Relatos de Azeroth | Fallout – La Cueva – Parte 3

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Asi es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

 

Capítulo 3: La Cueva

Koya caminó hacia el estanque, desviando la mirada hacia cada rincón que hiciera aflorar algún recuerdo de su amiga y de los buenos momentos que pasó con ella -que en efecto, ocurrieron-: el pequeño prado donde charlaban, los arbustos donde se escondían, el añoso árbol donde jugaban sehnet. El último recuerdo era el de ellos junto al lago: él siempre proponía ir a nadar al estanque, pero Keena siempre se negaba a entrar al agua. Nunca supo el por qué; cuando tuvo aquella charla con su padre comenzó a figurarse una idea, que ahora entendió había concretado en su niñez y había decidido sepultarla: de ahí todo intento de mantenerse alejado del estanque la mayor parte de su vida… hasta ahora. Esa noche, hallaría las respuestas que buscaba.

Las nubes cruzaban el firmamento, ocultando las dos lunas llenas, y sumergiendo todo en la penumbra. Koya siguió caminando pese a ello sin tropezar hasta llegar a la orilla del estanque; se podían oír el canto de los grillos y el aullido de las fieras en la lejanía. Incluso se oían leves crujidos muy cerca de donde estaba. -tal vez sean algunos animales pisando ramitas en el suelo, pensó- mas el sonido más llamativo -si es que en verdad lo escuchaba- era la voz de Keena que lo estaba llamando.

Ya en la orilla, Koyaanisqatsi se quitó su camiseta y dio un resoplido antes de entrar al agua; seguía albergando dudas, y una vez más su consciencia le decía que era pésima idea el meterse al agua. Koya imaginó que le gritaba a esa vocesita y la hacía callar.

  • Acabemos con esto, Keena.

Se tiró al agua y comenzó a nadar: como era un shamán, tenía la capacidad de respirar bajo el agua por un tiempo limitado con la ayuda de un hechizo, así que no debía preocuparse mucho por el aire. A pesar de la oscuridad, era posible distinguir algunas cosas bajo el agua, como las plantas, las rocas y algún que otro pez nadando por allí; un rápido movimiento del agua llamó la atención de Koya, mas continuó buscando.

La enigmática amiga de su infancia continuaba llamándolo, como si deseara que la encontrara en algún lugar en el interior de ese cuerpo de agua. ¿Por qué estaría allí y a semejantes horas de la noche? Él, por supuesto, ya lo sabía. Las nubes que cubrían las dos lunas se retiraron, brindando algo de luz a las profundidades del estanque, factor que Koya aprovechó para acelerar su búsqueda; poco después de relanzar su hechizo, vio algo extraño junto a unas rocas: algo cubierto de plantas acuáticas pero que no parecía ser un tronco hundido o una roca. De allí parecían venir los llamados de su amiga.

Pero cuando estaba a pocos metros de ese objeto extraño…

  • ¡¡KOYAANISQATSI, DETRÁS DE TI!!

El joven shamán apenas tuvo tiempo de reaccionar como para esquivar una lanza que se encastró en las rocas -en lugar de su cuerpo, de no haber sido advertido- Fue entonces que Koya vio a una silueta oscura moviéndose entre las plantas acuáticas… y luego otras dos que le lanzaron otras lanzas. Cuando quedaron al descubierto, el tauren quedó alarmado: eran guerreros miembros de los Tótem Siniestro armados con más lanzas y espadas de hoja corta enfundados en sus cinturones; sus miradas era de puro odio, como decían los relatos que le contaban a los tauren de la Mancomunidad desde niños, muy diferentes de sus parientes más cercanos, los Tótem Nocturno, que se habían cambiado de nombre al jurarle lealtad a Baine y a la Horda.

Uno de ellos arrojó una red para capturarlo y dejarlo sin aire, pero Koya la destruyó con un golpe de su Choque Ígneo; eso debió alarmar a los Tótem Siniestro, pues no esperarían que su enemigo fuera un shamán. Eso no evitó que una de las guerreras lo emboscara por la espalda y le brindara una puñalada en el vientre para desangrarlo; cuando estaba a punto de darle otro golpe, Koya la tomó del brazo y la arrojó contra sus compañeros: la sangre brotaba considerablemente de la herida, pero no era serio: un poco de su Ola de Sanación lo resolvería… después de encargarse de ellos.

