Relatos de Azeroth | Fallout – La Cueva – Parte 2

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Asi es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

 

Capítulo 3: La Cueva

Koyaanisqatsi miraba a su hermano con enfado: una vez más se había entrometido en s vida, y era evidente que Powaq lo sentía así -por eso se mostraba apenado-; en todo el camino de regreso a casa no dijo ni una sola palabra y se encerró en su habitación. Por su parte, Koya tuvo que quedarse con su madre a tener una conversación a solas.

  • Koya… ¿Pasa algo en la escuela?
  • ¿Qué?
  • ¿No tienes amigos?
  • ¡Claro que los tengo! Solo que… son… pocos.
  • Dime, ¿Te tratan bien?
  • Si, mamá… ¿Por qué tantas preguntas?
  • Porque me preocupa el hecho de que estés hablando solo.
  • ¡No hablaba solo! –gritó, como era de esperarse– ¡Estaba con una amiga!
  • Sé que eso es lo que piensas… Pero lo cierto es, que no había nadie más que tú en ese lugar: estas correteando y hablando completamente solo.
  • Mi amiga estaba ahí.
  • Si, lo sé…
  • ¿Crees que estoy loco? Eso es, ¿Verdad?
  • Sólo digo, que capaz tengas una imaginación muy vívida.
  • Keena no es imaginaria… ¡No es imaginaria! ¡No es imaginaria!
  • Bien… –resopló– Como quieras.

Su madre abandonó la conversación y se fue de la habitación sin decir más: era evidente que discutir con su hijo era difícil. ¡Cómo sería de adolescente! Pensaba la tauren mientras se dirigía derrotada a su habitación. Koya por su parte hizo un puchero y siguió recostado en su cama mirando hacia la pared: no quería hablar con nadie.

Lo intuía, pero al oír la puerta abrirse minutos después de que su madre se retirara no se sorprendió. Tampoco necesitó mucho esfuerzo mental para saber que se trataba de su padre, pues era muy poco probable que Powaq se atreviera a entrar a su habitación, so pena de recibir un coscorrón o como mínimo una dura reprimenda de su parte.

Sin embargo, al desviar su mirada de la pared y cruzársela con los ojos de su padre, esos ojos tan azules y profundos que él había heredado, el pequeño Koyaanisqatsi sintió que la charla que tendrían -pues para eso vino evidentemente- sería muy importante y sumamente diferente a la que tuvo con su madre.

 

Era difícil determinar el transcurso de los días sin ayuda de un reloj o algún tipo de señal: desde que empezó el bombardeo atómico, quizás hubieran pasado sólo un par de días, o incluso ya una semana; era difícil saberlo, ya que muy pocos se atrevían a salir de la seguridad de la cueva. Aún se sentía un terrible calor, y cierta turbiedad en el aire que dificultaba respirar.

Koya desvió la mirada a una serie de montículos de arena y rocas apartadas del resto de los jabaespines: aquellos que habían llegado con quemaduras por casi todo su cuerpo hacía tiempo que habían fallecido a causa de sus incurables heridas. En cuanto a los que seguían vivos, hacían lo posible por sobrevivir, compartiendo lo poco que tenían, como granos, raíces, y alguna que otra provisión robada o sacada de algún vertedero.

Si bien los jabaespines no habían adoptado los avances de la sociedad moderna, ni abandonado sus costumbres de cazadores-recolectores, se habían aprovechado de una de sus consecuencias: el creciente número de desperdicios; era muy común ver jabaespines hurgando entre la basura de los vertederos de Orgrimmar, Nueva Taurajo y otras ciudades del norte y centro de Kalimdor, así como verlos usar algunos pertrechos como latas, cacerolas u otro cacharro, y más aún verlos buscar comida entre la basura.

