Relatos de Azeroth | Fallout – Los Horrores de Bael Modan – Parte 1/3

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Así es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

Capítulo 4: Los Horrores de Bael Modan

 

Tierra ancestral de los tauren, Los Baldios tenían un significado muy especial para aquella especie: durante siglos, antes de la llegada de Thrall a Kalimdor, esta tierra hostil había sido el hogar de las dispersas tribus tauren, que vagaban por la indomable sabana como nómadas, cazando kodos, antílopes y zancudos; recolectando hierbas, raíces y frutos silvestres, y montando sus tiendas donde las tierra y la cacería fueran buenas, siguiendo los patrones de las dos estaciones lluviosas al año. Incluso después, tras la fundación de Cima del Trueno y de las Tribus Unidas Tauren como nación, y el subsecuente abandono del nomadismo a la adopción de un estilo de vida sedentario, esta calurosa y polvorienta sabana seguía siendo importante para este sufrido pueblo, más si se toma en cuenta, que casi la mitad del territorio de su nación correspondía a dicha región.

Las más importantes ciudades tauren -aparte de la capital- se hallaban emplazadas en los Baldíos: Ciudad Cruce y Nueva Taurajo, ambos, importantes centros de comercio, industria y cultura. Asimismo, también había centros de producción a causa de los abundantes recursos naturales que disponía: importantes yacimientos de petróleo al norte en el Fangal -donde eran los goblin los principales en extraerlo y refinarlo, mas los tauren supervisaban los trabajos celosamente- , pozos de agua subterráneos, abundantes menas de minerales como cobre, estaño, plata, hierro y aluminio esparcidos por las montañas, e incluso algunas granjas y tierras de cultivo, así como zonas de cría de kodos y zancudos. A pesar de las duras condiciones ambientales, los tauren habían sacado provecho a la tierra de manera razonable y sin perder el respeto por la naturaleza.

Incluso la ruta comercial más importante de la Horda y auténtica espina dorsal de la misma, cruzaba este territorio en su mayor parte. El Camino Dorado era una antigua carretera adoquinada que comunicaba desde Orgrimmar con Ciudad Cruce hasta las Mil Agujas por tierra, e indirectamente también con Campamento Taurajo, Theramore y Cima del Trueno. Tras la caída de Garrosh y el inicio de la Revolución Industrial, el solitario camino pasó a convertirse en un tramo de ferrocarril y posteriormente se le adjuntó una carretera muy moderna que pasó a llamarse Autopista Dorada. Y cercana a la misma, se tendieron enormes postes de transmisión de electricidad que se obtenía de las “Granjas del Viento” de Mil Agujas.

La autopista constaba con seis carriles para vehículos y dos vías de tren en la parte central; su mejor momento fue cuando tanto la Horda como la Alianza la utilizaban. Pero cuando los tauren abandonaron la Horda, el tránsito de la misma disminuyó considerablemente.

 

Era sobre esta misma autopista dorada sobre la que los hermanos Qatsi recorrían los actuales Baldíos, siendo testigos de la desolación dominante: la autopista, con sus tramos superficiales y elevados, estaba relativamente intacta; en comparación, de la sabana que alguna vez existió allí, quedaban solo los raquíticos y calcinados árboles desprovistos de hojas, arbustos de tonalidad parda y apariencia semi-marchita, decenas de huesos secos al ardiente sol de las bestias que otrora pululaban por esas planicies y solitarias y oxidadas torres de alta tensión. El fuerte sol era aún más implacable ahora que en los tiempos previos al Holocausto -probablemente por la escasez o completa carencia de vegetación que amortigüe los rayos del sol-, cayendo como plomo fundido sobre los hermanos, y los remolinos de viento eran más frecuentes, provocando vendavales que levantaban gran cantidad de polvo, dificultando la travesía.

Tanto el sol como las tormentas de polvo hacían evidente el avance de la desertificación de los Baldíos, sólo interrumpidos por algunos pequeños pozos esparcidos por todo el lugar, y cuyas aguas estaban sumamente contaminadas. ¿A qué se debía la presencia de esos pozos si apenas llovía? Los pozos eran meros y pobres remanentes de la Gran Helada que reinó en Azeroth tras acabar la Guerra Crepuscular.

Las múltiples explosiones nucleares del Holocausto habían ocasionado incendios por casi todo el globo, arrasando la vegetación en todos los continentes -Rasganorte apenas había sido afectado- y convirtiéndola en cenizas. Pronto toda esa ceniza y el polvo subiría a la atmósfera y cubriría los cielos, obstruyendo la luz del sol y desviando sus vitales rayos. Días después del Holocausto, y aun cuando las llamas no se habían extinguido totalmente, la claridad del día menguó considerablemente, al punto que incluso el mediodía parecía ser horas del crepúsculo; además de eso, las temperaturas comenzaron a bajar.

Aproximadamente diez años después del Holocausto, las temperaturas eran tan bajas que llegó a nevar. Era la primera vez en la historia de Azeroth que las nieves llegaban a semejantes latitudes: las nieves cubrieron todo el norte de los dos principales continentes y llegaron hasta Sierra Espolón, Marjal Revolcafango y Mulgore en Kalimdor, y hasta el Bosque de Elwwyn y las Montañas Crestagrana en los Reinos del Este. Mientras tanto, Rasganorte quedó completamente cubierto de nieve, con la sola excepción de la Cuenca de Sholazar, protegida por los Pilares de los Titanes.

Durante cuarenta años, la nieve acumulada se convirtió en hielo, sepultando gran parte de Azeroth en una capa helada que impidió la recuperación de la vida, el crecimiento de las plantas o el regreso de los animales. A casi cincuenta años del Holocausto, el hielo y las nieves se habían retirado, pero el mundo había cambiado para siempre: tanto el norte como el centro de los continentes habían quedado completamente inhabitables, y convertidos en auténticos desiertos. Sólo alguno que otro charco aislado eran remanentes de la antigua capa de hielo de la Gran Helada; sin embargo, el agua concentraba la mayor parte de la radiación, por lo que era imposible consumirla.

 

Los hermanos Qatsi llevaban horas caminando por la ruinosa autopista en busca de algo que llevar a la boca, pero por el camino apenas y encontraron algunos saltamontes y lagartijas, siendo obligados a usar sus raciones de emergencia. Si bien tenían alimentos abundantes, los mellizos habían acordado que de ser posible, cazarían su comida con el fin de conservar esos víveres el mayor tiempo posible, debido que no sabían cuánto tiempo estarían lejos de algún pueblo o distribuidor confiable. El único recurso el cual no podían reemplazar y debían de usar sus reservas era el agua, porque era sumamente escasa.

Y Koya no era un bebedero ambulante.

  • ¡Allá, Koya! Veo un pozo. –gritó Powaq, que inmediatamente se convirtió en ave y voló hacia esa dirección
  • Espero que sea agua limpia. –gruñó Koya, quien se bajó de la motocicleta y siguió a su hermano– Si seguimos sin encontrar agua, estaremos en problemas –se refregó la frente– Que calor tan horrible; me cuesta creer que nuestros ancestros hayan vivido siglos en este lugar
  • No creo que nuestros ancestros se hayan quejado tanto como tú, hermano. –rio el druida mientras sacaba su purificador de agua
  • Ellos estaban habituados a este ambiente, Powaq: nosotros hemos vivido en un FRESCO bosque toda nuestra vida. –gruñó Koya– ¿Y bien? ¿Algo se puede hacer con esa agua?
  • Mas… o menos. Este no está tan contaminado como para no poder purificarla; tenemos algo de suerte, hermano.
  • Perfecto; ahora… ¡Apresúrate por favor! Este sol es brutal.
  • Jejeje… Para un shamán que controla el fuego y el magma, se queja mucho del calor.
  • Oh, ya cállate.