  • Cometieron un grave error… –gruño tras ver su herida aun sangrante– ¡¡Cadena de Relámpagos!!

Furiosas descargas eléctricas salieron de las manos del joven shamán entrelazando a sus tres agresores en una mortal cadena eléctrica, que sumado al hecho que se encontraban bajo el agua, resultó terriblemente fatal para ellos, pues al estar desprotegidos o no poseer inmunidad a los elementos -como lo estaría un shamán- murieron calcinados en poco tiempo. Koya vio como los cuerpos flotaban hacia la superficie y decidió emerger también: hallar tres cadáveres de los Tótem Siniestro no era nada agradable.

Apenas salió del agua, se preparó para curar sus heridas, pero el sonido metálico de una hoja lo hizo reaccionar, rodando al suelo: un hacha sumamente afilada se hincó en el suelo, muy cerca de su cabeza. Al mirar hacia la dirección de donde salió disparada el hacha, vio a otra guerrera Tótem Siniestro, acompañado de otro guerrero y otro de su tribu, que al juzgar por su vestimenta, parecía ser un shamán. La tauren, con un enorme mazo de madera cubierto de grabados e inscripciones en la mano, miró hacia el agua a sus compañeros caídos y luego desvió su mirada de furia hacia Koyaanisqatsi.

  • ¡¡LOS MATASTE!! ¡¡MATASTE A MIS HERMANOS!!
  • Mira c…como me arrepiento… –se burló, manteniendo su mano cerca de la herida
  • ¡¡Vas a morir, Cazacielo!!
  • ¡¡Primero tú, maldita!! ¡¡Choq…!
  • ¡¡Choque de Viento!!

El ataque del shamán Tótem Siniestro anuló el golpe que Koya iba a darle a la guerrera; esta no detuvo su ataque, golpeando al joven tauren en el estómago, aturdiéndolo por completo, haciéndolo caer al suelo y escupir sangre. La tauren, acompañada por el otro guerrero, siguió golpeando a Koya con el mazo por los costados de manera a evitar que haga movimiento alguno con sus poderes.

Cuando Koya se hallaba casi inmovilizado, el shamán usó sus poderes para aprisionarlo en unas raíces, y ordenó a los guerreros que se detuvieran.

  • Muerto no nos servirá de nada.
  • Es un Cazacielo –respondió el guerrero de pelaje azabache– Merece ser exterminado.
  • Capaz –asintió el shamán, mientras daba unos pasos hacia Koya– Pero también es uno de los “afortunados” poseedores de un maravilloso don, ¿No es verdad? –preguntó mientras acariciaba la mandíbula de Koya como si se tratara de una pieza de ganado; éste se limitaba a gruñir de rabia– Tú sabes a qué me refiero, ¿No? Eres muy especial, muchacho: posees algo que tal vez no merezcas.
  • Púdrete.
  • Arrogante… como todos los jóvenes de hoy. Que novedad. –miró a sus acompañantes, a quienes les dio unas curiosas piezas de metal– Espósenlo con estos brazaletes especiales para que no pueda usar sus poderes: nos lo llevamos.
  • Sí.

Mientras las raíces se retiraban, dejando tirado a Koya, éste buscaba la manera de escapar de aquellos monstruos, pero se hallaba seriamente lastimado y apenas podía mantenerse de pie. ¿Cómo oponer resistencia?

  • Yo conozco a alguien que puede ayudarte. oyó decir a alguien en su mente
  • ¿Keena? ¿Eres tú?
  • Si, Koya. Soy yo.
  • ¿Puedes ayudarme? Yo… yo tengo miedo. No sé de qué serán capaces estos maniáticos.
  • Perdón, pero no tengo la capacidad de hacerlo… Pero sé de alguien que si… si se lo permites.
  • ¿Quién es?
  • No quiere que te lo diga: dice que te lo dirá en su momento. No queda mucho tiempo, Koya. ¿Aceptarás su ayuda?
  • Si es capaz de librarme de esto… Acepto. Tiene mi permiso.
  • Muy bien: haz lo que creas necesario.