Un jabaespín acababa de entrar a la cueva, causando un tremendo alboroto: no sabía que decía exactamente, pero se lo veía sumamente asustado. Varios de su especie lo siguieron para averiguar que estaba pasando. Grande fue su sorpresa –y horror- al ver que fuera de la cueva estaba lloviendo, pero no agua de lluvia común, sino una lluvia tan negra como el petróleo que empapaba el suelo y lo teñía de aquel tono oscuro y sucio. Lo peor era que entre los desesperados jabaespines, había varios que se atrevían a salir afuera a exponerse a la lluvia y recolectar algo de agua para sus secas gargantas, pese al consejo de los más ancianos de que esa agua negra era “mala”. Claro que no sabrían explicar el por qué, pero tenían ese presentimiento.

Koya no pudo hacer nada por detenerlos: ni gritar ni gruñir sirvieron de algo; era evidente que era un mero espectador.

La escena cambió: estaban todos resguardados en la cueva cuando dos jabaespines aparecieron arrastrando algo con dificultad: un gran bulto con severas quemaduras. Cuando la luz de las escasas antorchas brindó mayor claridad, Koya quedó horrorizado: el “bulto” era nada más y nada menos que un soldado tauren con terribles quemaduras. Su armadura, sus armas y todo su cuerpo mostraban claras señales de lucha, y del posterior daño causado por una gran explosión. El cuerpo estaba terriblemente calcinado, y no había señas de que respirara, por lo que era claro que el soldado estaba muerto; aun así, sintió mucha pena por el caído.

Eso solo hizo que quedara horrorizado por lo siguiente: un grupo de jabaespines tomó hachas, espadas y cualquier objeto cortante a su alcance, y comenzaron a desmembrar y descuartizar al cadáver, como si de un animal se tratara. Pronto las extremidades fueron separadas del cuerpo, la caja torácica fue abierta, y cada gramo de carne fue extraído del cuerpo hasta dejar solo huesos y restos de su uniforme.

Koya ardía en rabia al ver como uno de los suyos era faenado por aquellos salvajes… pero en cierto modo lo comprendió: los jabaespines no hacían esto por odio, sino por desesperación. Hacía días que no comían, y la caza comenzaba a escasear. Los huesos secos acumulados en un rincón de la cueva eran prueba de su inanición: cualquier criatura, viva o muerta –la mayor parte de los casos muerta- era traída para alimentar a su población recluida en esa cueva, y cada vez era más difícil hallar comida, sin mencionar el agua y medicamentos, pues casi todos se hallaban enfermos por la comida o el agua contaminada que la escasez los obligaba a consumir. Pronto se podía percibir el olor de la carne asada, y el sonido de los comensales disfrutándola.

 

  • Hijo… ¿Cómo era esta niña?
  • Normal, creo. Una cabeza, dos brazos, dos piernas, una colita…
  • Hijo… Estoy hablando en serio. –sentenció el padre– ¿Esa niña tenía algo anormal?
  • Creo que no… Excepto que…
  • ¿Sí?
  • Nunca se quitaba ese manto con el que se cubría. Le gusta mucho, creo.
  • Koya… ¿Nunca sentiste algo raro cuando estabas con ella?
  • ¡Papá! ¡No estoy enamorado de Keena!
  • No me refiero a eso… Me refiero a… si no sentías una sensación extraña o anormal cuando estabas con ella. Como si algo un estuviera bien en el mundo.
  • Para nada –respondió el pequeño– Papá… ¿Acaso no te agrada que tenga una amiga?
  • Por supuesto que no, hijo. -el tauren hizo una pausa considerablemente larga– Sólo me preocupa con quien –o que, pensó– trabas amistad.
  • Escuché eso.
  • ¿Qué cosa?
  • Que dices que mi amiga es una cosa. –Kalo se alarmó; creyó haberlo mencionado de manera casi inaudible– Tú también crees que es imaginaria, ¿Verdad?
  • La verdad, Koya… es que… yo.
  • ¡Te voy a demostrar que no lo es! –gritó el niño; su padre nunca lo había visto así– ¡Tú tienes un tablero de sehnet ahora que lo recuerdo! ¡Tráelo y juguemos una partida!
  • Koya; no creo que sea…
  • ¡Ella me enseñó a jugar!
  • ¡Está bien! Lo que tú quieras.