Tras usar el purificador y guardar el agua limpia en unas botellas, los hermanos prosiguieron su camino. Sobre la autopista había pocos indicios de que hubiera sido utilizada durante la Guerra Crepuscular, pero que los había, los había: restos de camiones cisterna que debieron de transportar combustible para las tropas en el frente de los Baldíos; chatarra que alguna vez fueron carretas o vehículos de gente intentando huir -incluso restos oxidados de grandes autobuses y abandonados trenes- y por supuesto, restos óseos de los desafortunados: algunos intactos, otros despedazados por las hienas hambrientas. La desolación que sentían los tauren al ver aquello era tremenda e imposible de ignorar; mucho menos para Koya, que podía ver a los espíritus de aquellos caídos.

  • ¿No te molestan, Koya?
  • ¿Quiénes?
  • Los espíritus de los muertos
  • Pues la verdad no; ellos prefieren estar tranquilos.
  • No quiero sonar aprovechado ni grosero, pero… Quería preguntarte, ¿Hay alguna información que puedan brindarnos estos espíritus?
  • Te refieres a algo más que sabiduría y experiencia de los antepasados, supongo. –Powaq asintió; evidentemente los sermones del pasado eran algo inútiles ahora– La verdad no: mi experiencia -y papá- me ha dicho que los espíritus de los muertos no se alejan mucho de donde abandonaron su cuerpo físico. Hay excepciones, claro: o el espíritu es muy poderoso y es capaz de manifestarse a distancia, o…
  • ¿Q qué?
  • O ha sido capturado por algún nigromante o algo semejante. Espero no hallar espíritus así.

Un ruido interrumpió los pensamientos de los tauren: pisadas que hacían sonar piezas de metal desperdigadas por la autopista indicaban la presencia de alguien o algo acechando. Pocos segundos después apareció una manada de hienas sumamente amenazantes. No se veían como bestias ordinarias; lo que es más, su aspecto les recordaba mucho al bartender Gok, pero en un estado más avanzado: carentes de pelaje, con la piel expuesta y aparentemente tan traslúcida que se podían ver los huesos parcialmente descarnados y en estado de semiputrefacción. Fruto de la radiación y de la Plaga.

  • ¡Hibernación! –Powaq usó su poder para apaciguar a las feroces hienas, pero sin resultados– No creo que esté dando resultado –dijo nervioso; el gruñido de las hienas lo confirmaban
  • Tal vez por ser cadáveres en vida, genio. ¡¡Cadena de Relámpagos!! –Koya lanzó sus rayos contra la jauría de hienas; algunas sufrieron heridas leves, pero un par de ellas cayeron fulminadas
  • ¡¿No crees que es demasiada violencia?! ¡¡Raíces enredadoras!! –Powaq capturó al resto de la jauría con su técnica– ¡Son animales!
  • Corrección: ERAN animales; ahora son una inmundicia de la Plaga. ¡¡Ráfaga de Lava!!

El ataque de fuego acabó con la mitad de las hienas, mientras que las otras huyeron despavoridas y envueltas en llamas: la jauría había sido derrotada. Koya suspiró aliviado por deshacerse de aquella molestia menor, pero Powaq no estaba tan contento: los métodos de su hermano no le parecían los adecuados.

  • Debimos haberlos espantado de otra manera, una que no involucrara matar.
  • Sé que como druida eres un amante de los animales, Powaq… Pero esas hienas no eran unas tiernas ardillitas como las que encuentras en el bosque de Feralas: son bestias mutantes zombies… y nos querían matar. Por cierto: creo que tu técnica está algo débil en comparación a lo habitual.
  • Probablemente por causa de este entorno –respondió ligeramente cabizbajo– Obtengo buena parte de mis poderes de la energía natural, y aquí no hay mucha.
  • Lo siento; debí haberlo recordado.
  • Descuida, hermano: no me pasa nada. –contestó, pero su rostro decía otra cosa; dejó salir un largo suspiro– Esto es culpa nuestra.
  • ¿Qué dices?
  • Que los Baldíos estén así: fue culpa nuestra.
  • Sabes que no había alternativa, Powaq: los refugiados tauren y elfos necesitaban un hogar, y debían de hacer algo.
  • ¿Pero sacrificar nuestra tierra de origen?
  • El Anillo de la Tierra tomó la decisión correcta; Baine y Tyrande también: ellos aceptaron el sacrificio de sus antiguos hogares con tal de salvar a nuestros pueblos. Si los shamanes no hubieran desviado la lluvia radiactiva proveniente de Mulgore, de los Baldíos y del norte del continente, Feralas y las Planicies Esmeralda se hubieran contaminado y los sobrevivientes se habrían quedado sin un lugar adonde ir; les debemos nuestro hogar. Tomaron una decisión difícil y aceptaron las consecuencias como cualquier guerrero., y como cualquier líder.
  • ¿Tú crees que en nuestro viaje debamos tomar una decisión así de dura?

Koya quedó sin palabras: la pregunta de su hermano era bastante buena, y merecía una respuesta convincente. Nunca lo había pensado, ¿En algún punto de su viaje deberían realizar algún tipo de sacrificio semejante de alguna manera al que hicieron sus antepasados? Esperaba que no, y que en casi de que deba hacerlo, no involucre la integridad de su hermano. Deseaba tener una respuesta satisfactoria, pero tenía las mismas dudas que Powaq.

  • Esperemos que no, hermano. –se limitó a responder– Esperemos que no.

Continuaron el camino, sin intercambiar muchas palabras y continuar contemplando el desolado paisaje. Horas después, cuando amenazaba el crepúsculo, Koya sugirió buscar pronto un refugio, pues la noche en aquel páramo no le parecía muy segura.

Para cuando desaparecían los últimos rayos del sol, los mellizos llegaron a un tramo elevado de la autopista donde descansaban los restos de un viejo autobús bajo viejos postes de luz. A pesar del ruinoso estado del vehículo, prácticamente inútil para ponerse en marcha, creyeron que serviría como refugio por esa noche, por lo que instalaron su campamento allí. Sin embargo, Powaq no podía quitarse algo de la cabeza.

  • Koya… ¿Hay… espíritus aquí?
  • Si, los hay. Pero no te preocupes; yo hablaré con ellos.

El shamán entró al antiguo autobús sin mayor miedo y le dio un vistazo mientras pensaba. Los tauren, a diferencia de los orcos y humanos, no habían tenido mucha predilección por los automóviles; preferían emplear el transporte colectivo como lo autobuses, trenes, tranvías y dirigibles, si bien tenían cierto gusto por las motocicletas. Los elfos nocturnos en cambio, preferían los trenes, tranvías y dirigibles, limitando en lo posible el uso de vehículos con motor de gasolina en su territorio. Koya había oído que los autobuses tauren permitían que cientos de personas se desplazaran de un lugar a otro, atravesando las sabanas de los Baldíos, las praderas de Mulgore, los bosques de Feralas y otros lugares: ahora sólo veía unos pocos recorriendo las umbrías carreteras de Feralas.

Tal y como supuso, había restos de algunos de sus ocupantes en el interior; los espíritus de los mismos no tardaron en aparecer: varios hombres y mujeres, junto a algunos niños. Koya hizo un respetuoso saludo y se dirigió a ellos.

  • Mis saludos, espíritus.
  • Oh… –dijo una mujer tauren de entre los fallecidos– Un joven shaman que puede comunicarse con nosotros.
  • ¿A qué has vendo, joven? –pregunto el espíritu de un hombre de aspecto civil– Que pueden hacer estas almas por ti.
  • Me disculpo si los interrumpí; sólo quería pedirles permiso para acampar en este lugar. Mi hermano y yo estamos realizando un viaje y necesitamos un refugio por esta noche; una vez que hayamos descansado, nos iremos.
  • Si es solo eso, no tienes de que preocuparte: tú y tu hermano son libres de pasar la noche en este lugar –le contestó el espíritu– Incluso pueden usar algunos de los cojines que hay más al fondo. Están en mejores condiciones que el resto.
  • agradeció Koya con una reverencia– Disculpen mi intromisión, pero… tengo curiosidad. ¿Cómo acabaron aquí?
  • Te contaré…

Mientras Koya charlaba con los espíritus, Powaq levantaba el campamento: juntaba algunas ramitas por las cercanías y las acomodaba para hacer una fogata que los calentara durante esa fría noche; sacó de su Gnoblin 5000 su saco de dormir y algunas latas de comida, seleccionando las que usarían para la cena. Como no habían cazado nada en todo el día, deberían usar sus reservas; con algo de suerte, hallarían algún animal al día siguiente.

