y distraído, cualidades que había mantenido desde niño. Según sus padres, y según había oído de otras fuentes, las personas distraídas solían ser las más inteligentes; y en efecto, Powaq indiscutiblemente lo era… además de algo infantil, pero era propio de él.

Llegaron a una desviación que conducía a lo que a primera vista parecía ser un elevador, y además abierto y con las luces encendidas. ¿Sería una trampa? Como no había más puertas, esa podría ser su única salida. Koya se lamentó de que Powaq no estuviera allí para dar su opinión, pero creyó que podría arreglárselas con Okrorio por más que no deseara su compañía. Repentinamente, se oyeron los sonidos de unos pasos: se oían muy bajo y con una tonalidad de golpecitos metálicos que venían acercándose: Okrorio sacó su hacha de doble filo, y Koya preparó una de sus Descargas de Relámpagos en ambas manos, listo para atacar en caso de que apareciese el enemigo.

Bajaron la guardia al descubrir que el causante de dicho pasos era un robot, un diminuto robot como los que Koya vio en Viento Libre, con su luz de emergencia apagada y sin provocar más ruido que el de su propio movimiento. El shamán estuvo a punto de reírse de sí mismo hasta que vio que Okrorio se acercaba peligrosamente; el pie del orco se levantó, listo para hacer algo de lo que Koya afortunadamente logró evitar.

  • ¿Qué haces?
  • Aplastar a esa lata de basura con patas. –respondió el orco– ¿Por qué me detienes?
  • Es una mala idea, ¿Qué te asegura que no pasará nada si lo aplastas?
  • ¿Qué te dice a ti de que pasará algo?
  • Estamos en un lugar desconocido, cabeza hueca –refunfuñó en voz baja– No podemos hacer nada precipitado como destruir a ese robot; lo mejor será ignorarlo.
  • Jeje… ¿Le tienes miedo a una basura como esa?
  • No… Le tengo miedo a lo que podría pasar si le hacemos algo a esa cosa. –dio media vuelta y fue hacia el elevador– Vamos.

La cabina del elevador, así como el resto de aquel misterioso corredor, se mostraba sumamente limpia y bien iluminada. A Koya se le hacía cada vez más evidente que los centauros nada tenían que ver con aquella fortaleza, y que había alguien más tras todo el asunto; hubiera llamado nuevamente a su hermano para que los acompañaran, pero tras hablarle a través del Gnoblin 5000, no recibió respuesta. Debería de continuar con Okrorio, quisiera o no.

Tenían sus dudas, pero en vista de que no había nada en ese lugar subieron al elevador; inmediatamente, la puerta se cerró y la cabina comenzó a elevarse.

  • ¿Crees que fue una buena idea?
  • Pero era nuestra única opción, orco.
  • Dijiste que tenías miedo de lo que podría pasar si atacábamos a ese robot. ¿No tienes miedo de lo que podría pasar apenas se abran las puertas de este elevador?
  • Por supuesto que sí. Pero si queremos salvar a “tu gente”, tendremos que arriesgarnos. ¿No crees?
  • Bien dicho, tauren.

Pasaron unos pocos segundos para que las puertas se abriesen de nuevo: su nuevo destino estaba completamente a oscuras, interrumpido solo por el haz de luz del interior del ascensor. Una vez que Koya y Okrorio cruzaron el umbral, las puertas se cerraron, dejándolos en las sombras; el shamán de inmediato usó sus poderes sobre el fuego para proveer algo de iluminación.

La oscuridad era casi total y a pesar del fuego, era casi imposible distinguir algo concreto: era como si todo el salón estuviese vacío. Repentinamente, un sonido metálico interrumpió el sepulcral silencio.

  • Se han detectado intrusos. Por favor, identifíquense.
  • Debe de ser algún mensaje grabado. -pensó Koya; probablemente la base estuviese controlada por alguna máquina. En parte eso lo tranquilizaba- Debemos darle respuestas simples -intuyó el tauren- Así nos dejará ir. Soy Koyaanisqatsi Cazacielo.
  • Soy Okrorio Faucedraco.
  • Por favor, defina motivo de su llegada e intenciones.
  • Visita ocasional. –dijeron ambos; es probable que Okrorio haya pensado que decir “ a rescatar a los orcos que secuestraste” hubiera sonado a amenaza, por lo que Koya sintió un profundo alivio– Venimos en son de paz.
  • Por favor, defina lugar de procedencia –expresó la voz metálica

En esa pregunta ambos dudaron, y Koya lo notó: supuso que la desconfianza a dicha voz era completamente normal, por lo que darle la localización de tu lugar de origen a una máquina  era en extremo riesgoso. Sin embargo, al tauren le extrañó que Okrorio se preocupara más de lo que debería. Algo era seguro: estaba ocultando algo.

  • Soy de los Baldíos.
  • Vengo de las Planicies de Mulgore.

Hubo un gran silencio, como si la voz tratara de procesar dicha información. Finalmente…

  • dijo la voz, que de repente adquirió un tono más vivo– Suficiente de tanta cháchara.

Dos cegadoras columnas de luz cayeron sobre Koya y Okrorio, dejándolos momentáneamente aturdidos, sin percatarse que una serie de luces menos potentes, comenzaron a encenderse y dar forma a la habitación en la que se encontraban: era cuadrangular y sumamente amplia, tanto en superficie como en altura. Sin embargo, no había nada destacable ni había señas de su “anfitrión”.

 

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Numerosos intentos para encender la terminal habían resultado inútiles, y Powaq se había tomado unos minutos para pensar en otra forma de hacer funcionar la máquina. En eso, vio por el rabillo del ojo varios libros en unos estantes cercanos: la gran mayoría eran sobre ingeniería, mecánica, química, alquimia, magia básica e incluso algunos de cocina. Powaq revisó algunos de esos libros, pero a primera vista no tenían nada novedoso o útil que ofrecerle, ya que había leído libros similares en su casa hace ya varios años -algunos los tenía bien grabados en su memoria-  por lo que uno tras otro, regresaban al estante.