Nunca supo exactamente qué pasó luego, pero de alguna forma, reunió la fuerza necesaria para librarse de sus captores y arrojarlos contra los árboles; y a pesar de sus heridas, fue capaz de mantenerse de pie como si nada. El shamán miraba aterrado al joven tauren, puesto de pie cuando debería de estar de rodillas y con poca fuerza a causa de los ataques de sus guerreros: los ojos de Koya brillaban en un tono azul fulgurante y sumamente amenazante.

La guerrera lanzó su mazo contra Koya, y este, con un Choque Ígneo, lo volvió cenizas.

  • Por la Madre Tierra… –se lamentaba el shaman Tótem Siniestro– ¿Con que nos hemos metido?
  • Ustedes no salen de aquí con vida. –gruñó Koya con un tono ligeramente metálico en su voz– Eso se los juro.
  • ¡¡No somos ningunos cobardes, asqueroso Cazacielo!! -gritó enfurecido el guerrero con mazo en mano– ¡¡SERÁS MIO!!
  • ¡¡NO, ESPERA!!
  • ¡¡Choque Ígneo!!

De nada sirvió la advertencia del shamán: el guerrero fue envuelto en llamas por completo. Aun estando vivo, y aullando de dolor, corrió hacia el estanque para apagar las llamas; pero Koya no perdió tiempo y lo atacó con su Ráfaga de Lava: del guerrero tauren no quedaba nada más que un montón de roca fundida mezclada con astillas de hueso y metal fundido de su arma.

El shamán Tótem Siniestro quedó petrificado; en un último intento por detenerlo, se preparó para atacarlo con otro golpe de viento, pero Koya actuó más rápido y lo inmovilizó con unas raíces estranguladoras: las mismas que el shamán había utilizado contra él, excepto que en esta ocasión, oprimían con más fuerza a su enemigo. El Tótem Siniestro había sido criado con la idea de que las demás tribus tauren eran sus enemigas, y que a pesar de ello, dudarían de exterminar la suya: si bien Baine pasó por momentos en que perseguía a los Tótem Siniestro, nunca pensó en su exterminio.

Este joven shaman sin embargo era diferente: el viejo tauren sabía que era un Cazacielo, así que no le extrañó mucho que las raíces oprimieran con tal fuerza al punto de no solo inmovilizarlo, sino de asfixiarlo. Koya se acercó al viejo shamán hasta tenerlo frente a frente.

  • No me interesa para qué me necesitaban o como sabían de mi condición, ni quiero saberlo: son cosas de su asquerosa tribu de asesinos. Pero como dije: ustedes no van a salir de aquí con vida. Y nunca rompo un juramento.
  • ¿D…de que tt…te sirve matarme? A…al final, tu só…sólo actuarás como no…nosotros.
  • ¿Acaso intentas pedir misericordia, viejo insolente? –le respondió, reprimiendo aún más las raíces– Deja de hacer perder mi tiempo; esa psicología inversa barata no te servirá de nada.
  • ¿C…Crees que cc…con matarme… impedirás que otros de los míos regres…en? Seguirán vi… niendo.
  • Y seguirán matando… –señaló Koya con frialdad, dándole la espalda– Sé algo de su tribu: no toleran a los cobardes ni a los perdedores. –desvió la vista hacia él– Supongo que… tampoco valdría la pena dejarte ir para advertirles de no volver nunca más a este sitio: sería un desperdicio.

Koya aflojó las raíces y dejó libre al viejo shamán, que apenas podía mantenerse de pie a causa de la fuerza con la las raíces lo habían atrapado. Era verdad que si regresaba a su tribu solo y les contaba lo sucedido, lo matarían; si intentaba atacar a este joven tauren, probablemente lo mataría. ¿Se aprovecharía de la aparente bondad del Cazacielo por dejarlo libre y regresaría junto a su tribu o bien a buscar algún refugio? Era su única alternativa.

Sin embargo, justo cuando se preparaba para huir, sintió una opresión en el cuello y su espalda humedecida; por el rabillo del ojo podía ver a Koyaanisqatsi sujetándolo fuertemente contra su cuerpo y con las manos en su cuello. Sentía que la respiración se le escapaba de los pulmones.

  • P…per…
  • Yo nunca dije que te dejaría ir.

