Relatos de Azeroth | Fallout – La Tecnocracia – Parte 2

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Asi es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

Relatos de Azeroth | Fallout – La Tecnocracia – Parte 1

Capitulo 2 La Tecnocracia

Al parecer, Gok era el dueño de una vieja gasolinera en las afueras de Nueva Taurajo durante la Guerra Crepuscular. Cuando la batalla llegó hasta los Baldíos del Sur, Gok se ofreció a suministrar combustible a la caballería motorizada del ejército tauren, y auxiliar a los soldados que lo necesitaran con agua, comida y algo de primeros auxilios. Gok dijo haber presenciado como las bombas nucleares emergieron en el horizonte de los Baldíos del Sur: tres o cuatro hacia el este, dos hacia el sur, una hacia el norte, y otra justo sobre la ciudad de Nueva Taurajo. Relató como él y algunos refugiados -soldados heridos y población civil- se habían resguardado en el sótano de la gasolinera, donde escucharon el crepitar de la estructura, el estallido de los cristales, la explosión de las bombas de combustible, los gritos de aquellos que no lograron entrar a tiempo…  el calor. Gok describió la oscuridad del refugio, y como se habían mantenido allí una semana, para después salir al exterior y comprobar que todo había quedado incinerado: detalló el estado de los escombros, del suelo cubierto de ceniza que ignoraban era radiactiva, del cielo ceniciento y con una tonalidad verdosa, de los cadáveres carbonizados.

Luego de salir, comenzaron a vagar por los páramos, a comer cualquier cosa que hallaran en el camino –incluyendo cadáveres- Gok relató que en una ocasión asesinaron a dos soldados orcos sobrevivientes que los habían atacado, y luego que comieron su carne. Al preguntar por su estado actual, Gok explicó a los mellizos que semanas después de salir del refugio, varios de los refugiados comenzaron a enfermar y morir, quedando muy pocos al final de nueve meses. Pero Gok no murió: sufrió un tipo de transformación extraña que a su debido tiempo, lo hizo apartarse de los demás: su piel comenzó a cuartearse, como si lo afectara una terrible sequedad, el pelaje se le caía a mechones, su carne comenzó a verse expuesta, e incluso parte de sus huesos se quedaron a simple viste al caerse parte de sus músculos.

Cuando el cambio era muy severo, Gok fue exiliado del grupo, y obligado a vagar solo por el Yermo Central de Kalimdor, donde un año y medio después de abandonar la gasolinera, se encontró con los goblin y gnomos de Viento Libre, donde halló trabajo y estadía.

 

  • Y todo por la maldita Plaga. –rechinó los dientes– Quisiera tener a la perra de Sylvanas entre mis manos y exprimir su cabeza. Por culpa de esa asquerosa elfa psicópata, soy un desdichado que ya no puede oír a la Madre Tierra. Pero bueno; ella debe de estar casi tan muerta como yo.
  • ¡La Madre Tierra no está muerta! –lo interrumpió Powaq, sonaba como un niño que trataba de transmitir su luz de esperanza en los rincones más sombríos– ¡Vive en todos nosotros! ¡Algún día regresará a como era antes!
  • Sigue creyendo eso, chico… Tal vez se te cumpla tu deseo. Pero mientras tanto, aprende a vivir la horrible realidad.
  • Ya lo oíste, Powaq: vamos a vender tu chatarra con la dueña.
  • Koya, tu no crees que la Madre Tierra esté muerta… ¿Koya?
  • No adelantemos conclusiones. –le respondió; en el fondo deseaba que no fuera así– Debemos ver más del mundo para llegar a esa respuesta.

Koya prefería evitar una discusión con su hermano; ya estar en aquel poblado otrora tauren y ahora un centro de comercio que va de lo más simple a lo vulgar, y de ver a una “abominación de la naturaleza” -Gok, el necrotauren- lo hacían sentirse incómodo. ¿Cómo Powaq lo toleraba, siendo él un druida que respetaba las leyes de la Naturaleza y la Vida? Más que repulsión, mostraba admiración por todo lo que veía. Prefería dejarlo para otro día: primero reunir provisiones, vender la chatarra y luego abandonar el pueblo. Ese era el plan.

  • Hola, –saludó Koya con amabilidad a la dueña, una gnoma de cabello rosa recogido en una cola de caballo para atrás, gafas de cristales naranja, una camisa blanca e impecable, unos pantalones oscuros y unos zapatos lustrosos– Usted debe de ser la dueña del local. Dígame, queremos venderle algunos productos, ¿Estaría interesada?
  • ¿Alguien dijo dinero? –grito un goblin, salido de la nada; se veía más andrajoso que la gnoma; de seguro era un mecánico– ¡Dinero, dinero!
  • Mac; te dije que yo me encargaría de las Relaciones Públicas y tú de la parte mecánica. –ordenó– Regresa al taller.
  • Ay, pero mujer… –la gnoma la miraba imperativa– Agh, ni modo.
  • Disculpen a Mac; es un socio algo compulsivo. Siendo un goblin es algo normal, supongo. ¿Dijeron tener mercancías? Muéstrenmelas por favor.