Kalo fue de inmediato a traer su juego de sehnet y tener una partida con su hijo: inicialmente lo consideró una pérdida de tiempo, una estrategia de su hijo para desviar la atención de la conversación; si bien podría ayudar a calmarlo un poco. Grande fue su sorpresa al descubrir que su hijo jugaba muy bien al sehnet: en varias ocasiones, Koya estuvo a punto de ganar la partida. No era un experto jugador como él, pero se manejaba bastante bien.

Obviamente a su hijo le habían enseñado los movimientos básicos, y él había jugado lo suficiente para tener algo de experiencia y desenvolverse adecuadamente. ¿Pero quién? Él nunca le había enseñado a su hijo a jugarlo, y si bien el sehnet no era un juego demasiado complicado, tenía sus mañas, y no muchos niños lo jugaban: era más un juego de adultos. Por otro lado, Koya casi no tenía amigos a causa de su temperamento, por lo que las opciones se reducían: no podía ser una amiga imaginaria, pues estos amigos no enseñan nada nuevo; tampoco algún niño de la escuela, porque entonces no hubieran visto a Koya actuar solo.

Sólo quedaba una opción posible, una que Kalo se resistió a creer. Pero parecía tener las pruebas definitivas ante sus ojos: su hijo era más especial de lo que hubiera imaginado.

Una vez que la partida acabó, Kalo volvió a dirigirse a su hijo; no sin antes asegurarse de que la puerta de la habitación estuviera correctamente cerrada y no hubiera nadie espiando. El pequeño tauren se limitó a observarlo con cierta preocupación.

  • Koya… ¿Esa niña te enseñó a jugar?
  • Ajá…
  • Ya veo… –cruzó sus manos mientras reflexionaba brevemente sobre lo que le diría a su hijo; éste no paraba de mirarlo muy pensativo– Hijo, ¿Qué sabes de nuestra tribu?
  • ¿Los Cazacielo? Sé algo de lo que me contaste antes: que eran los líderes espirituales de los tauren y tenían los mejores shamanes… hasta que los feos y malos Tótem Siniestro los mataron a casi todos.
  • ¿Sabes por qué lo hicieron?
  • Tú dijiste que porque nos tenían envidia.
  • Ajá… Nos la tenían; aún nos la tienen esas ratas que se esconden por ahí en el bosque, lejos de los poblados seguros. Pero… ¿Sabes exactamente POR QUÉ nos tenían envidia?
  • ¿Porque somos mejores shamanes que ellos?
  • Casi, casi… Ambas tribus tienen fuertes raíces shamánicas en sus orígenes; todos los de nuestra especie las tienen. Pero había algo que nos caracterizaba a ambos; algo que era más común en nuestras tribus… y que con el tiempo se volvió cada vez más inusual entre nuestros hijos.
  • ¿Qué cosa?
  • Un don.

 

 

Casi no podía ver nada a causa de una inusual blancura que lo cubría casi todo; podía oír a un par de jabaespines gruñir tras la espesa neblina. Poco a poco percibió aún más sensaciones: hacía frio, mucho frio, y una fuerte ventisca acompañaba de nieve les impedía avanzar… ¿Avanzar a dónde? ¿En dónde se encontraban? El único lugar en Kalimdor que conocía tenía nieve era Cuna del Invierno, pero no había motivo para que los jabaespines migraran tan al norte: eran criaturas de clima cálido, no frio; por ello apenas usaban ropa abrigada.

