Relatos de Azeroth | Fallout – La Tecnocracia – Parte 3

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Asi es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

Relatos de Azeroth | Fallout – La Tecnocracia – Parte 1

Relatos de Azeroth | Fallout – La Tecnocracia – Parte 2

Capitulo 2 La Tecnocracia

Y ahora, Koya tenía a una goblin shamán frente a sus ojos.

  • Le pediría que no me llamara “mastodonte”, señora.
  • Me disculpo. –respondió está a secas– La edad hace arisca a la gente, y a mis cien años eso es difícil de controlar.
  • ¿Usted tiene cien años? –preguntó sorprendido– Debe de haber nacido entonces…
  • Durante el Holocausto; así mismo, joven tauren. Mis padres eran refugiados de Trinquete, y vinieron aquí a establecerse.
  • ¿Usted vende esos tótemes?
  • Si –les dirigió una mirada triste a cada uno de ellos– Como ya casi nadie los usa, los vendo al mejor postor: coleccionistas, chatarreros, etc. Exceptos los míos, claro; no están a la venta. Pero no hemos venido a hablar de mi pasado, ¿No? –puso sus manos sobre el tótem de fuego que tenía enfrente: la llama comenzó a aumentar significativamente– Buscas a alguien.
  • A mi hermano Powaq; es mi mellizo.
  • ¿Cómo es?
  • Es mi mellizo, señora. –respondió el tauren, arrastrando las palabras– Se parece a mí.
  • Eso no es cierto. –respondió la anciana; del tótem de agua manó una burbuja de agua transparente y pura, a modo de una bola de cristal– Ustedes dos son muy diferentes.
  • Se parece FÍSICAMENTE a mí. –insistió– Excepto por los cuernos y el color de ojos. Y que él no tiene vello facial y…
  • ¡Eso ya lo sé, jovencito! ¡Deja de tutearme! –lo regañó la anciana, como si tratara de su nieto malcriado; Koya se sintió sumamente ridículo– Jóvenes… Nunca cambian.
  • Señora… No quiero ser grosero, pero… ¿Hay algo ÚTIL que necesite decirme? No quiero perder tiempo.
  • La prisa no te llevará a ningún lado, Koyaanisqatsi Cazacielo, y menos si te encaminas en un viaje espiritual.

Por un breve segundo, Koya sintió que todo había quedado en silencio. Algo en esa anciana no era normal.

  • ¿Cómo sabe que yo soy de la tribu Cazacielo? –preguntó a la anciana en voz baja– Es más, ¿Cómo supo mi nombre? ¿O el motivo de mi viaje? Nunca se lo dije.
  • Los espíritus me lo han dicho. Ellos conocen a tu tribu, conocen sus virtudes, y lamentan su declive.
  • Mi tribu fue casi diezmada por los Tótem Siniestro hace más de un siglo; la familia de mi padre desciende de aquellos supervivientes.
  • ¿Nunca te has preguntado… por qué tu tribu era tan especial? –la anciana lanzó aquella pregunta de manera sumamente enigmática; Koya no sabía de qué hablaba. La anciana bebió un sorbo de té de un cuenco desgastado– Eran, y siguen siendo, los líderes espirituales de los shamanes de tu especie. Y no era por pura casualidad.
  • No entiendo a qué se refiere.
  • No lo sabes, pero sospechas de qué hablo; o más bien, lo sabes, pero no quieres hablar de ello. Muchos de ellos tenían un don poco común; algo que otros tenían, pero que era más habitual en ellos, y que ha ido desapareciendo entre los shamanes de todas las especies con el paso de los años. –a Koya no le gustaba para donde iba la conversación; la anciana sorbió otro trago de su humeante té– Tú no estás solo, joven shamán; hay muchos como tú y yo: nosotros dos somos más parecidos de lo que crees.
  • Sigo sin comprender, señora.
  • Oh… –la anciana pareció abrir la boca, fingiendo sorpresa; luego sonrió– Pero claro que lo entiendes, Koyaanisqatsi: por supuesto que lo entiendes.

