
En una nueva entrada de la seccion “Diario del Aventurero”, en esta oportunidad tenemos al muy orgulloso miembro de la Horda Zedetnik en donde nos relata sus comienzos en el juego, el descubrir que pegarle a personajes con una calavera en su cuadro es malo para la salud y su parecer de los caballeros de la muerte.
Recuerda que si tienes un relato divertido, una batalla épica que contar o como comenzaste en el juego nos puedes enviar tu historia a sergan@pastandoenmulgore.com y la publicaremos.
“Soy leal a la Horda. Orgullosamente. Entregué mi alma, mi sangre y mi mente libremente. Soy un mero engranaje dentro de una maquinaria gigantesca. Soy un instrumento mortal en manos de mi Jefe de Guerra. Quien se oponga a la Horda ha marcado ya su destino. ¡Solo sabrá de mi hacha rebanando su garganta! ¡¡De mis carcajadas mientras le arranco el corazón!!” - Zedetnik, chamán Tauren.
JAMÁS he utilizado un personaje de la Alianza y JAMÁS lo haré. Llámenme cerrado, necio o intolerante, pero yo odio a la Alianza casi tanto como odio despertarme desvelado por las mañanas para ir al trabajo. Y me siento feliz de odiar a mis enemigos.
Con mi chamán, Zedetnik, llevo jugando dos años, aunque me parece poco tiempo realmente.
Yo comencé a jugar WORLD OF WARCRAFT en su tercera expensión, “Wrath of the Lich King”. La primera vez que lo inicié y vi la introducción de los tauren, me sonreí al ver tantos elementos del folclore indoamericano, del cual soy fanático. Se puede decir que dos de mis mejores amigos casi me obligaron a jugar, pues yo estaba reacio a hacerlo, además que no tenía tanto tiempo para jugarlo, si acaso unas 2 o 3 horas al día. Pues bien, a las pocas horas en ese maratónico primer día, ya era nivel 20. A los 3 días ya era nivel 40. A los 7 días era nivel 80.
Fui aprendiendo a conocer el juego. A interactuar con los jugadores. A aprenderme de memoria los conceptos que yo no entendía y que más de una ocasión me hicieron llegar mensajes susurrados con “n00b” en ellos, aunque he de reconocer que hubo otras personas que se tomaron la molestia de explicarme para qué era esa barra azul debajo de mi personaje… También fui aprendiendo a CONOCER las capacidades de mi personaje. Yo ya sabía que Warcraft era de misiones, pero un chamán lanzándose como un guerrero con la barra de maná siempre al tope por no usar sus habilidades a más de uno dejó atónito y moviendo la cabeza de un lado a otro. Igual me pasó cuando entré a Sima Ígnea y vi los retratos con un dragón dorado en ellos pensando “Qué buen adorno, se ve genial”. Yo no sabía que significaba ese dragón y a los 10 segundos era un cadáver pudriéndose en el suelo.
Aprendí de las profesiones: que para desollar necesitas un cuchillo y para minar necesitas un pico. Que la herrería te pone los nervios de punta cuando llegas a las armaduras de mitril y de torio. Que la casa de subasta es un descarado robo institucionalizado, pero muy, muy eficaz. Y que las profesiones secundarias (esas que a pocos parece importarle) te ayudan horrores en conseguir materiales, oro y otras frikadas. Sobre todo, la pesca. Un buen pescador puede peinar una zona llena de desperdicios flotantes y, después de sacar lo aprovechable de los cobres y vender lo que no sirve, maldecir al responsable de hacer del mar un basurero. Y qué decir de la cocina… el único título que vale la pena en WoW es el de “Jefe de Cocina”.
Mi raza favorita, como ya mencioné, son los Tauren: nobles, estoicos y feroces, la raza más espiritual y equilibrada con el mundo. Mi clase favorita de ellos son los chamanes: instruidos, reverenciados… pero sobre todo, letales, lanzando toda la furia de los elementos sobre tu incauto ser. Sin embargo, aprendí que para poder facilitarte la vida en el juego, puedes sacar “esa” otra clase especial.
Me refiero, por supuesto, a los Caballeros de la Muerte.
Tener un Caballero de la Muerte te da muchas, muchas ventajas. Y te genera muchos, muchos conflictos.
La primera de las ventajas es el nivel en el que inicias, pues en realidad comienzas tu aventura en el mundo de Warcraft aproximadamente en el nivel 66, cuando llegas ante Thrall y juras servir a la Horda como otra pieza en el tablero, un tablero que él mueve con mucha cautela… y brutalidad. Vas con un armamento bien intencionado, sabiendo ya las rutas de vuelo y como moverte entre continentes y sin zonas realmente “difíciles” en Kalimdor o Reinos del Este. ¿Profesiones? Sin problema, bien puedes escoger la que desees y empezar a recoger una cantidad de materiales sin problema alguno. No gastas en equitación, tienes una montura rápida para explorar (de nuevo) todos esos lugares que ya antes habías recorrido en tu afán de ser el mejor del servidor.
El conflicto viene con los logros, reputaciones y leveo. Las misiones que verdaderamente necesitas hacer están muy lejos. Tu pestaña de facciones mostrará más de un NEUTRAL, después del esmero que pusiste para subir con las facciones goblin o con los Señores de Agua de Hydraxis. ¿Embajador de la Horda? Pues a hacer misiones se ha dicho, porque las tienes apenas en “Amistoso”… y ya de por sí todos te miran feo por tu pasado, y más de un habitante de las ciudades capitales hablará de ti con palabras no muy amables.
Pero viéndolo en perspectiva, así es como tiene que ser la no-vida de un Caballero de la Muerte: ser un monstruo entre fenómenos. Así es la vida en el World of Warcraft: dura, difícil, sanguinaria y siempre, siempre lanzándote a encontrar nuevas formas de sobrevivir.
Y como Horda, esa es tu obligación…
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Y yo soy de las que nunca se haria un Caballero de la Muerte.
>.<
Yo tengo pocos recuerdos de mis inicios en el WoW, la verdad. Es decir, sí tengo algunos pero son muy muy concretos.
De lo que sí te puedo decir es que, aunque ahora por desgracia soy Alianza, llevo ropa interior con el logo de la Horda *guiño guiño*
Y llevo intentando subir un DK al 85 desde hace 3 años. Siempre lo empiezo y se me pudre al lvl 68-70… no puedo con ellos.
entonces, si tu corazón(o tu ropa interior) te pide ser de la horda, que haces en la alianza? :S
Oh, vaya :$ gracias por publicarlo.