Pero dada la casualidad, vio uno con un título en goblin sumamente llamativo: “Robótica Militar” y tenía el escudo de la Horda. Era bastante peculiar, pues era bien conocido que si bien a los orcos les gustaba dar batalla por cuenta propia, terminaron incluyendo varios robots militares en sus filas: no solo trajes mecha, sino verdaderos robosoldados autómatas. Terminó sacando el libro del estante y darle una hojeada: había más dibujos, bocetos y esquemas que texto, pero Powaq los entendía en su mayor parte; había diseños de robots usados durante la Guerra Crepuscular, casi todos conocidos, con todos los detalles de sus componentes, capacidades y debilidades.

Tras varias hojeadas, llegó a una página que le hizo levantar la ceja: mostraba el esquema sumamente detallado de un tipo de robot sumamente peculiar… tanto así que de alguna forma creyó reconocerlo.

Estuvo por llamar a su hermano para avisarle que iría junto a él, cuando misteriosamente un sonido lo hizo voltearse: la terminal estaba encendida y lista para recibir comandos. ¿Qué la había hecho funcionar? Se preguntaba el druida; había hecho de todo para encenderla: cruzar cables, intercambiar válvulas, reemplazar piezas viejas por repuestos a su alcance… y nada. Resolvería el misterio después -se dijo- ahora se dedicaría a revisar el contenido de la terminal; cerró el libro que tenía en la mano y lo guardó en su Gnoblin 5000.

La mayoría de los archivos de la terminal parecían una especie de bitácora que registraba los acontecimientos diarios más importantes de la fortaleza; como eran cientos y no tenía tiempo, optó por leer algunos casi al azar, empezando por el primero.

“La fortaleza ha sido reacondicionada de acuerdo a las exigencias del Jefe de Guerra y el Consejo de Jefes de la Horda. Con el sabor de la victoria sobre los tauren aun en el aire y los enanos expulsados, habría mucho trabajo por hacer. Los goblin lucen particularmente encantados por hacerse con algún artilugio titánico que los enanos no hubieran conseguido en sus años aquí.”

Así Powaq intuyó que la base fue ocupada por los orcos poco después de anexarse el territorio costero de los Baldíos tras derrotar a los tauren, un conflicto ocurrido entre 15 a 20 años antes del Holocausto. Para esa época ya existían las terminales, pero eran de uso casi exclusivamente militar, y era probable que el escritor de aquella bitácora fuese un goblin, pero más probablemente un orco por la forma en que se refería a aquellos duendes verdes. La pregunta era… ¿Reacondicionada para qué?

“Los goblin son muy chillones en lo que respecta a su “equipo especial”, gritando y chillando como jabalíes salvajes si algo amenaza con romperse. Por fortuna, todo el dichoso equipo está completamente instalado, y sólo nos queda esperar al científico en jefe. Los demás soldados comentan que el tal goblin es un genio muy respetado en Muelle Pantoque, y tal parece que el Jefe de Guerra le ha echado el ojo.”

 

  • ¿Un científico goblin?, -pensó Powaq- ¿Entonces convirtieron esto en un laboratorio?

Los pensamientos del tauren se desviaron de la pantalla y trataron de imaginar qué tipo de experimentos podrían ser aquellos que atrajeran tanto al último Jefe de Guerra de los orcos y de la Horda: debían de ser sumamente interesantes y con un potencial bélico increíble. Recordó que durante su mandato, Garrosh había dado muchas preferencias a los goblin para que realizaran sus experimentos… a costa incluso, de la provisión de agua potable a Durotar desde Azshara. Y estaba ese libro de Robótica… ¿Podrían ser robots?

“El goblin se llama Doctor Chiro Mengel, y según ha dicho, es un experto en robótica, alquimia, y biología, parte de otras cosas. A simple vista, es tan pequeño como otros de su especie: su cráneo es tan diminuto que podría aplastarlo con una sola mano; claro que si hiciera esto, acabaría con la cabeza sobre una estaca en las afueras de Orgrimmar. Apenas llegó el menudo cerebrito, se puso a dar órdenes a sus asistentes y a los soldados como si fuésemos sus sirvientes; por desgracia, de acuerdo a mis superiores, era precisamente en eso en lo que nos acabábamos de convertir: debíamos proteger y ayudar al doctor en todo lo que necesitase.”

Powaq nunca había oído de un goblin llamado Chiro Mengel, ni de nadie semejante. Era probable que se tratase de un científico eminentemente militar, y que por ello, hubiese mantenido un perfil bajo. Continuó leyendo.

“Es la cuarta vez en la semana que Mengel nos pide cazar animales, ¿Quiénes cree que somos? ¿Cazadores? Lo que sigo sin entender es por qué quiere leones, cebras, hienas y serpientes aladas sin matarlas, sino que se las llevemos vivas hasta la base. Dudo mucho que esos animales acaben en nuestro plato, y menos en el suyo, ya que el enano sigue igual de menudo y sin señal de engordar un solo gramo.”

El druida en cambio sí sospechaba para qué ese científico necesitaba a esos animales, pero seguía sin comprender los motivos. Cuando estaba por seleccionar otra página de la bitácora, oyó unos diminutos pasos metálicos que iban acercándose; se volteó completamente y se puso en guardia, acumulando en sus manos energía mágica natural para realizar un ataque rápido. Se calmó al ver la causa de los pequeños pasos: un diminuto robot de seguridad. Lo que Powaq ignoraba, era que su hermano y Okrorio se habían encontrado con ese mismo robot.

  • Hola, pequeño –dijo al robot mientras se arrodillaba para verlo mejor– ¿Qué haces aquí tan solo? –el robot no respondió de ninguna forma, Powaq lo trataba como un animalillo encantador– No vas a hacerme daño, ¿Verdad? Odiaría tener que lastimarte. Descuida; no voy a causar problemas.