La claridad casi se había esfumado por completo, pero la fogata aún no se había encendido: por más que se esforzaba en frotar esos pedazos de madera entre sí, no daba resultado; al chocar dos piedras tampoco producía chispa. Powaq recordó que era pésimo para encender fogatas, mas siguió intentándolo.

Para el intento número quince, la fogata finalmente encendió, pero no por causa suya, sino por una chispa que había salido volando inesperadamente en dirección a la fogata. El druida reaccionó a tiempo para evitar las quemaduras y descubrir la causa de aquella chispa.

  • ¿Es que todo tengo que hacerlo yo? –preguntó un burlón Koyanisqatsi con una pequeña llamita con un hilo de humo en su mano derecha mientras sostenía un par de cojines con su brazo izquierdo– Parece que no podemos depender de tus habilidades, hermano… y no me refiero a las druídicas.
  • Ya tendré mi oportunidad –se limitó a responder, sonriendo despreocupadamente– Por ahora preocupémonos de descansar.
  • Oye… –se dirigió a su hermano con una misteriosa sonrisa– ¿Recuerdas los campamentos a los que íbamos con papá de niños?
  • Y de adolescentes también…. –agregó Powaq– Si, lo recuerdo.
  • Y las cosas que hacíamos con papá… Ya sabes: esas cosas que mamá nos prohibía en casa.
  • Te refieres a…
  • Sí. ¡Comer lagartijas! –y sacó de su mano izquierda dos que había encontrado y capturado dentro del autobús– Mamá siempre nos decía de niños: “¡No las coman vivas! ¡Eso es asqueroso!” Y siempre lo hacíamos a escondidas.
  • Y cuando creímos que papá nos reprendería…
  • ¡Nos enseñó a cazarlas mejor! –rió Koya, batiendo su mandíbula– Que tiempos…
  • Pero no sé si pueda hacerlo ahora: ya no somos unos jovencitos… y ahora, yo soy un druida. No puedo…
  • ¡Oh, vamos! –insistía un muy inusual entusiasta Koya– No extinguirás una especie por comerte una.
  • Mmm… Está bien.

Acto seguido, tomó una de las lagartijas que su hermano había capturado, y poco después, se las tragaron; pocos después, ambos se pusieron a reír. Claro que no saciaría su hambre; claro que tampoco era muy maduro que digamos; ni muy adecuado considerando que era un druida que protege la vida, y un tauren que respeta a la naturaleza, pero no le importó. Recordó por breves instantes las travesuras que hacía junto a su hermano, los campamentos con su padre, los momentos en que compartían juntos sin mayores roces.

Ahora, ya como jóvenes adultos, y aún más tras la discusión de la cueva, en general los mellizos se llevaban bien. Pero la relación que tuvieron no se podía comparar a la que tenían cuando niños.

  • La pasamos muy bien en esos campamentos. Papá dejaba de ser el gruñón al que estábamos acostumbrados.
  • Dímelo a mí. –respondió el shamán– Casi siempre tenía esa cara de “sólo sonrío lo estrictamente necesario”
  • Eso lo heredaste tú de él.
  • Hey… –le dio un coscorrón a Powaq– Ni que sea tan amargado.
  • Sólo bromeo, hermano. –lanzó un suspiro y dio un vistazo a su alrededor: sus ojos se enfocaron hacia las dos lunas que brillaban en el cielo oscuro con tonalidad ligeramente verdosa– Nunca podríamos llegar a ver las lunas en casa así como las vemos aquí: el cielo se ve tan… vasto.
  • Hace varios días que salimos. Espero que nuestros padres no anden de preocupones; en especial mamá. ¿No intentaste comunicarte con ellos?
  • Sí, pero hay mucha estática. –un bostezo interrumpió la conversación. Powaq en verdad estaba cansado– Me iré a dormir.
  • Descansa; yo vigilaré. Te despierto cuando sea tu turno de vigilar.

Powaq tomó uno de los cojines que su hermano había traído y lo colocó en el suelo a modo de almohada, se cubrió con una de las mantas especiales que obtuvieron en Viento Libre y se dispuso a dormir. Como estaba tan cansado por haber permanecido despierto casi toda la noche anterior y no había descansado durante el día, soportando el infernal calor, no tardó en caer dormido.

Koya se disponía a mantenerse despierto unas horas para que su hermano pudiera descansar y después intercambiarían puestos. Pasó casi media hora mirando hacia la inmensidad de las planicies bañadas por la luz de ambas lunas, que causaban curiosas sombras, hasta que una niña, uno de los espíritus del autobús, salió a su encuentro.

  • Señor shamán; no es necesario que usted se quede despierto: nosotros podemos vigilar en su lugar.
  • ¿Estás segura?
  • Todos estamos de acuerdo: si algo sucede, lo despertaremos.
  • Si ustedes no tienen problema… Está bien. –se levantó de su asiento y preparó su “cama” con el cojín y una manta– Se los agradezco.
  • Descanse, señor shamán.

La cabeza de Koya estaba apoyada sobre el suave cojín, a punto de cerrar los ojos, cuando sintió un peculiar “aroma”. Tras un breve olfateo, descubrió la causa.

  • ¡Powaq! ¡No más frijoles goblin para ti!
  • Zzzzzzzzzzzzzzzz….
  • Agh… Olvidé que tiene el maldito sueño muy pesado. –volvió a acomodar su cabeza en el cojín– Ni modo.

Al principio, Koya no soñó casi nada, o al menos, nada digno de recordar. Llegado a un punto, despertó: al abrir los ojos, descubrió que ya no estaba sobre la carretera. Podía sentir el picor de las briznas de hierba sobre su espalda, así como su acre aroma, acompañado de frescos pinos y… ¿Pólvora?

No comprendía porqué el aire tenía esa “esencia” tan extraña ni donde se encontraba y cómo y porqué estaba en ese lugar. Al levantarse se pudo percatarse que estaba al borde de un peñasco de rocas rojas, y había algunos árboles de pino; dando unos pasos hacia el borde del acantilado, contempló un paisaje impresionante: una inmensa planicie de verdes pastos y salpicada de arboledas de pinos; las montañas y riscos de rojas rocas cercaban el valle. Sobre el mismo, era posible distinguir algunas ciudades lejanas, y más lejos aún, podía ver un grupo de mesas apenas perceptibles. No había duda: estaba en Mulgore.

Koyaanisqatsi hubiera saltado de alegría al ver que había llegado a su destino y que este estaba intacto de no ser por varios detalles: su hermano no estaba, el aire tenía ese aroma raro, se oían explosiones lejanas, el valle estaba lleno de trincheras y fortificaciones: no era el Mulgore actual, sino el pasado, durante la Cuarta Guerra. Intuyó que era una visión, capaz causado por alguno de esos espíritus poderosos que ya conocía a medias; lo peor era que esto era muy probable, porque no podía evitar sentirse vigilado.

Justo cuando logró ver en el cielo tres estelas de humo -que intuía lo que podrían ser- una voz interrumpió bruscamente su visión y su sueño, despertando sobresaltado.

Pero despertar no lo libró de recibir más sorpresas: apenas abrió los ojos, fue recibido por un objeto extraño que flotaba en el aire. Era bastante grande, de forma casi circular, con varias puntas metálicas y con pequeños brazos retractiles debajo. El “rostro” parecía una especie de ranura de ventilación o el altavoz de una radio; debajo de la misma, había una especie de diminuta lente, parecida a la de las cámaras de filmación. ¿Era un tipo de máquina? Koya nunca había visto un tipo de máquina así… pero algo le dijo que tal vez si oyó de ella.