Con su simple movimiento, rompió el cuello del Tótem Siniestro, matándolo casi al instante; el cuerpo inerte quedó tendido en el suelo por pocos segundos, tras los cuales, Koya lo incineró con sus poderes: lo que menos quería era dejar rastro de ellos. Sabía que había cometido un crimen, pero de haberlos dejado ir, era probable que hubieran vuelto a matar a otro inocente. Tras dejar el cadáver hecho cenizas, se puso de rodillas y tomó algo de aire: estaba cansado, y tenía deseos de regresar a casa. Sin embargo, aun debía solucionar un asunto.

Usó su Ola de Sanación consigo mismo para curarse las heridas; una vez recuperado, se sumergió nuevamente al agua en busca de aquel extraño bulto cubierto de plantas acuáticas que había llamado su atención. Gracias a que las nubes se habían disipado, no tardó en encontrarlo: cuando lo tocó, sintió que era sumamente frágil, por lo que tomo extrema precaución al sacarlo del su sitio y llevarlo hasta la superficie.

Una vez en la orilla, retiró con sumo cuidado las plantas que lo cubrían: al dejarlo desprovisto de su cubierta vegetal, quedó horrorizado: la luz de las dos lunas bañaban los restos óseos de un pequeño tauren que a juzgar por la vegetación que lo había envuelto y el deterioro de los huesos, llevaba varios años allí. ¿Cuánto tiempo realmente? ¿Tal vez incluso antes de que naciera? Koya no era experto en esos asuntos, y menos en identificar los cuerpos, mas no era necesario: ya sabía quién era.

  • Gracias por encontrarme, Koyaanisqatsi.
  • Keena –respondió sombríamente tras voltear a verla: ella estaba allí, como la recordaba en su infancia; sólo que su expresión era más melancólica y su vestido estaba descolorido– Esa eres tú, ¿No es verdad? –señalando el esqueleto; la niña asintió con mucha pena– Ahora lo entiendo… Eres un espíritu ¿Pero por qué?
  • No… no podía decírtelo. –Keena comenzó a llorar– ¿Cómo decirle a la única persona con la que has hablado por años desde… “eso” que estás muerta?
  • Por eso jamás vi a tus padres, ni llegaste a mencionarlos. Y por eso nadie más podía verte… Excepto yo.
  • Ya casi nadie le presta atención a los espíritus, Koya. Son tiempos difíciles para el mundo y hay pocos que tengan la habilidad de comunicarse con ellos.
  • Entiendo… ¿Y cómo fue que acabaste… así?
  • Estaba jugando sola en este lugar, lejos de mis padres. Decidí tomar un baño en el estanque, y entonces… –dejó caer su vestido desteñido, mostrando su pequeño cuerpo infantil cubierto con un traje de baño: Koya advirtió una profunda cicatriz en el vientre y otra en el cuello: ahora entendía por qué nunca se quitaba ese vestido– Los Tótem Siniestro me atraparon y me hicieron eso –dijo con la cabeza baja– Son muy malos, ¿Qué les hice para que me hayan hecho eso?
  • Ellos son así: malvados. –dijo Koya en un intento por calmarla; sin previo aviso, la abrazó y comenzó a llorar– Lo siento, Keena… Lo siento. Nunca debí… haberte dejado sola: tenía miedo, mis padres no sabían que hacer… y yo… yo quedé más confundido aun. Renegué de ti por muchos años: Debes de odiarme.
  • Yo nunca te odiaría: eres mi amigo, Koyaanisqatsi. –Keena tocó la mano de KOya con su mano espectral– Y me alegro de haberte conocido.
  • Lamento mucho lo que te pasó: nadie merece un destino así. Y lamento mucho que hayas tenido que ver… esto. –refiriéndose a la matanza de los Tótem Siniestro
  • Hiciste lo que creías conveniente, y te perdono. Ahora, debo irme: gracias a ti, podré estar más tranquila. Pero primero, hay una cosa que quiero darte, Koya: busca bajo el árbol donde jugábamos por favor.