De vuelta a la terminal, Powaq seleccionó otra página de la bitácora. De acuerdo a la fecha, esta era diez años previos al Holocausto, más o menos.

“El soldado al que vengo a relevar me dio todas las indicaciones, entre ellas, el saber usar este aparato: nunca imaginé que un orco debiera aprender a usar uno de estos juguetes tecnológicos, pero en esos cambiantes tiempos, lo mejor es mantenerse al día. Me dijo que debía escribir pequeños reportes de lo que ocurriera en la base, y por supuesto, ayudar al doctor Mengel con sus experimentos. Cuando le pregunté sobre estos experimentos, el soldado me dijo: “no tengo la menor idea, pero lo mejor es que te abstengas de preguntarle”

Ahora había otro soldado orco escribiendo sus apuntes. Powaq esperó que este nuevo sujeto tuviera nuevas cosas que aclarar en sus escritos. Saltó a otra página.

“Unos compañeros acaban de volver de Trinquete tras realizar labores de limpieza y rescate en su reactor nuclear. El Jefe de Guerra y los goblin dicen que fue sabotaje de la Alianza; la Junta Militar de Ventormenta niega cualquier implicación. Los humanos probablemente hayan caído tan bajo como para causar un desastre de semejante envergadura que afecte a miles de inocentes; por supuesto, los goblin nunca admitirían que fue su error. No he podido ver a mis compañeros, pero me han dicho que estaban sumamente mal, y que el doctor Mengel trataría de ayudarlos.”

Powaq había oído de que el reactor nuclear de Trinquete había sufrido un accidente que había producido contaminación radiactiva en los alrededores, y que cientos de trabajadores trolls y hasta soldados orcos habían ido a trabajar en la limpieza. No les imaginó un buen futuro. Pasó  un par de páginas siguientes.

“Acabo de volver de una sesión de cacería a pedido del doctor: mi amigo y yo capturamos seis cebras y tres hienas. Ya me habían advertido de estas sesiones, pero preferí no indagar demasiado. El doctor acaba de informarnos que nuestros compañeros y varios trolls que habían llegado a recibir tratamiento habían muerto; sin embargo, no se nos permitió verlos durante todo su tratamiento y menos darles una despedida apropiada. Mengel explicó que la radiación de sus cuerpos era muy alta y que nos pondría en peligro.”

Por razones que no alcanzaba a entender, el druida sintió un escalofrío; sus instintos le decían que algo no andaba bien. A pesar de ello, continuó leyendo.

“La base estuvo en alerta máxima hace unos días: localizamos a una espía humana en una de las habitaciones de la base. La chica, una pícara de cabellos rubios y ojos verdes, se negó a decir si había enviado la información a la Alianza, limitándose a los habituales insultos hacia nuestra especie y alardeando de su coraje; el general la metió en prisión, esperando instrucciones de Orgrimmar. Me encomendaron la tarea de enviarle la comida durante su estadía, pero tampoco dijo nada. Ayer fui a su celda, sin embargo no la encontré: me informaron que había sido enviada a Orgrimmar. Pero por alguna razón, yo no lo creí.”

Pasó varias notas más adelante:

“La nueva locura del doctor era la de capturar nada más y nada menos que centauros. ¡Centauros! No se trata de meros animales salvajes, sino de tribus de asesinos.”

Fue aquí que Powaq quedó paralizado. ¿Centauros? ¿Para que los querría un doctor? Se preguntaba. Su sentido común y su inteligencia le decían la respuesta obvia: ¿Tú que crees? Continuó la lectura, esta vez, adelantando unas pocas notas.

“Costó mucho traer a estos dos machos y a la hembra, pero gracias a los tranquilizantes que nos dieron, lo conseguimos. Apenas llegamos para descubrir que el doctor tenía una nueva sorpresa: un robot completamente nuevo. No era nada más que un traje mecánico como el que usaban los goblin hace ya varias décadas, salvo por unos detalles: tenía brazos terminados en manos mecánicas, piernas en lugar de orugas, y la cúpula en su cabeza era totalmente opaca. El robot era muy bueno manipulando armas y desplazándose en dos piernas. Según el doctor, dentro de la cúpula opaca estaba el “cerebro” del robot que controlaba sus movimientos; un compañero le preguntó qué clase de máquina controlaba al robot, a lo que el doctor respondió: La mejor computadora que se ha creado.”

Powaq ya sospechaba a que “computadora” se estaba refiriendo, y un escalofrío le recorrió desde los cuernos a la cola. Avanzó varias páginas más.

“Los humanos creyeron que podrían apoderarse de nuestros yacimientos petrolíferos en la Tundra Boreal, pero se equivocaron. Ahora, los hemos expulsado del occidente de Rasganorte. Me han reasignado a una nueva ubicación; tal vez la Base de la Fortaleza Norte, por lo que es probable que pronto mi hacha se manche con sangre: si será de humano, enano o tauren no lo sé, porque es muy posible que esas vacas socorran a los habitantes de Nueva Theramore. El nuevo cadete llegará muy pronto”

Nuevamente, habría un cambio de escritor de la bitácora. A partir de ahí, Powaq se limitó a leer velozmente las siguientes páginas de manera arbitraria. Menciones sobre los bombardeos a Nueva Theramore y las batallas navales tanto en la bahía de Ventormenta como en las costas de Orgrimmar lo hicieron intuir que ya había llegado a la época de la Guerra Crepuscular. Llegado una página, suspiró y descansó unos segundos.

“Llevo casi cinco años aquí y aún no he podido reunirme con mi familia. He oído de las batallas en el frente de los Baldíos contra los tauren, y he oído del caos que los shamanes orcos han ocasionado en Ventormenta. Espero que nadie me vea escribir esto, pero creo que nos estamos pasando. ¿Y si emplearan el arsenal nuclear? Yo he visto películas de esas explosiones y… sería el fin del mundo. Y sería peor si usaran la Grito Infernal.”