La máquina estuvo frente a sus ojos por meros segundos, cuando produjo un ruido cuasimecánico sumamente inusual y luego dio la vuelta y se alejó a toda velocidad. Koya usó sus rayos para intentar derribarlo, pero la máquina ya se había alejado bastante. ¿Qué había sido eso?

  • ¡Powaq, despierta!
  • Mmm… No, mamá… Yo no comí las galletas.
  • ¡Deja de dormir, becerro y despierta!
  • ¿Huh? –dijo el druida semidormido– ¿Qué pasa?
  • Apareció un objeto, como el que describió ese viejo orco: una esfera metálica con puntas, volaba… Y luego desapareció: hizo algo; creo que nos espiaba.
  • ¿Estás seguro?
  • No me crees, ¿Cierto?
  • No es que no te crea, pero… Necesitaría pruebas.
  • Está bien; sólo descansa.

Mientras Powaq regresaba a sus sueños, Koya se dirigió al autobús junto a los espíritus, en busca de respuestas.

  • ¿Ustedes saben lo que pasó?
  • Joven shamán –habló el espíritu de una niñita; su voz era la misma que lo había despertado de su sueño– Lamento haber interrumpido su sueño, pero apenas nos percatamos de la presencia de ese artefacto, decidimos avisarle.
  • ¿Tienen idea de que se trata?
  • Ninguna, joven Koya –respondió la niña– Nunca habíamos visto algo así antes. Lamentamos no serle de mucha ayuda; seguiremos vigilando para que usted y su hermano puedan descansar bien.
  • No será necesario: me quedaré despierto un rato más y luego me turnaré con mi hermano. Agradezco su ayuda, pero prefiero hacer guardia yo mismo: si regresa ese artefacto, quiero capturarlo.
  • Está bien, joven shamán.

Koya sacó una hervidora de su Gnoblin 5000 junto a algo de kafa y un poco de agua; preparó una taza bien cargada de kafa para pasar unas horas despierto hasta el momento de relevo. Sorbo tras sorbo, miraba hacia la inmensidad de la noche pensando en sólo dos cosas: la visión de su sueño, y el extraño artefacto. ¿Tendrían algo en común? Claramente no, pero eran igual de intrigantes: si esa niña no hubiera interrumpido su sueño, capaz lo hubiera comprendido mejor, saber por qué se sentía vigilado. Por otro lado, de no despertarse, quien sabe lo que ese artefacto le hubieran hecho a él o a su hermano; cuando la máquina se percató de que se había despertado, emprendió la huida. ¿Por qué? ¿Qué hacía esa máquina? ¿Y quién la controlaba?

Horas antes del amanecer, llegó el turno de relevo, y Powaq tomó el lugar de su hermano para descansar un rato antes de continuar el viaje. Pensaba en el misterioso artefacto que vio Koya; no era que dudaba de su hermano, sino que le era difícil de creer en algo que no logró ver, si bien recordaba la descripción de la boca de ese orco. Fue el joven druida quien recibió los primeros brillos del alba, momento en que despertó a su hermano para reanudar su viaje.

Caminaron por una hora sobre la autopista, hasta que el gruñido de sus estómagos encendió la alarma; como habían acordado, debían de cazar algo para comer y ahorrar provisiones. Salieron de la autopista en busca de alguna presa en campo abierto, donde creían tener más esperanzas de encontrar algún animal.

Su suerte les sonrió al ver a un basilisco en los límites de una arboleda, rebuscando entre los arbustos casi desprovistos de vegetación algún animalejo o insecto que comer. Por la apariencia dedujeron que el animal no había sufrido de mutaciones; probablemente la especie sobrevivió ocultándose en madrigueras, y su gruesa coraza escamosa sirvió de protección contra la radiación, pero era difícil de probar.

Los hermanos se ocultaron en unos matorrales cercanos para no espantar a su presa.

  • Bien, yo me transformo en felino, lo acecho, me abalanzo hacia él y con una mordida en la tráquea lo acabo.
  • Me cuesta creer que mi hermano hable de esas cosas.
  • Alguien tenía que ser el cazador, Koya.
  • Y bueno… Adelante.

Powaq se transformó en felino y usó su invisibilidad para acercarse al animal sin que este se percatara. Evaluó los movimientos de su presa y calculó el mejor momento para atacar. Aprovechó el momento y se lanzó sobre la bestia, volteando su cuerpo, de manera a dejarlo con las patas arriba, incapaz de moverse. Con un rápido movimiento, clavó sus colmillos en el cuello del animal, rompiéndole su tráquea y ocasionándole una muerte instantánea. La sangre comenzó a correr del cuello del animal, y también caía a gotas de los colmillos del felino. Éste se alejó del cuerpo para regresar a su forma original, lanzando un escupitajo rojo hacia el polvo.

  • Nunca me gustó la sangre.
  • Sigo sin entender cómo puedes ser tan pasivo en tu forma normal y actúas de otra forma cuando adoptas te transformas.
  • Cuando los druidas adoptamos la forma de un animal, adoptamos también varios de sus instintos y comportamientos. Así, cuando me transformo en felino, adquiero sus instintos de caza, su ferocidad, por poner un ejemplo.
  • Ya veo… igual me sigue pareciendo extraño. –volteó hacia el animal muerto– ¿Lo faenarás tú?
  • Si… Pero me gustaría que me ayudaras a quitarle la coraza; creo que las escamas nos podrían servir.
  • De acuerdo.

El animal fue colocado en posición vertical con la ayuda de unas ramas que hallaron allí cerca para que se desangrara. Una vez libre de sangre, Koya se encargó de desollar al animal y extraerle las escamas; Powaq extraía los órganos y piezas de carne apetecibles, apartándolos del resto. Calcularon que algunas partes las podrían vender si encontraban alguien con quien comerciar: las escamas servirían para confeccionar algún tipo de ropa; los huesos podrían servir de armas; hasta los órganos servirían de algo. Mientras tanto, ellos se quedarían con la mayor parte de la carne comestible.

Los hermanos sabían lo que hacían: su entrenamiento como druidas y/o shamanes también incluía algunas habilidades de supervivencia, entre ellas la cacería y todo lo implicado a ella, como acechar al animal, como atacarlo y matarlo rápida e indoloramente, como aprovechar cada parte de su presa sin desperdiciar casi nada. Los tauren llevaban cazando y viviendo de la cacería durante siglos, y los seguirían haciendo aunque sea sólo para casos de emergencia.

El shamán encendió una fogata de manera tradicional para que su hermano comenzara a cocinar la carne, mientras él se encargaría de colocar las escamas para que se sequen al sol. Había dejado a sus kodos descansar fuera de los Gnoblin 5000 para que pudieran estirar las patas tras largo tiempo en estado de animación suspendida dentro del dispositivo.

Mientras extendía algunas escamas para secarlas, escuchó un sonido en seco; al voltearse, su hermano estaba tendido en el suelo, y junto a él, estaba alguien más: era un orco, aproximadamente de su misma edad o un poco más, de cabello corto y complexión fuerte, barba larga, con un armadura simple de placas metálicas y algunas piezas de cuero, un casco metálico y una gran hacha de metal con unas runas de poder en su mano derecha; probablemente el arma que había usado para atacar a Powaq.

  • No te preocupes: está vivo… Y tú también lo estarás si no opones resistencia, y me das toda su comida.
  • Infeliz… –respondió lleno de una furia aun contenida en su interior mientras miraba desafiante al orco– Nos costó mucho conseguir ese basilisco. ¡Vete a buscar otro!
  • Vaca terca: te dije que me des tu comida a menos que quieras morir.

Koya tomó el mazo que tenía por la espalda en caso de emergencias y lo izó amenazadoramente hacia el orco.

  • Nunca… nos… llames… vacas ¡¡INFELIZ PIELVERDE!!

El orco usó su técnica de Carga para correr a toda velocidad hacia Koya y golpearlo sin previo aviso, pero fue sorprendido por la rapidez del tauren al bloquear el golpe con su propia arma, y luego forcejear hasta hacerlo retroceder. El tauren se abalanzó hacia el orco para golpearlo con su mazo, pero este con un golpe de su hacha, lo derribó.