Nuevamente, todos los murmullos de los transeúntes parecieron enmudecer brevemente; sólo que ahora, el silencio vino acompañado de una repentina ráfaga de viento ondeaba los banderines, mientras provocaba que los oxidados mástiles chirriaran ruidosamente, como si del canto de una cigarra en verano se tratara. Koya se sentía nervioso: esa anciana hablaba de cosas sumamente enigmáticas, y lo peor es que SÍ sabía a qué se refería. ¿Sería verdad lo que dijo?

La anciana dejó de mirar fijamente al tauren de ojos azules y volvió su mirada a su tótem de aire.

  • Tu hermano está bien: se encuentra en la plazoleta del pueblo, al borde del precipicio.
  • Mejor iré por él de inmediato.
  • Un momento; no he terminado contigo. –Koya rechinó los dientes: ya quería irse de allí y la anciana insistía en hablar– Antes de que te vayas, quiero darte un consejo.
  • Ajá… Dígamelo.
  • Que brusquedad, por todos los cielos. –se quejó la goblin– Eres un shamán con un potencial extraordinario, Koyaanisqatsi; tus dones te llevarán muy lejos, y tu corazón es noble… pese a lo arisco de tu carácter. Pero pese a que tu cuerpo ha madurado por completo, tus habilidades aun necesitan pulirse y perfeccionarse; por eso, debo darte una advertencia: por NINGÚN MOTIVO, debes poner un pie en el Marjal Revolcafango.
  • ¿Por qué me dice eso? ¿Qué hay allí? ¿O quien está allí?
  • Algo que será mejor que no conozcas… al menos por ahora, joven shamán. –Koya se la quedó mirando fijamente, confundido, en busca de respuestas– Ve por tu hermano, y que los espíritus los protejan en su viaje.
  • Owachi/Gracias.

Tras abandonar a la anciana, y buscar el lugar que le había indicado, logró hallarlo en medio de una plazoleta a orilla del acantilado, en compañía del comerciante goblin Mac Ferrosucio. La anciana había acertado.

  • ¡Powaq! –lo saludó del otro lado de la calle– ¡Gracias a la Madre Tierra! ¿Dónde demonios te habías metido?
  • Solo vine a ayudar a este pueblo con mis talentos… Pero no estoy teniendo buenos resultados.
  • ¿De qué hablas? –preguntó extrañado su hermano– ¿Qué te pidieron hacer?
  • Hacer crecer a este árbol –dijo el goblin, señalando al raquítico retoño. Koya miró aún más anonadado a la frágil planta– Pero tu hermano no ha tenido mucho éxito. Comienzo a creer que los druidas han perdido su toque tras el Holocausto.
  • Bueno; las cosas han cambiado mucho, se…
  • Mi hermano no es ningún pelele, Ferrosucio –gruñó Koya: una vez más, defendía a Powaq pese a las molestias que podía causar– Y mucho menos un druida bueno para nada: tenle fe y lo resolverá.
  • De acuerdo, de acuerdo… –y se sentó en un banco al otro lado de la plazoleta– Aquí espero.

Los hermanos se pusieron a discutir brevemente, sin que el goblin supiera de que hablaban. En medio de la charla, Powaq le pasó a su hermano el balde con agua con el que regaban el arbolito a diario.

  • He bendecido esta agua decenas de veces con mis poderes, y he regado al retoño con ella, pero nada. Capaz la tierra sea muy estéril, o el agua esté muy contaminada.
  • Puede ser, pero beben de ella. Si quieres, la examino un poco.
  • Mmm… Se ve bastante normal: probemos un… –apenas el agua tocó sus labios, Koya tiró el balde y comenzó a escupir sin parar. Powaq no sabía si sorprenderse o reírse¡¡¡ESTÁ SALADA!!!
  • ¿¿QUÉ??
  • ¡Está agua está salada! ¡Con razón no crece la planta!
  • ¡¿A que va todo este barullo?! –preguntó Mac, levantándose del banco y caminando hacia los tauren– ¿Y qué tiene que sea salada? ¡Es agua a fin de cuentas!
  • O sea… ¿Qué has regado esta planta con agua salada conscientemente?
  • ¡Obviamente! ¿Qué esperaban? ¿Que regara a este hierbajo con nuestra preciosa agua desalinizada y purificada? –Powaq casi cayó de espaldas; a Koya comenzó a darle su tic nervioso, reflejado en el constante parpadeo de su ojo izquierdo– ¡Es muy costosa!
  • Pues será precisamente lo que harás, pequeño tacaño –gruñó Koya, que estaba a punto de partirle la cara al goblin, de no ser por su hermano, quien le recordó de la presencia de los robots que mantenían el orden. El shamán se calmó de inmediato– Ve a traer el agua. –Mac corrió de inmediato a su tienda– Y yo que creía que los goblin eran listos.
  • Listos no sé… –comentó su hermano– pero faltos de conciencia ecológica y tacaños… ¡Seguro!