La “Grito Infernal”… Probablemente la bomba más poderosa creada por ningún ser inteligente de todo Azeroth: con casi 100 Megatones de potencia, la Bomba de Maná de Theramore quedaba reducida a menos que un fósforo, salvo por los efectos arcanos de la segunda. No por nada llevaba el “honor” de llevar el apellido de Garrosh.

Si el soldado escribía su temor de usar aquella arma, quería decir que la tensión entre la Horda y la Alianza -sin mencionar a las naciones neutrales como los tol’vir, tauren, elfos nocturnos, etc.- llegaba a un punto crítico. Avanzó unas pocas páginas más adelante.

“Usaron las bombas: no lo puedo creer. ¿En qué pensaba nuestro Jefe de Guerra? Mis compañeros y yo, junto a Mengel y algunos asistentes suyos tanto goblin como robots, yacemos aquí encerrados sin saber que pasa allá afuera. El estruendo de las explosiones se escucha cada tanto como si tuviésemos una tormenta frente a nuestro rostro acompañada de varios terremotos. Se sacude la tierra, hace calor. Queremos salir, pero las puertas se han bloqueado para nuestra seguridad. Mengel dice que no es seguro salir. Temo por mi familia.”

Varias notas -aleatorias- después:

“Pasaron ya dos semanas y aun no salimos de aquí. […] Asumo que mi familia está muerta. La comida es racionada pero no es infinita, y esa papilla de proteínas sabe a vómito. Hay mucha tensión entre mis compañeros.”

 

“Uno de mis compañeros desapareció, y no lo hallamos. Dicen que escapó.”

 

“Cada vez veo más robots que personas […]”

 

 

 

“Escuché sonidos raros dentro de uno de los laboratorios. […]Trataré de investigar”

 

“No puedo creer lo que ese lunático ha hecho. Mis compañeros… […] Todos ellos… […] No hay escape; no podré salir. […] Siento que me vigilan. Intentaré acabar con esto de una buena vez y buscar una…”

Era el último mensaje de la terminal. Al acabarlo, Powaq se quedó frio tras la pantalla: acababa de leer las últimas palabras de un orco antes de, aparentemente por la brusca interrupción del mensaje, sufrir el mismo destino de sus compañeros el cual acababa de descubrir. Un destino sumamente horrible, y a manos de un lunático. Pero si lo escrito allí era real, y tomando en cuenta el estado de la fortaleza, eso significaba que era posible que esto iba más allá de unos centauros: él, su hermano y Okrorio se encontraban en peligro, y debían escapar inmediatamente.

Al darse la vuelta, descubrió al pequeño robot, mirándolo de frente; Powaq no quería hacerle daño, pero el robot no mostraba señal de querer moverse. Antes de dar siquiera un paso, de uno de los tubos de escape del minirobot salió una especie de gas blanco azulado muy denso que invadió la habitación. El druida trató de disipar el gas con su técnica de Torbellino, pero sentía que sus fuerzas lo abandonaban y eran reemplazadas por una fuerte sensación de sueño.

El tauren cayó casi inconsciente al suelo, viendo como un robot de mayor tamaño entraba a la habitación antes de caer profundamente dormido.

 

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  • Veo que son dos aventureros con una gran sed de curiosidad. Lamentablemente para ustedes, no soy del tipo de persona a la que le agradan las visitas sorpresa; de todos modos, supongo que como buen anfitrión, tengo que recibirlos.
  • ¿Y se puede saber quién eres tú? –preguntó un desafiante Okrorio– ¿Acaso eres el líder de los centauros?
  • Eso no es relevante, considerando que no saldrán de aquí. Ahora bien: la verdaderamente relevante pregunta es ¿Qué voy a hacer con ustedes dos? No es que me falte ni material ni ideas, pero ya tengo una larga lista de trabajos pendientes. Sin embargo, sería sumamente contraproducente desperdiciar tan buen material.
  • ¿De qué demonios estás hablando?
  • Estoy hablando de que los usaré para lo que yo quiera, tauren.
  • ¡¡No dejaremos que lo hagas!! –gritó Koya, cargando sus manos con electricidad– ¡¡No seremos tus juguetes!!
  • Antes de empezar a cargar tus baterías, shamán, recomendaría que mantuvieras la calma. Podrías lastimar a alguien.

Se oyó el sonido de unas cadenas metálicas siendo arriadas, posiblemente con ayuda de una polea mecánica; así también dos puertas metálicas que se abrían. El sonido se detuvo, e inmediatamente apareció otra columna de luz, develando una jaula de acero que se mantenía suspendida en el aire por medio de esa cadena; otras columnas de luz mostraron las dos puertas abiertas, con dos figuras enfrente.

Las figuras eran de dos centauros, o al menos eso parecía. Tanto Koya como Okrorio quedaron asombrados al ver que aquellos centauros poseían varios “implantes” de metal, como partes de robot -patas, brazos, placas en el torso, una cúpula de vidrio en el cráneo, y algo semejante a un motor entre sus patas traseras- que le daban un aspecto amenazante y aterrador; su brazo derecho era más bien una especie de arma de plasma como los que existían antes de la guerra, y para empeorar las cosas, los estaban apuntando con ellas.

Pero la jaula era lo que más llamó la atención de Koya, o más bien, quien se hallaba allí.