  • No creí que fueras un guerrero.
  • No quiere decir que esté indefenso… –apretó con fuerza el mango de su mazo– ¡Adelante, pelea!
  • ¡¡Golpe Abrumador!! –el orco golpeó a Koya girando sobre sí mismo y repartiendo varios golpes por segundo– ¡¿Por qué mejor no te rindes?!
  • ¡¿Por qué mejor no te callas?! –intentó devolver el golpe, pero terminó cayendo al suelo con un profundo corte del hacha en el vientre– Arggg… –gruñó de dolor sin fijarse en la sangre que perdía por el corte– Mal… dición.
  • Te hubieras ahorrado mucho dolor, y sangre, si me hubieras escuchado, tauren. Lástima que tu hermano no pueda ver tus últimos momentos.
  • .. una cosa… que olvidé decirte, pielverde –decía Koya mientras se levantaba con dificultad, cubriéndose la herida con la mano izquierda– No soy… un guerrero…
  • ¿Huh?
  • ¡¡TÓTEM NEXO DE TIERRA!!

Un tótem envuelto en un aura verde apareció repentinamente cerca del orco; éste, aun sorprendido al descubrir las habilidades del tauren, quedó aún más sorprendido al sentirse inmovilizado y sumamente pesado, al punto que cayó al suelo como un saco de plomo. Una vez allí, descubrió que era incapaz de levantarse.

Se limitó a ver como el tauren usaba su Ola de Sanación para curar su herida de manera casi instantánea y en auxiliar a su hermano.

  • ¡¡Bovino infeliz!! ¡¡No me dijiste que eras un shamán!!
  • ¡Cómo si fuera necesario, idiota! –le gritó mientras usaba sus poderes curativos con Powaq– Despierta, hermano; despierta…
  • Apenas te ponga las manos encima… te voy a…
  • Ni te molestes: mi Tótem Nexo de Tierra reduce la velocidad de movimiento de mi oponente y aumenta la gravedad a su alrededor unas 10 veces: no te podrás levantar por un buen rato.
  • Grrrr….
  • ¡Powaq! ¡Despierta! ¡Agh, justo ahora te viene tu sueño pesado! –le da una cachetada tremenda– ¡¡Despierta, cabeza hueca!!
  • ¿Huh? ¿Qué pasó? ¿Por qué me golpeas? –su mirada se desvió hacia el orco, llenándose de confusión– ¿Haciendo nuevos amigos?
  • Oh, si… Después de golpearte en la cabeza con su hacha y hacer que te desmayes, jugamos a las peleas y me causó una cortada en el vientre. ¡Déjate de bobadas y vuelve a la realidad! –le gritó a su hermano– ¿Te puedes levantar o no?
  • Si, si… –y se levantó con cuidado– Ay, heredaste los nervios de papá.
  • ¿Ustedes los tauren son así de ridículos siempre?
  • ¡¡Cállate, orco de porquería!! ¡¡Tótem Nexo de Tierra!! –y reinvocó a su tótem una vez más para evitar que escape
  • ¿Qué haremos con él, Koya? –le susurró su hermano– ¿Lo dejaremos ir?
  • ¿Estás loco? Después de que nos atacó y casi nos mata, deberíamos acabar con él.
  • No estoy de acuerdo, –dijo el druida– Quitar una vida es una gran carga; debió de tener una buena razón para atacarnos.
  • Es un orco: un estúpido y bestial orco que ataca sin pensar. No puedo creer que lo defiend…
  • Koyaanisqatsi…
  • Argh… Quería nuestra comida. ¿Feliz? No me dirás que lo invitarás a comer con nosotros.
  • Eso mismo pienso hacer.
  • ¡¡¿¿QUE QUÉ??!! –tanto Koya como el orco no lo podían creer; ¿Acaso ese druida era tan confiado, por no decir estúpido?

Powaq se alejó de su hermano y fue junto al orco; este lo miraba sumamente extrañado: hace unos momentos lo había golpeado con el hacha, y ahora parecía mostrarse compasivo. ¿Qué tenía este druida en la cabeza? Powaqqatsi en realidad sólo mostraba su serena actitud y capacidad de perdonar: para él, era ridículo ese antiguo odio entre tauren y orcos, y creía que merecían una oportunidad.

  • Mira, si prometes no atacarnos, compartiremos nuestra comida contigo y luego podrás irte. Si no, me veré obligado a retenerte a la fuerza, y es algo que no quiero hacer.
  • No sé si eres demasiado confiado o demasiado idiota, tauren. ¿Cómo puedes confiar en mí?
  • Yo mismo me pregunto lo mismo –asintió Koya de brazos cruzados
  • Prefiero dar segundas oportunidades. Además, sé que los orcos se toman muy en serio su palabra. ¿Puedo contar con la tuya?
  • Mmm… De acuerdo, pero si es algún tipo de truco, lo lamentarás, tauren.
  • Koya…
  • Arghh… De acuerdo.

El tótem de tierra desapareció, y el orco fue liberado. Ahora que era libre, el orco guerrero podría haber escapado, o volver a atacar a los hermanos ahora que conocía sus habilidades. Pero no lo hizo: el druida había dicho que contaba con la palabra de un orco, y la palabra de un orco siempre se cumplía; caso contrario, era deshonor.

El recién llegado no tuvo más remedio que reunirse junto a los mellizos tauren junto a una fogata, donde la carne del basilisco era cocinada por el shamán: el olor de la carne asada condimentada con algunas especias comenzaba a invadir el improvisado campamento, y a hacer rugir el estómago de los tres viajeros hambrientos.

Koyaanisqatsi no confiaba en lo más mínimo en el orco, al punto que invocó a su Elemental de Fuego para ayudar a vigilarlo mientras cocinaba; Powaqqatsi era el más confiado, y el que buscaba iniciar una conversación.

  • Dime, ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Powaqqatsi, y él mi hermano Koyaanisqatsi: somos de la Tribu Cazacielo de padre, y de los Runatótem de madre. Somos mellizos.
  • Se nota… –respondió, advirtiendo cierta ingenuidad en el druida– ¿No tienen nombres más sencillos?
  • Puedes llamarnos Koya y Powaq. –respondió a secas el joven shamán mientras daba la vuelta un filete de carne– No compliques mucho tu cerebro.
  • ¡Koya, no seas grosero! –lo regañó Powaq– Discúlpalo: es bastante temperamental, ¿Nos decías?
  • Me llamo Okrorio, del clan Faucedraco.
  • Oh… no creí que aun existiera ese clan. ¿De dónde eres?
  • Vivo en los Baldíos… –respondió sintiéndose incómodo, algo que Koya percibió disimuladamente– En una tribu que está a un día de aquí.
  • Ah… ¿Y qué haces tan lejos? ¿Estás en algún viaje? ¿Por qué intentaste robarnos la comida en lugar de pedírnosla amablemente?
  • Oye, tú… shamán. ¿Tu hermano es siempre así de preguntón?
  • Siempre… –suspiró; al ver la carne, vio que ya estaba lista– Bien: ya podremos comer.

La carne fue repartida entre los tres en simples cuencos y comenzaron a comer: Koya seguía sin quitarle un ojo de encima a Okrorio, mientras este se comportaba pasivamente mientras comía; Powaq hacía lo mismo, pero se mostraba incómodo al ver a su hermano tan desconfiado; hubiera preferido que lo apoyara en esto de confiar al orco, pero veía que eso sería muy difícil.

Acabada la comida, la charla prosiguió. Al parecer, Okrorio buscaba la comida no sólo para él, sino para una aldea de orcos que vivía a unas pocas horas de allí, y que tenían dificultades para hallarla: le habían prometido una recompensa y algo de información sobre los alrededores, vital para su viaje.