Koya rompió el abrazo y corrió de inmediato al gran árbol donde solían reunirse para jugar años atrás y buscó entre los arbustos cercanos. Cuál sería su sorpresa cuando encontró una diminuta cajita dorada con tonos verdes y azules: era la caja del juego de sehnet de Keena, con la cual jugaba y Koya había aprendido el juego; claro que con los años de abandono se había desteñido un poco y cubierto de musgo y líquenes, pero el interior estaba intacto, tal y como pudo comprobar al abrirlo. Todas las piezas estaban ahí, como si los años no significaran nada para ellas.

  • Lo dejé ahí antes de entrar al agua –dijo Keena tras colocarse al lado de Koya– Siempre lo traía aquí para poder jugar con otros niños, pero pocos venían por esta zona. Quiero regalártelo, Koya, como sello de nuestra amistad.
  • ¿Estás segura?
  • Yo ya no lo necesito, y sé que tú lo mereces. Sólo te pido que no te olvides de mí, y no cambies nunca.
  • Te lo prometo, Keena… y esta vez, no romperé mi promesa.

Inexplicablemente, el bosque desapareció, dejando a Koya y a Keena solos en la completa oscuridad.

  • Hay una cosa más que debo decirte: así como hay espíritus buenos como el que te ayudó a liberarte, hay espíritus malos, Koya. Debes tener mucho cuidado.
  • ¿A qué te refieres?
  • Tu don es más preciado de lo que crees, pero eso también te hace vulnerable. Cuídate por favor, Koyaaanisqatsi. En un futuro cercano, ese espíritu bueno te lo dirá todo.

Eso fue todo: Keena desapareció, dejando a Koya completamente solo. Y sin embargo, se sentía mucho más tranquilo consigo mismo. Ahora comprendía gran parte de lo que estaba pasando. Sólo quedaba despertar.

 

Los ojos le pesaban en sobremanera; costó mucho abrirlos a pesar de que seguía estando oscuro. Cuando lo logró, sintió el pálido resplandor de una fogata y el suave aroma de unas hierbas especiales inundando el aire; luego distinguió las facciones de su hermano, permaneciendo a su lado en estado de alerta. Al sentir sus fuerzas ya renovadas y libres de cansancio, su movimiento fue casi automático.

  • Koya, ¿Estás bien? El de los abrazos incómodos normalmente soy yo.
  • Perdóname, hermano. –dijo Koya sin soltarlo– Perdóname por todo lo que he hecho.
  • ¿Ser un miserable egoísta, fanfarrón, sabelotodo y desconfiado de su propia sangre?
  • Si, de eso y más: te prometo que te diré todo sobre lo que me está pasando. –comenzó a levantarse– Acompáñame por favor.
  • ¿Adonde?
  • Al interior de esta cueva: hay algo que debes ver.

Sin saber por qué lo llevaba, Powaq siguió a su hermano al interior de la cueva: cuando la oscuridad se hizo más profunda, Koya usó sus poderes para crear una pequeña llama en la palma de su mano que serviría de linterna. Mientras caminaba, Koya comenzó a hablar.

  • Dijiste que esta fue una cueva de jabaespines, ¿No? –Powaq respondió afirmativamente– ¿Y nunca te preguntaste que pasó con ellos?
  • Dicen que se extinguieron, pero nunca lograron confirmarlo del todo ya que nunca se atrevieron a venir por estos lares.
  • Exacto, y ahora lo confirmaremos… Al menos en parte.
  • ¿Esto tiene que ver con tus visiones, Koya?
  • Sí. Como te había dicho, yo pude ver el momento en que los jabaespines presenciaron el comienzo del Holocausto, pero no sólo vi eso: pude ver como lucharon por sobrevivir, recurriendo a los métodos más desesperados que pudieron.
  • ¿Y lo lograron? –en ese momento, Powaq sintió que una de sus pisadas rompió algo muy frágil– ¿Y eso?
  • Velo tú mismo.

Powaq se horrorizó: la llama de Koyaanisqatsi dio al descubierto un esqueleto de jabaespín; al parecer Powaq había pisado las costillas del mismo, haciéndolas pedazos con su pezuña. Los huesos estaban totalmente secos y se veían muy desgastados; un movimiento de la llama de Koya develó muchos esqueletos más en el suelo.