  • ¡¡¡POWAQQATSI!!
  • ¿Huh? ¡Es verdad; está adentro!
  • ¡¿Qué le has hecho, infeliz?!
  • Tu hermano está bien; sólo está paralizado –respondió la voz, sumamente tranquila– Supongo que es tu hermano, pues la probabilidad de que dos individuos presenten un 97% de semejanza física entre ellas y no estén consanguíneamente emparentados es de 0,0002%. Por otro lado, me asombra su parentesco: mis análisis preliminares denotaron una elevada actividad cerebral proveniente de tu hermano, más elevada al promedio de tu especie.
  • ¿Qué demonios trata de decir?
  • Sigh… Que Powaqqatsi es más inteligente que el tauren promedio, Okrorio. Eso ya lo sé, seas quien seas. ¡¿Qué piensas hacer con él?!
  • Como tú mismo dijiste, tu hermano parece ser mucho más inteligente que el tauren promedio, llegando a niveles peligrosamente cercanos, por no decir iguales, a los de un goblin o un gnomo, aunque se trate sólo de una mera primera observación de campo.
  • Lo quieres eliminar… Debes de ser un goblin, pues ellos no soportan a quienes son más listos que ellos.
  • Los orcos sí que son unas lumbreras mentales, ¿Eh? Pero te daré crédito por acertar parcialmente en una de tus conjeturas. No pienso eliminar a este joven druida, pero estoy sumamente fascinado por su cerebro, y he decidido hacerme con él de inmediato.
  • ¡¡DEJA A MI HERMANO EN PAZ, DEMENTE!!
  • Lamento discernir contigo… –los centauros dieron dos pasos al frente, apuntando sus armas– He estado demasiado tiempo sin una compañía intelectualmente cercana a la mía como para perder esta oportunidad: necesito de un asistente, y tu hermano es perfecto. Pero primero preferiría conocerlo más a fondo antes de proceder con la extracción… y ustedes sólo serían un estorbo: dejaré que mis cybercentauros los mantengan entretenidos un tiempo.

Dos antenas aparecieron del techo de la habitación, y apuntaron al shamán y al guerrero con sus rayos, teletransportándolos a otro lugar. Mientras tanto, Powaq era llevado por un par de cybercentauros a una habitación especial, donde conocería a su “anfitrión”

 

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Koya apareció en otro pasillo, semejante al que había visto antes, donde había varias puertas metálicas sumamente misteriosas. Tampoco había señal alguna de Okrorio, de su hermano, o de los cybercentauros y mucho menos del enigmático sujeto que los había secuestrado. Debía buscarlos, encontrarlos y salir de allí. ¿Por dónde comenzar?

Unos pasos se oían cerca; concretamente el sonido de unos cascos metálicos. Aquellas monstruosidades mecánicas se acercaban. Ni siquiera llegó a verlas cuando sintió una ráfaga de estática erizando cada pelo de su piel tras pasar a pocos metros una bola de rayos producida por una de ellas. Koya logró ver a uno de esos monstruos, era femenina, una shamán, pero parte de su pecho y sus manos habían sido robotizados, y portaba una especie de máquina por la espalda a modo de mochila. El otro era masculino, y presentaba características similares, salvo el cañón de plasma y las garras robóticas que reemplazaban sus brazos; ambos comenzaron a atacarlo: la hembra lanzando bolas de electricidad de sus manos, y el macho con disparos de plasma de su cañón.

El tauren esquivaba los ataques que podía y atacaba con sus propias técnicas eléctricas. Pero cuando creyó que había acertado, sus rayos fueron misteriosamente absorbidos por la centáuride, dejándolo perplejo. Desde el techo, se podía oír la risa de aquel enigmático personaje que había raptado a su hermano.

  • Veo que ya viste las maravillas de mi criatura. Fascinante, ¿No? Diseñé sus manos para que sean capaces de absorber la electricidad del ambiente y soportar altos niveles de voltaje. ¿Ves esa “mochila” en su espalda? Es una dínamo sumamente potente, capaz de general altos niveles de corriente eléctrica.
  • Mecanizaste sus poderes… ¿Crees que superarás a los shamanes de verdad con eso?
  • Ahora que la he visto en acción, puedo decir que sí. Y no es todo lo que hace. Querida…

La centáuride atacó a Koya, pero esta vez, usando técnicas de fuego que por fortuna, el tauren pudo anular con una técnica de agua. Le tomó pocos segundo comprender de donde venía e fuego: sendos lanzallamas que apenas sobresalían de sus ahora mecánicas muñecas. Por lo que lograba observar, no había algún tanque de combustible; capaz algún cristal de poder del tipo que existe en Un’goro alimentaba los lanzallamas.

Si lo atacaban con fuego, respondería con fuego: preparaba sus manos para demostrar a las abominaciones mecánicas del verdadero shamanismo, cuando la centáuride lo sorprendió con un ataque de escarcha que acabó congelándolo de las piernas hasta la cintura.

  • No te limitaste a los rayos, ¿Verdad?
  • Soy de los que no escatiman en gastos. En fin: deja que te recojan; ya pensaré en que usar tu mastodónico cuerpo.
  • Ja… Te olvidaste de un elemento: la tierra.

No tardó mucho en que una pequeña vibración hiciera sacudir lentamente todo el pasillo: Koya se liberó de la trampa de hielo, y dio un salto para atrás; puso sus manos en dirección a las paredes y usó sus poderes sobre la tierra para extraer partes de las paredes del pasillo a modo de aplanadoras para destruir a los cybercentauros que tenía enfrente. La sangre -o aceite- salpicó su ropa y los escombros, pero los cuerpos apenas eran visibles entre los mismos.

Koya estaba por retornar su búsqueda cuando el lugar comenzó nuevamente a temblar; sólo que más fuerte que antes… y esta vez no era por causa suya.

  • ¡Bovino imbécil! –grito enfadado la voz misteriosa– ¡¿Estás loco o qué demonios te pasa?!
  • No vale la pena que llores por tus horribles juguetes.
  • ¡Eso no: puedo reemplazarlos cuando me da la gana! ¡¿Acaso se te olvida que estamos a pocos metros de la Gran Grieta de los Baldíos?! ¡¿El lugar por donde pasó Alamuerte?! ¡¡Este lugar es sísmicamente activo: un temblor lo suficientemente fuerte y derrumbaría toda la base!!
  • ¡Creí que los enanos hacían las cosas bien sólidas!
  • Tuve que hacer ciertas modificaciones para… adaptar la base a mis necesidades. Y eso pudo comprometer la integridad estructural. El punto es que si tienes un mínimo interés en rescatar a tu hermano, te recomiendo que dejes de jugar con tierra. A menos que los quieras enterrar a todos y arruinar mis experimentos.
  • Agh… Está bien. –respondió resignado– Pero una vez te encuentre, te arrepentirás.
  • JA… Quiero ver que siquiera llegues a donde está tu hermano.