  • Aprovechándote de los necesitados, ¿Eh? Por qué no me extraña.
  • Ya te dije que los estoy ayudando, shamán.
  • Sí, claro…
  • Podríamos acompañarte, Okrorio. Tal vez ellos puedan darnos alguna información útil.
  • Ni lo sueñes, Powaq: no pienso ir a una aldea de puros orcos.
  • Koya… Dudo que sean una amenaza para nosotros; capaz y hasta sean amables.
  • Mmm… Este druida es demasiado ingenuo. -pensaba Okrorio- Al menos su hermano muestra algo de sensatez.
  • Sólo para deshacernos del orco, iré. Si no, olvídalo.
  • Ya veremos, Koya. Ya veremos.

Al ver que no podría convencer a su hermano, Koya aceptó a regañadientes acompañarlos hasta la susodicha aldea orca que mencionaba Okrorio; creía que una vez allí, se desharían de él y no volverían a verlo. Subieron a sus monturas de kodo y emprendieron rumbo.

El camino era bastante desolado como gran parte de los Baldíos, con arbustos resecos y mucho polvo; lo único que acabó rompiendo en parte la monotonía del paisaje eran unas peculiares formaciones de tierra que parecían gigantescas chimeneas. Okrorio sugirió que evitaran golpearlas o hacer movimientos bruscos cerca de ellas.

  • Los aldeanos del lugar en donde estuve me dijeron que se llaman megatermes.
  • ¿Megatermes?
  • Termitas gigantes, mutadas por la radiación. Pueden ser muy voraces.
  • ¿Qué comen? –preguntó Powaq sumamente curioso– ¿Madera?
  • contestó tajantemente el orco, sin decir nada más

Cruzado el gran nido de las megatermes, y tras casi dos horas de cruzar el ardiente páramo, llegaron a la aldea, emplazada alrededor de lo que parecía ser un viejo dirigible de guerra orco estrellado: algunas chozas hechas con material extraído del dirigible o algún otro vehículo cercano situados junto al gran aparato, y con una especie de pozo de agua en medio formaban el asentamiento. Debido a que la estructura del dirigible era en su mayor parte metal -incluso la armazón externa del globo- había sobrevivido bastante bien.

Ni Koya ni Powaq habían visto tantos orcos juntos en un solo lugar, y sin embargo, no se parecían a los pocos que conocían en Feralas: estos aldeanos se veían mucho más débiles y famélicos de lo que suelen o solían ser los orcos; algunos hasta mostraban pequeñas deformaciones como tumores o algún otro defecto físico. Los hombres se veían mucho más delgados y con una musculatura menos desarrollada; lo mismo con las mujeres, y los niños se veían bastante harapientos; incluso algunos niños estaban desnudos, pero en general todos vestían harapos o cacharros.

El comportamiento de los orcos era mucho más dócil de lo que esperaban; inclusive, cuando los vieron llegar, los orcos se apresuraron a meter a los niños dentro de las improvisadas viviendas, mientras que los adultos se mostraban temerosos. Sólo la presencia de Okrorio parecía calmarlos un poco.

Uno de los orcos, que parecía ser el líder de la aldea, se acercó a ellos. Vestía unos pantalones de trapo con un cinturón de soga, unos brazaletes de acero, unas hombreras hechas con placas de metal reciclado y un collar de cuentas. Debía de ser de considerable edad, pues su barba tenía varias canas.

  • Joven Okrorio… –saludó el viejo orco de la aldea en lengua común; algo extraño pero a la vez predecible, tomando en cuenta la universalidad de aquel idioma– No esperábamos que trajeras… invitados.
  • No se preocupe, jefe. –respondió el joven, mientras bajaba del kodo de Koya en el que iba montado– Ellos no causarán problemas.
  • Le hemos traído un regalo para su aldea, jefe orco. –dijo Powaq mientras le pasaba al jefe un saco con piezas de carne– Okrorio nos contó lo que…
  • ¿Qué hacen ustedes aquí, tauren? Su presencia incomoda a mi gente.
  • Sólo vinimos a traer a Okrorio, con quien nos encontramos cerca de aquí.
  • Me ayudaron a cazar al basilisco.
  • ¿Qué nosotros te…? –Koya estuvo por reclamar, pero Powaq lo detuvo, limitándose a tragar sus palabras– Pero si nosotros lo cazamos. –susurró
  • ¿Disculpa? Ese “nosotros” me sonó a multitud; creo recordar que yo lo cacé, y por lo tanto, yo decido que hacer con la presa.
  • Grrr…
  • Si tú crees que son de tu confianza, pues no tengo más alternativa que permitir que descansen en mi aldea. –luego de tomar el saco con carne desvió su mirada hacia los mellizos– Pero por favor, no causen problemas. –les pidió amablemente; era evidente que los orcos no se sentían dispuestos a pelear, y menos con dos tauren que se veían bastante saludables– Le diré a mi gente que haga lo posible por hacer su estadía más confortable.

El jefe orco hizo llamar a sus congéneres y les avisó que los tauren no serían una amenaza, que sólo estaban de paso, y les pidió que los atendieran dentro de sus posibilidades y con la mayor amabilidad; luego de eso, entregó el saco con carne a una de las mujeres para que las repartiera. Por supuesto, esto no tranquilizó a los orcos del todo, que decidieron obedecer a su jefe sin bajar la guardia; al menos tenían algo de comida.

Los tauren exploraban la pequeña aldea en compañía de Okrorio, quien actuaba casi como una especie de guía, aunque más como un auténtico bálsamo de seguridad para los lugareños, quienes no se sentían cómodos de tener a dos tauren como invitados. Eso se notaba bastante cuando algunos de los niños orco, movidos por su curiosidad infantil, querían conocer a los extraños recién llegados, pero sus padres se lo impedían.

Pero hubo un par de niños que pese a los esfuerzos de sus padres, lograron acercarse a los mellizos.

  • Hola…
  • Hola, –los saludó el druida con suma amabilidad– ¿Cómo están?
  • Señor… usted es… muy raro. –dijo otro niño– ¿De dónde es?

Koya hacía gestos con los brazos y el rostro, sumamente nervioso, para evitar que su hermano hablara demás, pero vio que era inútil.

  • Mi hermano y yo somos de una lejana tierra hacia el sudoeste, rodeada de montañas y cruzada por ríos.
  • ¿Ríos? –preguntó extrañado uno de ellos– ¿Qué son ríos?
  • ¿No saben que es un río? –ambos niños negaron con la cabeza, dejando atónito a Powaq– Un río es como un camino, pero de agua, donde esta corre libremente entre los bosques. –los niños volvieron a hacer esa cara confundida– No conocen los bosques, ¿Cierto? Son como las arboledas que tienen aquí, pero mucho más vastos.
  • Eso no suena muy interesante, señor.
  • Powaq, ya basta…
  • Puede ser, pero los árboles de dónde vengo son casi tan altos como montañas y cubiertos de verde; hay tantos que es casi imposible ver el cielo. –a juzgar por la expresión de los niños, estos se hallaban fascinados con la idea casi fantástica que estaban oyendo– Es un lugar muy bonito.
  • Así parece.
  • Oigan, ¿Quieren ver algo parecido a lo que hay en mi tierra?
  • Powaq, no…
  • ¡¡SI!!

Powaq usó sus poderes sobe un puñado de tierra cerca de donde estaban, e inmediatamente comenzó a brotar hierba verde y lozana, y seguidamente, empezaron a surgir algunas pequeñas flores. Para los niños que nunca habían visto algo así, era toda una maravilla; para Koya, un dolor de cabeza.

  • ¡Es increíble! ¡Mamá, mira lo que hizo! ¡El tauren hizo crecer verde en el suelo!
  • Tu hermano es sorprendente.
  • .. –respondió Koya a Okrorio– Sorprendentemente ingenuo.
  • Señor, ¿Qué son esas cosas de colores?
  • Son flores de campo, pequeño.
  • ¿Qué son flores?
  • Las flores son los órganos reproductores de cierto tipo de plantas llamadas fanerógamas que… –al mirar la cara perdida del niño, simplificó la definición– Son un tipo de plantas muy bonitas que tienen lindos colores y a veces un dulce aroma.
  • Ahh…
  • Suficiente con las clases de geografía y botánica. –interrumpió Koya– Tenemos que irnos.
    ¿Tan pronto?
  • Okrorio dice que debemos hablar con el jefe de la aldea.
  • Está bien.