A pesar del clima extremo, ellos continuaban a paso firme, como si sus vidas dependieran de ello; ellos buscaban algo en medio de la ventisca. ¿Qué buscaban con tanto ahínco como para arriesgarse a morir congelados y tan lejos de casa? Seguramente comida: con el paso del tiempo, esta debió de escasear más y más, lo que debió de obligar a los jabaespines de buscar comida más y más lejos de casa. Sin embargo, tras caminar unos minutos más, distinguió una silueta inusual entre la neblina; cuando logró identificarla, Koya quedó atónito: era un gran árbol sin hojas y con señas de quemaduras añejas. Y no era cualquier árbol, sino uno que no debería de estar ahí: un gran, seco y solitario baobab. ¿Qué hacía un baobab en Cuna del Invierno? Hasta donde sabía, esos árboles solo crecían en…

Fue entonces que comenzó a reflexionar, y concluyó que los jabaespines no habían migrado a zonas más frías; el frío había ido a ellos. Estaba nada más y nada menos que en los mismísimos Baldíos. ¿Cómo era posible que no sólo hubiera nieve, sino una auténtica ventisca propia de Rasganorte en medio de los alguna vez calurosos Baldíos? La respuesta no tardó en llegar a su cabeza: tras el infierno nuclear, quedaban las cenizas heladas; un gélido invierno que envuelve a Azeroth sin mostrar señas de apaciguarse. Uno de los jabaespines tropezó con algo semiescondido en la nieve, que para horror de Koyaanisqatsi era la cabeza de un soldado orco, reducido a mero cráneo descarnado con partes de su armadura aun puesta. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que las llamas cayeron del cielo? Difícil saberlo con precisión, pero debían ser ya un par de años.

Los jabaespines continuaron caminando a través de la fuerte ventisca, a pesar de sentir como el frio les robaba las fuerzas cada minuto que pasaba. No podían rendirse tan fácil, o su refugio se quedaría sin comida. Por desgracia, no hallaron ningún animal en todo su recorrido de cacería, ¿Volverían con las manos vacías? Una silueta misteriosa surgió entre la neblina: una presa, una esperanza; tal vez la salida no haya sido en vano. Se oía el ruido de unos pasos, como de unos cascos, ¿Algo con pezuñas tal vez? Lo jabaespines se mostraban nerviosos, pues el sonido no era propio de un antílope o una jirafa, animales que hacía tiempo no veían por esos lares. ¿Qué podía ser?

La oscura figura  se hizo más distinguible y los jabaespines chillaron nerviosos: era un centauro; se pusieron en posición de combate: sabían que los centauros eran sumamente peligrosos y salvajes, pero si esa era la única fuente de comida que encontrarían, pues se harían con ella. Cuando la neblina se disipó aún más, las facciones del centauro se hicieron más nítidas, lo que alteró todavía más a los jabaespines: su rostro estaba horriblemente desfigurado, con partes que dejaban expuestos sus huesos; lo mismo con el resto de su cuerpo, como si estuviera en estado de descomposición, pero aun “vivo” de alguna manera.

Los jabaespines no retrocedieron y lo atacaron con sus lanzas; el centauro las esquivó y luego tomó una de las lanzas y tiró de ella para atrapar a uno de los cazadores. Pese a sus esfuerzos, el jabaespín no logró liberar su arma, ni tampoco estaba dispuesto a soltarla; ante los ojos de su compañero, el centauro arrojó al otro jabaespín contra el suelo, y apenas toco tierra, aplastó su cabeza con una hincada de sus cascos. El otro jabaespín, a pesar de lo que dictaba su naturaleza y cultura, obedeció más a sus instintos y huyó aterrorizado; el centauro apenas lo persiguió, pero pasado unos minutos dejó de prestarle interés. Ya en la cueva, a salvo, el sobreviviente regresó a contarle a sus congéneres lo que había pasado, y también de la criatura que habían visto. Obviamente no fue bien recibido por no haber traído comida o haber abandonado una batalla, pero la descripción de aquel centauro monstruoso los preocupó.

Koya dio un vistazo a los jabaespines de la cueva: estaban cansados, desesperanzados, enfermos y hambrientos; su sociedad otrora intolerante ante la debilidad se desmoronaba  y ahora se aferraban a lo más importante: la supervivencia del grupo. Pero con el frío que calaba hasta los huesos, la leña y el agua que escaseaban, y sin comida. ¿Cómo sobrevivirían el invierno?