 

En otro rincón del laboratorio subterráneo, Okrorio acababa de levantarse tras estar inconsciente a causa de la teletransportación. Sentía tanta náusea que creyó iba a vomitar, pero su estómago fue mucho más fuerte y pudo levantarse sin problemas: la desagradable sensación de estar en un pasillo con pocas puertas fuertemente blindadas y sin señales de otra salida lo enfurecía. Había venido con el único objetivo de rescatar a los orcos que habían sido capturados; nunca pensó en que terminaría dentro de una especie de laberinto controlado por un demente.

Caminaba en busca de una salida cuando el misterioso sujeto le dirigió la palabra. Probablemente por medio de altavoces.

  • Así que… ¿Eres amigo de esos tauren?
  • Ellos no son mis amigos; sólo me hacían un favor.
  • Interesante… Entonces… debo suponer que no les has contado de dónde eres.
  • Les dije que soy de una aldea de Los Baldíos.
  • Imagino que sí. –rió la voz maliciosamente– Pero me refiero a si les contaste de donde REALMENTE vienes.

Okrorio se quedó como piedra: detuvo cada uno de sus movimientos y comenzó a ponerse nervioso. Ese sujeto era mucho más misterioso de lo que creía.

  • ¿Acaso tú…?
  • Sé en qué clase de lugar naciste: tus características físicas, de comportamiento, así como tu vestimenta, equipamiento y manejo de armas y tecnología son sumamente diferentes a los de los orcos de las aldeas de Los Baldíos. Puede que esas vacas no se hayan dado cuenta; capaz si, capaz no. ¿Pero de verdad pensaste en engañarme a mí?
  • Intuyo que quieres mantenerlo en secreto en pos de tu seguridad personal. No preciso de informarlo a nuestros bovinos amigos, así que puedes estar tranquilo; yo me preocuparía más de mis niños que te están buscando.
  • ¿Tus niños?
  • Oh, ahí están.

No eran cybercentauros los que acababan de llegar sino dos auténticos cyborgs que superaban en estatura a Okrorio por casi medio metro, y portaban dos grandes hachas de doble filo cada uno. Además de su estatura, su complexión maciza les daba una imponente apariencia; lo que más destacaba en ellos era su composición mitad mecánica, mitad orgánica, de la cual, esta última estaba conformada por partes de orco.

Superando el asombro e indignación inicial, se lanzó contra sus mecánicos oponentes. Uno de los cyborg respondió con un movimiento de hacha directo a su cabeza, pero el orco se defendió con su propia arma y con un movimiento, clavó su filo en el cuerpo del coloso, mas por dañarlo sólo en la parte mecánica poco lo afectó. El otro cyborg atacó con su hacha, a lo que Okrorio a duras penas logró esquivar retrocediendo unos pasos para después responder el golpe, rompiendo su brazo mecánico y separándolo del resto de su cuerpo; al ver a su compañero herido, el otro cyborg se volvió hacia Okrorio y le lanzó su hacha, que acabó hincándose en la pared de concreto.

El joven orco supo que no podía perder tiempo luchando contra ellos: embistió a uno, y girando repetidas veces, destrozó su pecho, dejándolo sin funcionamiento. En cuanto al otro, que era el manco, intentó cortarle la cabeza con un rápido movimiento de su hacha, pero Okrorio detuvo el hacha con su propia arma, y cargó toda su energía en un solo golpe que alcanzó a derribarlo. Una vez en el suelo, no perdió tiempo y le cortó la cabeza con rapidez, haciendo que esta rodara por el piso de concreto.

Ya no había enemigos: sólo preguntas y ansia de respuestas. Okrorio dirigió su mirada hacia la cabeza cortada: no se parecía a la de un robot común: más parecía un tipo de yelmo protector de apariencia mecanizada: del cuello salían no sólo varios cables y aceite, sino, y para su sorpresa y horror, lo que parecía ser parte de la columna vertebral. Tomó la cabeza y comenzó a desprender con cuidado la mascarilla del rostro; una vez terminado, quedo tan sorprendido que acabó por soltar la cabeza.

Cuando vio al cyborg, creía que sólo las extremidades serían las partes orgánicas que usaría el aparente científico, pero ahora quedaba demostrado que éste había sido demasiado ambicioso y brutal: en el interior del yelmo había una cabeza de orco. Esta presentaba varios cables que salían de su frente, la mitad de su cráneo había sido removida para dejar expuesto el cerebro, el cual estaba dentro de una cúpula de vidrio, a través de la cual se podían ver varios cables que salían del cerebro y corrían en dirección a la médula espinal. A juzgar por su apariencia, probablemente tuviera su misma edad y por sus habilidades con el hacha, un guerrero.

Lo espeluznante eran los ojos: uno de ellos era artificial, pero el otro era el original, y a pesar de ser solo uno, reflejaba muchas emociones que el orco pudo leer: dolor, miedo, desesperación. Por increíble que pareciera, creyó verlo moverse.

  • H… hu… ye…
  • ¡¡AHHHHH!! ¡Estás vivo!
  • H… hu… y… e…

El único ojo auténtico del decapitado cyborg se cerró, así como el robótico pagó su luz rojiza: estaba finalmente muerto. Para el joven guerrero orco, esto era más de lo que podía digerir: el supuesto goblin había hecho algo abominable con uno de los suyos; de por si era repulsivo que lo hay hecho con centauros, ¿Pero con un orco? Y lo que es peor: era muy probable que le hiciera eso a los orcos que acababa de capturar.