El jefe orco los estaba esperando en el interior de su tienda: la decoración, hecha con piezas del dirigible y viejos uniformes de guerra le daba cierta peculiaridad a la modesta vivienda. Okrorio y los mellizos observaban desde sus modestos asientos al viejo líder de la aldea buscar dentro de viejos baúles de cuero a un rincón de la única habitación de la tienda.

  • Como te prometí, joven guerrero: si nos traías algo de comida, recibirías una recompensa –se dio la vuelta y caminó hacia Okrorio: tomó su mano derecha y la abrió, entregándole una bolsita con monedas de oro– Es dinero de nuestros antepasados, que volaban este dirigible: como ya no nos es útil, creo que puedo entregarte una parte.
  • Jefe, dijiste que me darías algo más.
  • Información. –completó el jefe– Lo sé: las monedas no son tan valiosas como la información. Normalmente no exigiría semejante precio por ella, pero mi pueblo está muy necesitado y tenemos pocos cazadores entre nosotros. No sé como son las cosas por dónde vives, pero las condiciones alrededor de nuestra aldea no son las mejores: la comida escasea, y las megatermes espantan a los animales.
  • Así que quiero me vuelvas a decir el motivo por el cual quieres ir a Bael Modan.
  • ¿¿Bael Modan?? –se preguntaron los tauren

Bael Modan era un antiguo complejo de los Titanes, donde era posible extraer piezas arqueológicas de sumo valor. Por ese motivo, se convirtió en el primer asentamiento de los enanos en Kalimdor, fundando la fortaleza de Bael’dun. La presencia de los enanos había sido causa de conflicto con los tauren, en especial con la tribu Picopiedra. Aun después del Cataclismo y de la caída de Garrosh, los enanos permanecieron allí. Pero tras la anexión de Khaz Modan por parte del Reino de Ventormenta, y la posterior anexión de los terrenos costeros de los Baldíos por parte de los orcos, los enanos se vieron obligados a abandonar Bael’dun.

Después de eso, no se sabía que había sido de aquella fortaleza, pero se la suponía abandonada.

  • Mi pueblo me envió a una misión de reconocimiento a ese lugar –contestó Okrorio, ignorando la fija y suspicaz mirada de Koya– Me dieron las instrucciones de buscar ese lugar y reunirme con alguien importante en ese lugar.
  • ¿Alguien? –preguntó el jefe orco– ¿Quién? ¿A quién podrías encontrar en un lugar como ese?
  • Eso mismo me pregunto yo -pensó Koya
  • No lo sé, jefe. –el shamán levantó la ceja sin que nadie lo notara– No me lo especificaron: sólo me dijeron que fuera allí y que esperara.
  • Mmm… –el orco volteó y dio unos pasos a un costado, sumamente pensativo– A mi juicio, es una misión peligrosa: hasta suicida diría yo.
  • De todos modos lo haré.
  • Si así lo quieres, te daré mi información. Pero te advierto que habrá peligros que incluso nosotros desconocemos.
  • Vaya al grano. –interrumpió Koya, harto de los acertijos– Mientras más pronto mejor.
  • Muy bien… Recuerdo haberles dicho que nuestra situación es muy dura: escasez de animales de caza u otro tipo de alimento o hierbas medicinales, la falta de agua limpia, las megatermes al oeste de nuestra aldea… y al este, precisamente en dirección a Bael Modan, están los centauros.

Oír la palabra Centauro causó un escalofrío en los tauren -en especial a Koya- pues los relatos de las atrocidades que estos seres habían cometido contra su pueblo aún permanecían vivos en la mente colectiva. Aparte de ello, creían que fuera de las Planicies Esmeralda, los centauros estaban prácticamente extintos, si bien Koyaanisqatsi, recordando su visión en la cueva de los jabaespines, tenía un mal presentimiento. ¿Podrían existir ese tipo de centauros no-muertos en los Baldíos actuales?

Por otro lado, el hecho de que los centauros probablemente estuviesen extintos no conmovía demasiado a los tauren, ni siquiera a Powaq, quien era el más respetuoso de la vida. Lo cierto era que en las Planicies Esmeralda existían algunos pocos centauros viviendo en paz con las demás especies de la Mancomunidad, pero lo hacían apartados, casi marginados del resto de la sociedad por ser considerados de poca confianza. A pesar de los años transcurridos, y de que durante los años previos a la Guerra Crepuscular los centauros habían abandonado en su mayor parte los ataques a los tauren, finalmente fueron estos últimos los que terminarían vengándose de ellos por los años -por no decir siglos o hasta milenios- de persecuciones, saqueos y masacres, marginándolos del resto del mundo.

El tiempo cura todas las heridas y males, pero no siempre lo hace pronto… y el rencor de los tauren hacia los ahora reducidos y marginados centauros era uno de ellos.

  • No estoy seguro de ello, pero los centauros atacan nuestra aldea y otras vecinas cada tantas semanas, llevándose a unos pocos de los nuestros, y desaparecen sin dejar rastro. No estamos en condiciones de luchar, y disponemos de pocas armas en el dirigible. –el jefe orco se detuvo un momento para beber un trago de agua de un cuenco de madera; luego continuó– He llegado a hablar con los líderes de otras aldeas, y todas dicen lo mismo: tras llevarse a algunos prisioneros, los centauros huyen en dirección a Bael Modan. Ninguno de los orcos que ha sido raptado por los centauros ha sido vuelto a ver.
  • ¿Qué?
  • Ustedes no están siendo masacrados, jefe. –aclaró Powaq con una sensación de asco– están siendo cosechados. Si esos centauros son tan fuertes como dice, todos ustedes deberían de estar muertos.
  • Lo que dices es sumamente aterrador, joven tauren. ¿Tienes alguna prueba?
  • Odio decirlo, pero Powaq tiene razón. –habló Okrorio esta vez; Koya se limitó a asentir para demostrar que estaba de acuerdo con su hermano– El hecho de que los asaltos de los centauros sean periódicos y ustedes sigan viviendo aquí es prueba suficiente de que están siendo cosechados.
  • ¿Estás diciendo que esas bestias nos tratan como ganado? –insinuó el orco alzando ligeramente la voz– Con más razón, deberías de abandonar tu misión, guerrero.
  • No pienso abandonar mi misión: iré a Bael Modan, y aplastaré algunas cabezas.
  • Mmm…

En eso se escucha algo parecido a un trueno en la lejanía, que a medida pasan los segundos, se aclara aún más hasta parecerse más a una estampida acercándose. Algunos de los hombres de la aldea comenzaron a llamar al resto de los aldeanos; pronto comenzó a oírse un gran alboroto: objetos que se esparcían o caían, mujeres y niños gritando, algunas explosiones y unos sonidos guturales indescifrables. Los mellizos salieron junto a Okrorio y el jefe orco sólo para confirmar sus peores temores: los centauros estaban atacándolos.

Su aspecto era algo diferente a lo que recordaban las viejas historias tauren: los centauros casi no usaban ropa, limitándose a lo básico, así como algún que otro brazalete o cinturón; estos centauros iban cubiertos con túnicas y hombreras de cuero, dejando ver sólo los cascos de sus patas, sus manos y a duras penas sus ojos. En sus manos, portaban únicamente látigos de cuero y unas cuerdas con tres bolas de piedra en los extremos, lo que era sumamente extraño: los centauros solían utilizar lanzas, hachas o arcos con flechas para atacar -al menos eso decían las historias- ¿Por qué usaban esas armas que parecían tan poco letales?

Terminarían descubriéndolo más pronto de lo que pensaban: los centauros arrojaban esas extrañas bolas de piedra hacia las piernas de lo orcos, de manera a que las cuerdas quedaran enredadas en las piernas de su presa y les sea imposible moverse. Capturada la presa, los centauros se lo llevaban cargándola a sus espaldas, con un destino desconocido; lo peor era que entre las presas había algunos niños y una orca embarazada.