 

 

  • ¿Entiendes lo que te he dicho, Koya?
  • Si, papi. Pero tengo miedo.
  • No tienes nada de que temer; por el contrario: tienes que estar orgulloso de tener semejante don. Además, no eres el único; hay otros más como tú.
  • ¿Pero por qué yo? –se lamentaba, parecía estar a punto de llorar, pero su padre comenzó a abrazarlo– Yo no lo quiero…
  • A veces nos sentimos frustrados al conocer los designios de la Madre Tierra y de los espíritus, pues la imponencia nos consume, y con ellos, podemos pecar de rabia. –rascó suavemente la cabeza de su hijo– Pero debemos entender que nuestra comprensión de su sabiduría y de los sucesos de este mundo escapa de nuestro razonamiento mortal. Con el tiempo, aprenderás a convivir con ello… y estaré aquí siempre para ayudarte.
  • Pero… ¿Puedo volver a ver a…?
  • Mmm… –la expresión de su padre cambió a una bastante severa– Ya lo hemos hablado, Koyaanisqatsi: lo más recomendable, es que te alejes de ella. Si vuelves a verla, o a otra persona “sospechosa”, aléjate de ella. ¿He sido lo suficientemente claro?
  • Si, papá. Muy claro. Ehm… ¿Se lo vamos a decir a mamá?
  • Mmm… No creo que sea conveniente: al menos por ahora. Que sea nuestro secreto, ¿Está bien? –Koya asintió, algo aliviado; su padre se dispuso a retirarse– Y recuerda, hijo: aléjate de la gente… sospechosa, y si ves algo, me avisas.

Su papá se había ido, no sin antes haberle confesado algo sumamente importante, y cambiar de manera permanente su modo de ver el mundo. Pudo escuchar a lo lejos a sus padres conversando sobre él; su padre se había limitado a decir “debemos pasar más tiempo con él” Demasiada atención no estaba en sus intereses, pero al parecer debería soportarlo. Al menos tendría la compañía de su padre para sobrellevar semejante carga

Lo que más le dolía era el hecho de que debería abandonar a Keena. ¿Por qué lo decía papá? –se preguntaba– “Si; porque lo dice papá –respondía su conciencia– “Es más sabio que tú, y es tu padre”. Odiaba a esa vocesita, y más cuando tenía razón; tenía siete años ¿Cómo podrá discutir con su padre? Y no sólo eso: tras escuchar a su padre, comenzó no sólo a sospechar de Keena, sino también a tenerle miedo.

Sólo esperaba que algún ella pudiera perdonarlo.

 

Koya tenía un dolor de cabeza inusual, ¿Se había golpeado, o sólo era a causa de las visiones que sufría? Puede que se trate de ambas cosas -pensó- Trató de recordar lo que había pasado antes de caer dormido; estaba hablando con su hermano cuando… Powaq: él o había golpeado, forzándolo a dormir. No dudó en levantarse e ir en su busca por unas “explicaciones”.

Cuál no sería su sorpresa, cuando lo encontró fuera de la cueva, y aparentemente hablando con alguien a través de su Gnoblin 5000. Lo peor de todo, es que no hablaba con cualquiera, sino con una voz sumamente familiar.

Furioso, y una vez que acabaran de hablar, corrió hacia su hermano y lo derribó de un empujón.