  • ¡¡Monstruo!! –gritaba en dirección al techo mientras avanzaba por el pasillo– ¡¡¿¿Cómo te atreves a humillar y profanar el cuerpo de un soldado orco??!! ¡¡Me aseguraré de retorcerte el pescuezo apenas te encuentre!!
  • Sigue hablando: tal vez y me hagas temblar.
  • ¡¡¿¿Dónde te escondes, cobarde??!! ¡¡Por qué no luchas por tu propia cuenta!!
  • Porque tengo mejores cosas que hacer… Y unidades especializadas en ello. –de un cruce de pasillos, salieron un par de cybercentauros liderados por otro “cyberorco”, listos para atacar– Diviértete: tengo cosas pendientes.

 

Apenas podía abrir los ojos a causa de esa pesadez en los párpados y la aparentemente intensa luz de la habitación en la que parecía encontrarse, pero intuía que se hallaba recostado sobre algún tipo de superficie metálica algo fría. El olor era muy extraño, recordándole a algún tipo de consultorio; el silencio también era compatible con ese tipo de lugares.

Finalmente pudo recobrar perfectamente la vista: había una gran lámpara con siete bombillas halógenas colgando del techo y a una altura media, el techo, así como el piso, eran blancos y cubiertos de azulejos. Del techo así también -o al menos eso parecía a simple vista- colgaban varios brazos mecánicos -probablemente robóticos- que portaban varias herramientas de apariencia quirúrgica como tijeras, bisturíes e incluso sierras. Eso ya era una mala señal: ¿Se encontraba en una sala de operaciones? Todo indicaba que sí.

  • Bienvenido, Powaqqatsi. –dijo la voz misteriosa– Disculparás mis métodos, pero necesitaba apartarte de los demás para poder estar a solas.
  • ¿Dónde estás?
  • En este momento me encuentro en mi oficina privada, por lo que no podremos vernos directamente; pero para eso está mi sistema de altavoces y cámaras de vigilancia.
  • ¿¿Cá… cámaras de qué??
  • ¿¿No las has visto?? Son esos peculiares faroles negros que ves por las paredes muy cerca del techo. –Powaq desvió su mirada hacia una de ellas; a aquellas cosas que confundió con faroles sin luz. Debió de haberlo sospechado– Maravillosas máquinas, ¿No lo crees? Inventadas poco antes de la Cuarta Guerra, no llegaron a dominio civil, pero los militares y el gobierno quedaron maravillados en ambos bandos. Son como proyectores de cine en miniatura que captan todo lo que ocurre en vivo: por eso no necesito de guardias en todo momento. –odiaba admitirlo, pero era un invento asombroso: deseaba tener una– Para alguien que aparentemente disfruta de las máquinas, debe de ser una maravilla.
  • Lo es… Pero no tengo tiempo que perder. Mis amigos me necesitan…

Powaq trató de transformarse, pero a pesar de sus esfuerzos, se sintió incapaz de mudar de forma: de hecho, era incapaz de mover siquiera un solo dedo. Lo único que podía mover con algo de dificultad sin embargo, era su propia cabeza.

  • Eres un druida, ¿Cierto? Su principal debilidad es que para poder emplear sus poderes metamórficos, requieren de una completa movilidad de sus cuerpos para realizar la transformación. Cosa muy difícil si tomamos en cuenta que estás paralizado.
  • ¡Maldita sea! ¡Suéltame: debo salvar a mis amigos!
  • Por lo que yo tengo entendido, Koya es tu hermano y Okrorio admitió que no los ve como amigos.
  • No te hagas el tonto y libérame: he dicho.
  • Tal vez después… –respondió la voz, dejando momentáneamente la sala en silencio– ¿Sabes? Desde que te vi a través de las cámaras, y vi tu manera de escapar, me llamó la atención tu razonamiento. Y tu actividad cerebral me confirma mis sospechas de tu superioridad intelectual. Estoy fascinado por tu cerebro: lo necesito.
  • ¿Piensas quitármelo?
  • Aun no: en caso de que el proceso falle, cosa que dudo dado a una excelente destreza que me ha dado una probabilidad de éxito del 98%, prefiero reunir toda la información que puedas brindarme a la manera tradicional: una conversación amistosa. Más vale prevenir que lamentar.
  • ¿Y si me rehúso?
  • No tienes alternativa. –en eso, uno de los brazos robóticos que colgaban del techo, a través de una jeringa que tenía incorporadp, inyectó un suero verdoso al sistema circulatorio del tauren– Acabo de suministrarte un suero de la verdad: cada pregunta que te haga me la responderás sólo con la verdad. –Powaq se limitó a refunfuñar para sus adentros. Otro de los brazos mecánicos cargó otro líquido con otra jeringa; éste era diferente, y cierto aroma dulzón penetró en sus fosas nasales. La jeringa se acercó a su mandíbula– ¿Té?
  • No te rindes, ¿Verdad… Doctor Mengel?
  • Jojojo… Veo que tu visita a la terminal fue provechosa. Será una charla interesante.

 

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Koya se creía capaz de encontrar a su hermano, pero debía admitir que el lugar no le brindaba muchas ventajas: los largos pasillos, los cybercentauros persiguiéndolo, el peligro de usar sus poderes sobre la tierra y su poca comprensión de aquel aparato en su muñeca que muy probablemente le sería muy útil para encontrar a Powaq. Si tan solo hubiera prestado la debida atención cuando su hermano trató de enseñarle a usarlo…

Minutos atrás se había encontrado con otro par de cybercentauros que se afanaban en atacarlo y perseguirlo. Unas cuantas descargas sirvieron contra ellos, pero no fue fácil debido a que la shamán del grupo sabía cómo encargarse de la electricidad y el otro no dejaba de disparar su cañón de plasma. Las bolas de fuego eran inútiles contra aquella arma, y sólo congelándola podría tener una oportunidad… si no fuera por los ataques eléctricos de la shamán que no le daban un respiro. Tras haber usado su Choque de Escarcha contra las armas del centauro macho y reventarle la cabeza con su Cadena de Relámpagos, fue por la hembra, a quien anuló su ataque con un Choque de Viento y luego acabó de la misma forma que su compañero. Estaba cansado: necesitaba un respiro.