Mac no tardó en traer tres botellas de agua potable -algo muy valioso en tiempos como éstos en Azeroth- , seguido muy de cerca por Titha, Gok y otros curiosos. Titha no paraba de insultar y gritar al goblin, tratándolo de “petizo ignorante” y “cabeza hueca”, a la par que las demás personas se reían de ello, incluidos los hermanos Qatsi.

Una vez entregada el agua, Powaq se encargó de “bendecirla”, otorgándole parte de sus poderes adquiridos como druida y recitar algunas palabras en taurahe: al hacerlo, sus manos se vieron rodeadas de un aura verde brillante que la mayoría sintió reconfortante, mas a aquellos afectados por la Plaga como Gok y algunos no muertos les fue algo irritante, pero inofensivo. De todas formas, como casi nadie había visto a un druida antes en el pueblo Viento Libre ahora perteneciente a la Tecnocracia, el simple hecho de ver a Powaq era casi un espectáculo… y gratuito además.

El agua purificada, y ahora bendecida por los poderes druídicos de Powaqqatsi adquirieron un suave brillo verdoso; el druida tomó las botellas, desenroscó sus tapas y comenzó a verterlas en el árido suelo sobre el cual reposaba el frágil retoño, que se convirtió de repente en el centro de atención.

No bastó ni un minuto para que el retoño comenzara a mostrar señales de estar creciendo: en pocos minutos, el talo creció en altura y grosor, se extendieron las ramas y de ellas aparecieron miles de brotes de los cuales surgieron miles de hojas verdes y resplandecientes: los dotes druídicos de Powaqqatsi habían dado vida al primer árbol del Poblado Viento Libre; las ovaciones no se demoraron en aparecer. Los pequeños niños del poblado –entre ellos goblin, gnomos y algunos humanos- corrieron de inmediato a jugar junto al árbol. Lo que más asombró a los hermanos Qatsi fue que miraban al árbol con una gran curiosidad, como si nunca hubiesen visto uno real. Y dadas las condiciones en las que vivían, era lo más probable.

Mac y Titha fueron de inmediato junto a los hermanos para felicitarlos y darles su merecida recompensa… Además de apartarlos de la multitud.

  • Interesante demostración del druidismo, muchacho. –respondió el goblin– Les diste un buen espectáculo. Y ni que decir los niños: les encantó.
  • Será un lindo toque para la ciudad. Por eso creo que se merecen una recompensa, ¿No crees, Mac?
  • Oh… Yo pienso lo mismo. Espérennos aquí, por favor.

Los dos comerciantes se retiraron de vuelta a sus tiendas, dejando solos a los hermanos, que también decidieron alejarse de la plazoleta y hablar en privado en un callejón.

  • Bien, ya hiciste tus negocios, ya presumiste de ser un buen druida: es hora de irnos.
  • Koya, no podemos ser groseros: nos darán una recompensa.
  • Claro que nos darán una recompensa… ¡Nos sacarán los sesos y los pondrán en uno de esos robots!” –señaló uno de ellos que pasaba por allí– ¡Están locos!
  • Oh… Creo que has visto demasiadas películas viejas de muertos vivientes comecerebros, hermano. Sabes que eran solo propaganda anti-renegado de los humanos de Ventormenta.
  • ¡Me da igual! –chilló su hermano con la voz más alta que pudo para evitar que lo oyeran los transeúntes– ¡Me asquea esa tecnología tan… blasfema!
  • Pero si es una maravillosa técnica, Koya –su hermano casi cae de espaldas al oírlo– Imagina: que extraigan tu cerebro y lo instalen en un robot para continuar viviendo. No lo quisiera en mí, pero… ¿Quién sabe?
  • Olvida lo que dije: a ti ya te extrajeron el cerebro. Sólo recojamos las cosas que vinimos a buscar y larguémonos de aquí.
  • Como digas, pero primero esperemos a nuestros anfitriones: no podemos ser descorteses.
  • De acuerdo… Pero si intentan abrirnos el cráneo, no pienso rescatarte.
  • Ay… Este Koya y su sentido del humor –se reía Powaq en voz baja– Nunca lo voy a entender.