Si los hermanos Qatsi no cabían en su asombro, mucho menos Okrorio, al ser testigo de cómo la otrora orgullosa y valiente especie orca quedaba reducida a mero ganado de centauro.

Un par de centauros los vieron, y arrojaron dos de sus boleadoras hacia ellos; Okrorio y Koya lograron esquivarlas, pero Powaq quedó atrapado y cayó al suelo; incluso su habilidad de metamorfosis resultó inútil, pues no podía usarla mientras estuviese inmovilizado. Su hermano rápidamente corrió a defenderlo.

  • ¡¿Qué demonios haces?! –gritó el orco, mientras peleaba contra uno de los centauros con ayuda de su hacha– ¡Acaba con ellos!
  • ¡No pienso dejar que se lo lleven!
  • ¡¿Y dejarás que se lleven a los demás?!
  • ¡¡Cadena de Relámpagos!!

Su ataque hubiera detenido, o incluso acabado con los centauros, pero los rayos fueron curiosamente atraídos hacia uno de ellos, que a juzgar por su aspecto, debía ser una centáuride. Eso hizo sospechar a Koya que se tratase de una shamán, pues era normal que las hembras emplearan magia de cualquier tipo; sin embargo, mientras la centáuride invocaba su ataque, Koya juró haber visto un brillo metálico inusual en sus manos.

La centáuride creó una bola de electricidad bastante grande y la lanzó hacia el orco; este pensaba esquivarla cuando repentinamente esta esfera de electricidad estalló, causando un resplandor enceguecedor y un efecto adormecedor a toco el que lo viera. Tanto Okrorio como los mellizos, y el resto de los aldeanos quedaron dormidos.

Minutos después, toda la aldea despertó, entre ellos, Okrorio y Koyaanisqatsi. Apenas pudieron reaccionar, se prepararon para combatir nuevamente; pero se dieron cuenta que los centauros ya estaban retirándose. ¿Por qué su ataque fue tan breve? ¿Y por qué seguían vivos? Como descubrirían pronto, los centauros tuvieron éxito en su ataque, llevándose a varios de los aldeanos, entre ellos, a los niños que habían hablado con Powaq, y a él mismo. Los llantos de sus madres y de los hombres heridos que intentaron defender a los suyos resonaban en toda la aldea; algunas tiendas ardían en llamas, levantando columnas de humo.

Koya mismo no se lo podía creer: habían raptado a su hermano sin haber podido detenerlo. Sin perder tiempo en lamentarse, e ignorando la precaución anterior, metió a su kodo y al de su hermano en su Gnoblin 5000 y sacó su motocicleta enfrente de toda la aldea, causando un gran asombro que terminaría ignorando.

  • ¿Adónde vas? –le preguntó Okrorio al ver que montaba el aparato– ¿Y por qué demonios no dijiste que tenías una de estas?
  • No hagas preguntas estúpidas, orco. Sabes a donde voy.
  • Lo sé. ¿Pero te crees capaz de darles batalla a todos ellos?
  • Si piensas ayudarme, cierra la boca y súbete; no pienso perder más tiempo.

Ignorando las súplicas de los orcos heridos, así como las súplicas de traer a sus congéneres de regreso, Koya arrancó la motocicleta y junto con Okrorio en el sidecar partieron a toda velocidad hacia la dirección de Bael Modan, siguiendo las huellas que los centauros habían dejado sus huellas en el árido suelo. El camino fue largo y solitario, sin hallar algún animal salvaje u otra criatura espeluznante, pero tampoco hallaron a los centauros: aún con los minutos de ventaja que tuvieron al huir, era muy extraño que con ayuda de la motocicleta no pudieran alcanzarlos.

Pasó una hora, y no había rastro de ellos; sólo la vista de la montaña donde se ubicaba la fortaleza brindaba algo de tranquilidad. Sin embargo, una visión al frente los obligó detenerse.

  • Maldita sea… ¿Aquí también?
  • Las megatermes deben de tener varias colonias en los Baldíos.
  • Dijiste que esos insectos comen cualquier cosa que se les cruce en el camino, ¿No? -–Okrorio asintió silenciosamente– Algo me dice que ya descubrimos por qué esos centauros andan “cosechando” gente.
  • Tenemos que cruzar los respiraderos con cuidado; si golpeamos sólo uno, los soldados saldrán a atacarnos.
  • No tenemos otro remedio.

Koya se vio obligado a regresar la motocicleta a su dispositivo y a cruzar junto con Okrorio el “bosque de respiraderos” de la colonia subterránea de megatermes. Según Okrorio, las megatermes eran insectos sumamente voraces y peligrosos, con sentidos muy agudos, por lo que era más recomendable ser silencioso y sutil al cruzar cualquiera de sus colonias.

  • Pero sería capaz de matar a todo el termitero tan solo con mi Filo Tormenta, tan solo usando mi Taunt contra todas las megatermes, y girando con mi hacha, podría destruirlas.
  • Tranquilo, grandote –dándole unas burlonas palmadas en la espalda– No destruyas el mundo. Mejor dinos como salir de aquí con cuidado.
  • Solo aléjate de los respiraderos, y no hagas ningú… –en eso, comienza a escucharse un sonido de estática, casi mecánico, proveniente de la pulsera de Koya– …ruido. ¿Qué demonios acabo de decir? –masculló el orco lo más bajo que pudo
  • ¿¿Hola?? ¿¿Koyaanisqatsi?? ¿Estás ahí?
  • ¡Hermano!
  • ¡¿Qué parte de no hagas ruido no entiendes?!
  • ¡Es mi hermano!
  • ¡Enhorabuena se le ocurre llamarte! –masculló nuevamente– Salgamos de aquí pronto; puedo acabar con las megatermes pero preferiría no hacerlo: odio a los bichos.

Con mucho sigilo -y además de suerte- ambos abandonaron los respiraderos y se refugiaron en unas rocas cercanas, donde podrían estar más seguros. Allí Koya acercó el dispositivo a su rostro para poder oír mejor.

  • Powaq, ¿Eres tú?
  • Claro que soy yo. ¿Esperabas que los centauros supieran usar un aparato tan complicado?
  • No es eso cabeza hueca; me refería a si estás bien.
  • Por supuesto que estoy bien. Sé cuidarme, que no se te olvide.
  • ¡Pero te capturaron!
  • Eh… No, no me capturaron: yo me dejé capturar.
  • ¿¿QUÉ TU QUÉ?? –exclamaron ambos
  • ¿En verdad creían que capturar a un druida capaz de convertirse en varias plantas y animales sería tan fácil? Oh, vaya: me ha decepcionado su sapiencia.
  • Deja de presumir y dinos que pasó.
  • Está bien, Koya. –se aclaró la garganta– Dejé que me capturaran y me hice el dormido; cuando lanzaron ese destello de luz, sentí que los centauros me cargaban y corrían a toda velocidad. Les seguí el juego por muchas horas, hasta que me percaté que disminuyeron la velocidad; fue entonces que vi los respiraderos y comprendí el por qué. Espero que los hayan podido pasar.
  • Tuvimos mucha suerte, sí. –dijo Okrorio, tragándose algunas de las cosas que quería decirle
  • Luego de cruzar los respiraderos, continuaron corriendo a toda velocidad, hasta que llegaron a su destino. El jefe de la aldea tenía razón: se reúnen en Bael Modan.
  • ¿Estás ahí en este momento? –preguntó el orco
  • Estoy fuera de la fortaleza, junto a unas viejas máquinas excavadoras cerca de la cantera arqueológica. Hay una pequeña arboleda con un enorme baobab cerca de donde estoy: allí los esperaré.
  • ¡Espera! ¿Cómo escapaste?
  • Cuando lleguen le daré los detalles.

La comunicación se cortó, dejando a Koya y a Okrorio anonadados, preguntándose en qué estaba pensando Powaqqatsi en este momento; por ahora, no tenían más remedio que seguir sus indicaciones al pie de la letra. Subieron nuevamente a la motocicleta y retomaron la marcha.

 

Continuará…..

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!