Llegó hasta las puertas de un gran depósito: aparte de la gran cantidad de aparatos y objetos acumulados, no había nada allí: podría darse un respiro y pensar en la situación. Estaba solo en un laboratorio subterráneo donde cualquier temblor acabaría en derrumbe, no sabía usar del todo su Gnoblin 5000, era perseguido por cyborgs mutantes, Okrorio estaba desaparecido y su hermano había sido secuestrado por un aparente científico loco. ¿Qué más podría pasar?

Decidió dar un vistazo al depósito: estaba bastante oscuro, y había cajas y frascos por todas partes. Con la sola ayuda de una llama en la palma de su mano iluminaba su camino. Era difícil precisar que contenían los frascos de los estantes, y tampoco se atrevía a revisar las cajas: aquellos recipientes de vidrio parecían contener animales u órganos conservados en formol u otro líquido semejante que los protegiera de la descomposición. Sobre una mesa, vio lo que aparentaban ser cabezas de hiena disecadas, y conectadas a un aparato inidentificable: quedó asqueado por la evidente crueldad del sujeto hacia los animales, y aterrado por ese rostro animal que parecía tan vivo mientras lo miraba; en verdad parecía estar vivo.

Creyó haberlo visto parpadear: en efecto, la cabeza parpadeó, y su boca comenzó a moverse: no tardó en comenzar a aullar estrepitosamente, dejando perplejo y asustado al joven shamán. ¡Esa cabeza estaba viva!

  • Oh… Veo que hallaste mis primeros trabajos.
  • ¡¿Primeros trabajos?! ¡Estás demente! ¡Esa cabe… esa cosa sigue viva!
  • Técnicamente no. Verás: era parte de un experimento en el que quería comprobar si era factible un trasplante de cabeza, o preservarla artificialmente sin depender de un cuerpo. Mis primeros intentos fueron un completo fracaso, y esa hiena que ves ahí fue uno de ellos; claro que después de mucho perseverar, logré mi cometido. Hubieras visto las caras de mis jefes cuando lo descubrieron.
  • Eres un… –gruñó el shamán antes de poder reaccionar con más inteligencia– Espera… ¿Qué quieres decir con que… lograste tu cometido?
  • Adivina, Koyaanisqatsi. Ygork… ¡Tenemos un invitado! ¡No dejes que se aburra!

Las luces del depósito se encendieron de inmediato, develando el verdadero contenido de los frascos: partes del cuerpo de varios animales, entrañas, cabezas, embriones, además de otras cabezas conectadas a aparatos como la que Koya acababa de ver, y todas ladrando. Había también algunos cuerpos disecados y diseccionados, entre ellos, los de algunos orcos y humanos.

Al otro lado del depósito, se abrió una gran puerta doble, de donde salió el supuesto Ygork: se parecía en algo a las Abominaciones que vigilaban la antigua Entrañas, pero en versión mecanizada. Era más alto que un tauren, y más robusto también; tenía cuatro brazos portando un hacha, un mazo, una pistola de plasma y un rifle de alto calibre. Algunos de los brazos debieron ser de orcos, otros de humanos o de centauro, pero estaban parcialmente robotizados. La cabeza, o lo que debía serla, era irreconocible: sólo dos luces rojas a modo de ojos se podían distinguir de aquel rostro de metal.

  • Ygork nació gracias a muchas y generosas donaciones.
  • Mutilaciones, dirás: esa cosa podría ser de los Renegados.
  • No eran muy aficionados de los robots, a decir verdad; ni a los orcos les gustó mucho cuando se los enseñé. Tiene programado los mejores movimientos con las armas que utiliza, tácticas de batalla, sigilo y supervivencia, superfuerza, inmunidad a todo tipo de daño natural…
  • Maldición… -masculló el shamán – Eso significa que los venenos no le harán daño.
  • Resistencia a los golpes y al fuego. Además de una y otro sorpresita que se me ocurrió añadirle. ¿No es un encanto?
  • Eres un verdadero psicópata.
  • No: sólo soy un genio. Espero que se diviertan, ¡Y no me rompas nada, Ygork!

La criatura avanzó hacia el shamán, quien lanzó bolas de fuego contra él, sin causarle daño aparente; luego acabó siendo embestido por un mazazo de Ygork, cayendo contra unos estantes viejos que tiraron todo su contenido en el suelo: frascos de vidrio estallaron al menor contacto con el suelo. Koya tardó pocos segundos en levantarse tras sacudirse las astillas de vidrio de su cuerpo e ignorar los diversos fluidos derramados sobre su cuerpo que emitían un olor desagradable.

  • Por suerte dije “no rompas nada, Ygork” y están en un lugar de cosas de poco valor aparte de sentimental.
  • ¡¿Te podrías callar?! –le gritó Koya, sumamente exasperado– ¡Estoy embarrado en tu porquería! ¡¡Cadena de Relámpagos!! –atacó a Ygork con su descarga eléctrica, pero en lugar de causarle un corto circuito, la criatura absorbió toda la energía– ¿Qué pasó?
  • Olvidé mencionar que agregué una minidinamo capaz de aprovechar descargas eléctricas del ambiente… O en este caso, de los shamanes.
  • Eres un…
  • Genio, lo sé.
  • No tengo alternativa -pensó- Debo perderlo de vista.

Volvió a ver al mutante que tenía enfrente y recordar todo lo que el sujeto misterioso había dicho de él: derrotarlo no era imposible, pero sí muy difícil. Si continuaba luchando allí, estaría perdiendo el tiempo. De hecho, probablemente era ese el objetivo: distraer su atención mientras le vaciaban el cráneo a su hermano. No le seguiría el juego.

Enfurecido por la decisión de abandonar una batalla, atacó los pies de Ygork con un Choque de Escarcha, ralentizándolo momentáneamente para darle el tiempo para escapar. Mientras huía por los pasillos, Ygork se liberó de su trampa helada y retomó la persecución.

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!