Mac y Titha no tardaron en regresar; la noma y el goblin condujeron a los tauren hasta el negocio de Mac, y los hicieron subir hasta la azotea, la cual parecía ser un pequeño hangar. Cuál no sería su sorpresa cando, tras oprimir Mac un botón de la pared, el techo comenzó a abrirse, y una de las paredes a plegarse noventa grados hasta completar una pequeña pista de aterrizaje. En medio de la azotea -ahora una pista de aterrizaje- había un pequeño cohete de tecnología híbrida goblin-gnomo, lo suficientemente grande como para tener dos tripulantes. Junto al cohete, había varias cajas con lo que parecían ser provisiones.

  • Como prometí: conseguí un poco de todo para su viaje -dijo la gnoma con una gran y sincera sonrisa– Comida enlatada, un purificador portátil de agua, algunas medicinas, inyecciones antirradiación, ropa, armaduras para ti y tu hermano, y algunas armas por si las necesitan.
  • De seguro que las necesitarán –asintió el goblin– Y por más que me duela, les regalaré este cohete como gratitud por haber hecho crecer ese árbol. Vaya: lo que acabo de decir habría sonado tan estúpido para mis ancestros.
  • No sabemos cómo agradecérselos –dijo Powaq, y les dedicó una reverencia– Muchas gracias.
  • Eh… ¿De verdad vamos a ir en un cohete? –preguntó el shamán rascándose la cabeza– ¿No es algo exagerado?
  • No hay otra manera, Koya; Mac me dijo que el camino es difícil. Y si queremos llegar a los Baldíos, vamos a necesitar de este cohete. Capaz si cruzamos por el Marjal…
  • ¡¡NO!! –gritó Koya; su hermano y los vendedores lo miraron sorprendidos. Rápidamente, recuperó la compostura– Eh… Digo, mejor vamos directo a los Baldíos. ¿Para qué perder tiempo?
  • De acuerdo; creo que podremos ir directo a los Baldíos aumentando la velocidad.
  • Si tú lo dices… ¿Pero quién lo conducirá?
  • ¡Yo! –exclamó el druida– He estudiado cómo funcionaban estas cosas; seguro podré manejarlo: tú siéntate y disfruta del viaje.
  • Mmm…

Koya no tuvo más remedio que subir a la cabina del cohete, asegurarse el cinturón y confiar en su hermano, no sin antes recolectar junto a él todas las provisiones facilitadas por Titha con ayuda de los Gnoblin 5000. Una vez preparados, Mac preparó todo para el despegue, y ayudó a Powaq a poner en marcha el cohete.

  • ¡Buena suerte, colegas! ¡5, 4, 3, 2, 1…! ¡DESPEGUE!

El cohete expulsó una incandescente llamarada seguida de una densa columna de humo color blanco, y despegó; los hermanos tauren apenas vieron a sus pequeños benefactores despedirse desde la pista. El resto del pueblo apenas les prestó atención, por lo que el poblado Viento Libre se despidió de los mellizos tauren como si nada hubiera significado su visita… casi nada. La velocidad del cohete era asombrosa para tener el aspecto de estar construido con material reciclable, además de mostrar una gran estabilidad durante el vuelo. Pero capaz lo más asombroso era que, en efecto, Powaq conducía el cohete con suma habilidad, como si siempre lo hubiera hecho, cuando en realidad se limitaba únicamente a leer sobre viejas máquinas previas a la Guerra Crepuscular.

En la Mancomunidad Hyjal, las máquinas son poco comunes, limitándose únicamente a algunos equipos agrícolas, de construcción y una limitada flota aérea, naval y algunos vehículos de transporte colectivo: la tracción a sangre, y las armas tradicionales habían vuelto a ser más populares. Sin embargo, existían algunos libros dedicados a la mecánica y a la ingeniería, y Powaq había adquirido varios desde su niñez leyéndolos y aprendiéndolos con mucha dedicación. Y aun así, a su hermano le parecía sorprendente que manejara un cohete.