  • ¡¿Qué demonios te pasa?!
  • ¡¡¿¿Por qué no me dijiste que esta cosa era un radiotransmisor??!! –gritó enfadado señalando su propio dispositivo– ¡¡¿¿Y de qué hablabas con papá??!!
  • De ti.
  • ¿Qué?
  • ¡De ti, hablábamos, Koya! –exclamó su hermano– ¿De quién más? ¡El de las convulsiones y las visiones raras eres tú!
  • ¡Lo sabía! ¡Papá no era capaz de mantener cerrada su boca! “Será nuestro secreto” Si como no. –miró a su hermano con cierto desprecio– Tú siempre lo supiste, ¿No? Calladito todos estos años como el buen hijito que eras.
  • No es verdad: papá me lo dijo a medias antes de partir; dijo que te cuidara, y que cualquier cosa que te sucediera, que me comunicara con él. No tienes idea de lo que costó convencerlo para que aprenda a usar mi radiotransmisor.
  • ¿A qué te refieres con “a medias”?
  • Papá no quería explicarme tu “situación”…, porque quería que tú lo hicieras; que cuando sintieras que fuera necesario, me tendrías suficiente confianza y me lo explicarías. Fue todo un ingenuo, ¿No crees? –se burló con sarcasmo de Koya– Conociendo lo terco que eres…
  • No soy terco, sólo soy…
  • Un idiota que no confía en su propio hermano mellizo. –bufó– Dime algo, Koyaanisqatsi. Si no confías en mí para ayudarte, ¿En quién lo harás? Y más ahora que estamos solos.
  • No… no necesito esa clase de ayuda; yo no la pedí.
  • ¿No vas a decir nada?
  • Tú ya respondiste por mí. Y no te preocupes: yo haré guardia esta noche –añadió con frialdad-; tú descansa.

Powaqqatsi no dijo nada más y volvió a su puesto sin dirigirle siquiera una mirada a su hermano: era evidente que estaba en parte decepcionado de él por su falta de confianza. Su frase común: “nacimos juntos y moriremos juntos” parecía no tener mucho sentido ahora; de todos modos, debía cumplir con ese juramento, por más vacío que lo sintiera ahora.

Koyaanisqatsi no quería sentirse avergonzado por su comportamiento: el creía estar en lo correcto y no necesitar de la ayuda de su hermano. Pero cuando Powaq habla de manera tan sombría y directa, -algo poco común, pues solía mostrarse muy abierto y alegre- es señal de que algo no está bien. Quería decir algo, pero no encontró las palabras; tampoco lo veía conveniente: lo más probable era que su hermano lo ignorara.

Iba a descansar de nuevo, pues no tenía cara para decirle a su hermano que haría guardia el resto de la noche, mas otro ataque de sus convulsiones lo tumbó nuevamente al suelo. Lo único que logró escuchar antes de perder la consciencia, era a su hermano llamándolo por su nombre con signos de desesperación.

 

La cueva era iluminada únicamente por la luz de las antorchas, pero Koya no quería mirar; tampoco quería oír lo que estaba pasando allí adentro. Por desgracia, era incapaz de ignorarlo: gritos, aullidos, estocadas de lanzas y golpes de hacha. El sonido metálico cortando la carne y los huesos era irritante; el olor de la sangre sumamente penetrante; los rostros apenas distinguibles por las antorchas reflejaban todas las emociones posibles, resumidas en una sola que describía perfectamente lo que estaba pasando: Desesperación.

 

Powaq intentaba despertar a su hermano, pero nada parecía dar resultado: ni sacudirlo, gritándolo, derramándole agua fría ni estimular su olfato con algún hierbajo aromático; su hermano continuaba inconsciente.

Fue entonces que sintió un peculiar escalofrío, seguido de una corriente de aire que venía del interior de la cueva y que había apagado la fogata: algo muy inusual, ya que la misma no parecía tener otra salida; sólo podía ser una cosa. Afortunadamente, su padre le había explicado que hacer en situaciones como esta: debía preparar una especie de ritual acorde a la situación; y tenía todos los ingredientes necesarios.

Sólo esperaba que de alguna manera esto ayudara a Koyaanisqatsi.

 

Nuevamente estaba envuelto en la oscuridad, y sentía a esas dos poderosas y enigmáticas presencias a su alrededor: por un momento sintió que aquel espíritu malvado se acercaba, pero pronto se esfumó, como si no hubiera logrado su cometido, cualquiera fuese; sólo quedó el otro espíritu, pero no hablaba. Aun así, Koya sentía su presencia en todo momento; pasado un tiempo, este apreció retirarse también: entonces quedó solo.