  • De aquí en más hallaremos muchos como estos: trata de no alarmarte.
  • Ya dejaste en claro que no sobrevivieron al Holocausto, ¿Qué otra cosa necesitas enseñarme?
  • El límite al que llegaron. Sígueme.

Ignorando los crujidos de los huesos al ser pisoteados, a pesar del cuidado que tenían al caminar, los mellizos continuaron caminando a través de la cueva. Koya en tanto, continuaba su relato.

  • Hicieron todo lo inimaginable: beber agua de sus reservas, alimentarse de cadáveres de la guerra, compartir sus provisiones. Llegado un punto, necesitaron salir en busca de comida y agua; pero la caza se volvió escasa, al punto que pasaban días sin comer, y llegado un punto, desapareció. Todos los animales o habían migrado o habían muerto a consecuencia de la radiación. Para empeorar las cosas, tuvieron que beber agua contaminada pues se hacía casi imposible conseguir agua limpia.
  • Eso es muy arriesgado: el agua contaminada de por sí habría matado a cientos; ni que decir de la comida contaminada o en descomposición.
  • Exacto: muchos se enfermaban y morían; los que quedaban vivos estaban muy débiles como para ser útiles. Eso era algo muy contrario a sus tradiciones, pero no tuvieron remedio más que tolerarlos… por el momento. Pero todo empeoró cuando llegó la Gran Helada.
  • ¿Te refieres al invierno nuclear posterior al Holocausto?
  • Si… Eso los condenó junto a sus tradiciones rígidas y su vida al margen de la civilización: ya no había raíces ni animales con los que alimentarse: sólo algunos mutantes como los necrocentauros, que eran -o son- una verdadera amenaza.
  • Imagino que su situación de verdad se recrudeció: sin agua, sin comida…
  • Te equivocas… –sentenció Koya– Ellos tenían una reserva de comida relativamente abundante pero de alto riesgo. Y cuando las cosas se pusieron peor, la utilizaron.
  • ¿Qué clase de comida?

Los mellizos llegaron a una gran cámara que estaba completamente a oscuras: apenas se podía ver algo: Koya invocó su tótem de fuego enfrente de ellos para dar algo de lumbre. La respuesta a la pregunta del joven druida no tardó en llegar.

  • Ellos.

La cámara quedaba iluminada en tonos ambarinos a causa del tótem de fuego, pero dejaba ver todos los detalles del interior: esqueletos desperdigados por doquier, así como lanzas, hachas, escudos, cuchillos, mazos, entre otras cosas; había señales de lucha por todas partes, así como salpicaduras de sangre tanto en el suelo como en las paredes. Pero la peor parte era una improvisada mesa, que en realidad era una piedra plana, donde había varios restos de jabaespines sin cabeza junto a una enorme hacha hincada en la roca con su hoja cubierta de sangre.

Powaq examinó algunos huesos esparcidos por el suelo: la gran mayoría tenían marcas de cortes producidos por un arma -sea cuchillo o hacha- y tenían marca de mordedoras, como el de un animal royendo el hueso hasta sacar el último rastro de carne. Al ver otro conjunto de huesos, quedó aún más horrorizado: eran huesos pequeños, como de infante. ¿Habrían sido capaces de…?

  • No tuvieron alternativa. –dijo Koya mientras miraba cada rincón de aquel viejo escenario de masacre– El hambre los llevó a la desesperación… y esta al canibalismo.
  • ¡¿Pero comerse a sus propios hijos?!
  • ¿Puedes culparlos? Mientras nuestros ancestros estaban felices en Feralas y las Planicies Esmeralda viviendo del bosque o cultivando su comida, los jabaespines sufrían por llevarse algo a la boca. No justifico lo que hicieron, pero tampoco se merecían sufrir de esa manera.
  • Se mataron entre ellos hasta el final, ¿Cierto?
  • Hasta que sólo quedaron unos pocos muy débiles para continuar. No duraron mucho: la muerte les llegaría poco después. No sé si hay jabaespines sobrevivientes, Powaq, pero si los demás llegaron a los mismos extremos, no dudaría en decir que se han extinguido.
  • Por la Madre Tierra… ¿Y eso quiere decir que otras sociedades al margen de la civilización como las arpías, los furloggs, los centauros, kobolds, murlocks y quien sabe que más podrán estar…?
  • De los malditos murlocks lo dudo… pero de los otros no me extrañaría.
  • Lo que no entiendo es lo de tus visiones. ¿Quién te las causó?
  • Fueron los jabaespines, Powaq: ellos me las mostraron.
  • ¿A qué te refieres? –su hermano se quedó un rato mirando hacia la pared, pensativo– ¿Koya?
  • Yo los veo, hermano: desde que vinimos aquí los he podido ver.
  • ¿Cómo?
  • Veo gente muerta, Powaqqatsi. –sentenció; su hermano druida alzó a ceja en señal de admiración– Yo puedo comunicarme con los espíritus de los muertos.