Volando en dirección noroeste, pasaron varias mesas en cuyas cimas yacían restos de una autopista antigua que conducía en su momento a los poblados Viento Libre y la Cima de la Nube Negra, la cual, a lo lejos, era difícil precisar si seguía siendo un poblado abandonado, o era parte de la Tecnocracia… o algo peor. Koya se preguntó si los remanentes de la Tribu Tótem Siniestro habitaban en las ruinas de su antiguo poblado.

Faltaba poco para llegar al límite de Mil Agujas, cuando el cohete comenzó a mostrar señas de turbulencia.

  • ¡¿Qué demonios sucede?! ¡¡Powaq!!
  • Creo que se acaba el combustible… Y esta cosa no es híbrida ¡Tendremos que aterrizar!
  • ¡¿Cuánto falta para llegar a los Baldíos?! –al momento de decir eso, el cohete bajó su altura y rozó con los restos de la vieja autopista, arrastrando escombros de asfalto y derribando un oxidado poste de luz– ¡Antes de que nos estrellemos, claro!
  • ¡Falta muy poco, hermano! –respondió con fuerza, mientras sujetaba los controles con firmeza– ¡Confía en mí!
  • ¡De acuerdo, pero si salimos de esta, no volverás a subir a un cohete!
  • ¡Las bromas para después: debo maniobrar! –miró hacia delante, regocijándose– ¡El Elevador: llegamos!

En efecto: a poca distancia era posible apreciar el elevador que en sus mejores tiempos, conectaba los Baldíos con las Mil Agujas: tras el Cataclismo había quedado no sólo destruido, sino obsoleto; luego de la caída de Garrosh, había sido reconstruido por los tauren, que también le habían añadido un puerto flotante con la ayuda de los goblin. Tras la Guerra Crepuscular, había quedado dañado nuevamente; pero el rostro del monumental tótem seguía ahí, mirando serenamente un paisaje casi inalterado por el paso de los años. Y fue ese mismo rostro el que recibió a los hermanos Qatsi al acercarse al barranco, donde incluso fueron capaces de ver las zarzas espinosas gigantes del antiguo hogar de los jabaespines: Horado Rajacieno

  • Powaq… Dime que no nos vamos a estrellar.
  • No… Pero te recomiendo que te sujetes, y prepares tu paracaídas.
  • ¿Qué?
  • Confía en mí, hermano. –le dijo el druida; Koya se ponía nervioso cuando su hermano hablaba de esa manera– No nos vamos a morir.

Debía de confiar en su hermano, pues no tenía alternativa: el cohete corría riesgo de estrellarse contra las rocas. ¿Qué planeaba Powaqqatsi? Pronto lo averiguaría: tras gritar “¡Afuera!”, los asientos del cohete fueron eyectados junto a sus ocupantes convenientemente aferrados a los mismos por cinturones de seguridad. Mientras el cohete se estrellaba contra las rocas, provocando una intensa explosión que lo desintegró, los hermanos descendían suavemente a los riscos, junto a los restos del antiguo elevador. Koya y Powaq habían aterrizado suavemente, sin sufrir heridas de ningún tipo, más el shamán se mostraba considerablemente iracundo: era natural que le molestara pasar por semejante emoción.

  • ¡Ja! Te dije que debías confiar en mí, hermano.
  • Arg… Es la última vez que te subes a un cohete: he dicho.
  • Si, como digas. –restándole importancia– Ahora si quieres, descansemos un poco antes de continuar.
  • De acuerdo; creo que es una buena i… –de repente, Koya se sintió mal: puso su mano sobre su pecho y comenzó a sudar y gritar– Agh… Ar…¡¡AHHHH!!
  • ¿Koya? –corrió de inmediato junto a su hermano– ¡Koya!
  • ¡¡¡¡AAAARRRRRRRRRGGGGGHHHHHHHHHHHHH!!! ¡¡BASTA, BASTA!!
  • ¡¡KOYAANISQATSI!!

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!