Sentía sus ojos y comenzó a abrirlos: se sorprendió de ver que no estaba en la cueva, sino en su habitación a altas horas de la noche; miró el reloj junto a su cama e indicaba 10 pasada la medianoche. ¿Todo el viaje hasta esa cueva de jabaespines y esas horribles visiones habrán sido sólo un mal sueño? Había que comprobarlo.

A pesar de la oscuridad, podía distinguir los detalles de su habitación: todo parecía estar en orden, tal y como lo recordaba… excepto por un detalle: algo faltaba en su habitación, y no era poca cosa. Por lo menos eso le decía su instinto.

  • No… No fue un sueño: ese viaje… fue real. Y esto… –miró la habitación aun a oscuras– esto es otra maldita visión. Ya estoy harto –gruñó– ¿Qué demonios es lo que quieren de mí?
  • Koyaanisqatsi…
  • ¿Huh? –se preguntó sorprendido al oír esa voz en su cabeza; era el enigmático espíritu “bueno”– ¿Qué haces aquí? ¿Acaso eres el culpable de toda esta locura? ¿Qué demonios tengo que hacer?
  • Eso ya lo sabes.respondió la voz
  • ¿Ir a dónde?

No hubo respuesta: sea quien fuera ese ser, había desaparecido. Koyaanisqatsi no sabía a qué se refería con eso de que “debía hacer algo”… o al menos, eso era lo que quería creer. Vio de nuevo su habitación, y se enfocó en aquello que faltaba. Entonces lo comprendió.

  • Ahora entiendo… Por eso es que no podía dormir las últimas semanas. –se acercó a su ventana y la abrió con cuidado para no producir ruido– Tengo unos asuntos pendientes que llevan casi 18 años sin resolverse. –antes de saltar, dio un último vistazo a su habitación– Si tengo que cumplir con una especie de guión, será mejor que acabe con esto.

Apenas logró dejar la ventana abierta, Koyaanisqatsi se transformó en lobo fantasmal, saltó por la ventana y comenzó a correr apenas tocó el suelo. A pesar de lo tarde que era, de la inseguridad que sentía hacia lo desconocido, una cosa quedaba clara: debía resolver ese asunto ahora. Evitó los sectores más transitados de la ciudad y entró al bosque: su destino sería aquel viejo sitio de paseo familiar que había dejado de ser visitado con frecuencia.

Mientras iba para allá, recordaba los años transcurridos tras aquella conversación con su padre: no recordaba muchos detalles, o parecía no querer hacerlo; se había convencido a sí mismo que la tal Keena había sido, como su madre lo había conjeturado, una amiga imaginaria resultado de su solitaria infancia. Las visitas al estanque se habían reducido notablemente desde aquella conversación, y Koya nunca había regresado a ese lugar; al menos sin compañía. A veces creía verla, pero después desaparecía, como si sintiera el rechazo de Koya a seguir con ella; en menos de uno o dos años, ella se había ido.

O eso creía él: a medida que se acercaba al estanque, comenzaba a dudar de la naturaleza de su vieja amiga. ¿Era imaginaria como decía su madre… o su padre tenía razón? Finalmente llegó a la conclusión que había negado todo lo que le había dicho su padre; como si su mente hubiera hallado más fácil aceptar lo de la amiga imaginaria, alterando sus propios recuerdos. En pocas palabras: se había engañado a sí mismo.

Por fin había llegado al otrora destino del paseo familiar: se veía casi igual a como lucía en su infancia. Entró con cuidado de manera a no alertar a las Centinelas del lugar y siguió su camino con sigilo hasta llegar a su destino. Finalmente, allí estaba el estanque y la cascada, que lucían igual de hermosos de noche, en especial si las dos lunas se hallaban en su fase llena y reflejaban sus rayos en el estanque, convirtiéndolo en un reflector natural. Desafortunadamente, la noche había traído consigo importantes formaciones nubosas que de cuando en cuando bloqueaban la luz de las lunas, sumergiendo todo en una espantosa y aterradora oscuridad que convertían aquel idílico lugar de paseo y descanso familiar en un lugar de pesadilla.

 

 

CONTINUARÁ…

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!