El druida se quedó de pie mirando a su hermano aun incrédulo. ¿Ese era su gran secreto? ¿El que tanto había mezquinado durante tanto tiempo?

  • ¿Es… Estás seguro de lo que dices?
  • Te digo la verdad, hermano. Soy capaz de ver a los espíritus de los fallecidos, y de comunicarme con ellos.
  • No soy un gran experto en shamanismo, pero… ¿Qué eso no era lo que hacen los shamanes como tú?
  • Ya no. Verás: desde hace tiempo que los shamanes de Azeroth se habían enfocado más en comunicarse y tratar con los espíritus elementales que con los de los muertos o antepasados. El Cataclismo de Alamuerte lo empeoró todo, enfocando todas las enseñanzas shamánicas en el trato a los elementales; aparte del temor que infundió el recuerdo de los nigromantes tras la guerra contra el Rey Exánime.
  • Y después con los avances y descubrimientos tecnológicos, la situación empeoró aún más
  • Exactamente: ya casi nadie tenía interés en comunicarse con los antepasados; a causa de ello, la habilidad de comunicarse con los muertos se volvió un don sumamente raro entre los mortales.
  • Un don que tú tienes. –dijo Powaq, soltando un suspiro– Papá debe de estar orgulloso.
  • Papá me dijo que no era el único en la Mancomunidad, pero que eran pocos los shamanes en todo Azeroth capaces de hacer lo que yo. Dice que debo de sentirme orgulloso, de estar agradecido con la Madre Tierra por este don.
  • No te ves muy contento por ello, hermano.
  • Para nada. –dio una pataleta al aire– Yo no pedí ser especial; sólo quería ser normal. ¿Es mucho pedir?
  • Lo siento, pero aquí concuerdo con papá: debes de sentirte agradecido por tener ese don. ¿Quién sabe? Tal vez tengas algún tipo de destino que se relacione con el futuro de Azeroth.
  • Oh, por favor, Powaqqatsi: no digas tonterías: no estamos en una de esas viejas películas de héroes de antaño. Es la vida real.
  • Lo sé, hermano: yo solo decía. –permaneció en silencio unos segundos– Entonces… Esa niña que veías de niño era…
  • Un espíritu: sí. Keena era una niña inocente que fue asesinada por los Tótem Siniestro –su hermano pareció estremecerse un poco: no era nada raro, pues el solo mencionar aquella tribu provocaba esa reacción en la mayoría de los tauren de hoy– La emboscaron en el agua cuando entró a nadar en ese estanque: la apuñalaron en el vientre y la degollaron, dejándola ahí en el fondo.
  • ¿Siempre lo supiste?
  • No… Sólo cuando papá fue a hablar conmigo a mi habitación me di cuenta de la verdad. Pero quise negarlo durante todos estos años porque tenía miedo de aceptar que una amiga mía era un alma en pena, o que yo tenía esos poderes: cuando veía a alguien que no debería de estar allí, yo desviaba la mirada y lo ignoraba.
  • Dabas la espalda a los espíritus.
  • Y a mí mismo: ese fue mi error. Crecí creyendo que Keena era una amiga imaginaria, con el recuerdo en mi subconsciente de que podría hacerme daño. Hace más o menos tres meses fui al estanque para hallar las respuestas. –optó por no mencionar a los Tótem Siniestro que lo acorralaron y que después mató; dudaba que su hermano lo comprendiera– Y lo hice: en el agua estaba su cuerpo; lo saqué de allí y lo dejé junto a la atalaya de unas Centinelas para que se encarguen de él.
  • Pero supongo que papá te dijo algo más, ¿No?
  • Él creía que Keena era un espíritu malvado: por eso no quería que volviera a tratar con ella, y lo obedecí. ¿Pero sabes? Descubrí que era en verdad mi amiga.
  • ¿Cómo?
  • Verás: cuando jugábamos, hubo ocasiones en que yo quería ir a nadar con ella en el estanque, pero siempre se negaba; es más, mostraba miedo de entrar al agua. Nunca supe el motivo, hasta que hallé sus restos bajo el agua: ella no quería que entrara al agua no sólo para evitar que descubriera que estaba muerta, sino para evitar que yo termine como ella.
  • ¡¿Quieres decir que había Tótem Siniestro rondando por allí a plena luz del día?! ¡Qué horror!
  • Es posible; nunca lo sabré. Pero sé que ella quiso mantenerme a salvo, y nada de lo que diga papá me hará cambiar de opinión.
  • Espero que estés en lo cierto, hermano. Ehm… ¿Podemos salir de aquí? Este lugar me da escalofríos.
  • Esperaba que lo dijeras: los jabaespines no paran de gruñirme para que nos vayamos.
  • ¿Nos harán daño?
  • Nah… Sólo quieren que nos larguemos de su tierra: incluso muertos son muy territoriales.

Los hermanos retomaron el camino hasta llegar al exterior de la cueva, donde comprobaron que las primeras luces del alba estaban llegando. Powaq guardó las cosas del campamento y sacó del Gnoblin 5000 su motocicleta con sidecar para retomar el viaje: iba a tomar el asiento del conductor, cuando su hermano lo detuvo.

  • No dormiste casi nada por cuidarme, hermano: yo conduciré; tú descansa un poco.
  • Descuida: no es nada que una buena taza de kafa caliente pueda remediar. –Koya se quedó ahí sin cambiar de parecer– Pero ya que eres tan amable, me tomaré una siestita. ¿Sabes conducir?
  • Claro; no es tan difícil –poniéndose el casco– Tú solo disfruta del viaje.
  • Koya… Los jabaespines… ¿Siguen ahí? ¿Observándonos?
  • Sí.

En efecto: cientos de jabaespines que solo Koya podía ver estaban en el exterior de la cueva, vigilándolos con una mirada de desprecio. Koya dejó de prestarles atención y arrancó el motor, deseando que los jabaespines por fin puedan descansar en paz. Mientras conducía, y con Powaq tomando su siesta en el sidecar, Koyaanisqatsi reflexionaba sobre si había hecho bien en omitirle a su hermano el hecho de haberse cruzado con miembros de los Tótem Siniestro y haberlos asesinado; dudaba que su hermano, tan compasivo y respetuoso de la vida, aceptara semejante crimen por más que fuera en defensa propia o por el bien de la comunidad. Decidió que se lo confesaría con el tiempo, pues no le parecía relevante por el momento.

Lo otro era sobre lo que Keena le había dicho antes de acabar su visión: que había buenos  malos espíritus tras él. ¿De quienes se trataba? ¿Llegaría a cruzarse con ellos de nuevo? Tal vez en Mulgore esté la respuesta.

 

Tras casi dos horas de cruzar un camino polvoriento rodeado de peñascos, los mellizos llegaron al límite de Horado Rajacieno: el camino pedregoso era sustituido por los resto de una carretera asfaltada con señales de desgaste a causa de los años de abandono. De seguro era una carretera secundaria que comunicaba a la Carretera Dorada.

Koya detuvo la motocicleta y bajó a investigar: cerca de allí había una vieja señal de carretera desgastada en la que se podían leer únicamente los destinos, pues las distancias estaban irreconocibles: “Nuevo Taurajo, Nueva Theramore, Pueblo Una’fe, Pueblo Pezuña Sangrienta, Mulgore, Ciudad Cruce, Trinquete”

El joven shamán fue junto a su hermano para despertarlo, lo cual se tomó su tiempo, pues Powaq en verdad necesitaba descansar.

  • ¿Qué sucede, hermano?
  • Llegamos, Powaqqatsi… –ambos hermanos contemplaron el paisaje desolado que se extendía ante ellos– La tierra de nuestros ancestros.
  • Los Baldíos.

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!