Powaq se dispuso a mostrárselas con la ayuda de su dispositivo especial de la muñeca, cuando la gnoma de inmediato se percató de lo que traía en su muñeca: sus pequeños ojos brillaron como diamantes bañados a la luz del sol tras esos lentes naranja.

  • ¡¿Eso es un Gnoblin 5000 auténtico?! ¡¡Como lo conseguiste!! ¡¡Se creían perdidos después de la Cuarta Gran Guerra!!
  • Eh… Pu…pues… lo hice yo.
  • ¿Tú? ¿Un tauren? –preguntó desconfiada– En serio… ¿Lo hiciste tú?
  • Si, lo hice yo. Tenía un manual que enseñaba como construirlos y… bueno; hice dos: uno para mí y otro para mi hermano.
  • Es impresionante. ¿Sabes lo valioso que es eso que tienes ahí?
  • Mucho dinero, supongo.
  • ¡Bah! –chilló la gnoma; Powaq quedó consternado, y de seguro el goblin también, si la hubiera oído– Siempre habrá dinero, pero el conocimiento es algo invaluable que deja al oro más fino como chatarra oxidada. Te diré algo, querido: no pienso pedirte que me entregues tu aparato o el de tu hermano, porque imagino lo duro que habrá sido para ti fabricarlo.
  • Ni tiene idea.
  • Así que haré un trato: te facilitaré todo lo que esté a mi alcance si me ayudas a fabricar uno. Comida, ropa, armas, equipo médico: todo eso a tu alcance.
  • Es que… me tomó mucho tiempo fabricarlo. Y tenemos que irnos lo más pronto posible.
  • ¿No tienes los planos?
  • Eso sí se los puedo facilitar. –tecleó unos comandos e hizo aparecer una copia de los mismos– Siempre llevo unas cuantas copias conmigo.
  • ¡Ya está! –exclamó la gnoma al tiempo que tomaba los planos con sus manitas– tenemos un trato: en un momento les preparo todo lo que requieran para su viaje. Mientras tanto, disfruten su estadía: la comida y bebida del bar es a cuenta mía.

La gnoma volvió a su despacho para guardar su nueva adquisición y buscar todo lo que creía que los mellizos necesitarían. Los hermanos permanecían junto al mostrador, mirando a su alrededor con algo de timidez ante la hospitalidad de la encargada. Koya, que había permanecido callado durante la “transacción”, rompió el silencio.

  • ¿Cómo lo haces?
  • ¿Hacer que, hermano?
  • Soportar todo esto: esta… “blasfemia” –dijo la última frase en voz muy baja de modo a no causar problemas– Deberías de reaccionar de otra manera.
  • Sigo sin entender a qué te refieres, Koya.
  • ¿Basta de qué? –cuchicheó
  • Basta de hacerte el bobo; siempre lo haces con mamá y papá. Eres mucho más inteligente que yo, y lo sabes. Lo peor es que lo ocultas con una falsa modestia; no lo soporto.
  • ¿Qué quieres que diga, Koyaanisqatsi? ¿Que grite e insulte a todos aquí solo porque son diferentes o no hallaron otro lugar donde vivir? ¿Qué me ofenda Gok por ser un muerto viviente contra su voluntad? Koya: creo que tú aun no captas la realidad. Estamos fuera de casa, y el mundo es diferente al que conocieron nuestros ancestros.
  • Eso ya lo sé.
  • ¿Lo sabes? ¿O no lo quieres aceptar?
  • Mejor dejamos esta conversación para otro momento; no vamos a ninguna parte.
  • Como tú quieras.

Koya fue a la barra a pedir algo de comer a Gok; en parte le asqueaba que un no-muerto tocara sus alimentos, pero su estómago se mostraba mucho más tolerante: una cazuela de sopa de tortuga y dos hogazas de pan serían más que suficiente… por el momento.

Por su parte, Powaq dio un paseo por los alrededores para disfrutar de las “melodías locales”, como él llamaba al cuchicheo del bar: dos goblin bebían y discutían entre sí por negocios, y uno de los robots hacía lo posible por mantenerlos a raya; otro robot echaba a patadas a un gnomo por pasarse de listo con una bailarina de su especie -además de pasarse de copas-; dos humanos que regateaban con otro goblin por el precio de una vieja arma que otrora perteneció al Ejército Orco; un gnomo que presentaba a un comerciante troll una rareza de los tiempos previos a la Guerra -una bombilla de bajo consumo, la cual llamó su atención- y a un orco anciano que conversaba con un no-muerto y un par de gnomos sobre algo extraño que había visto en el Yermo.

  • Les juro, ¡Los Titanes está de regreso!
  • Solo dices locuras, viejo verde –respondió uno de los no-muertos– A los Titanes no les importa Azeroth, y menos ahora que está casi muerto.
  • ¿Pero entonces que podría haber sido?
  • Yo sé que: tu cabeza –rió uno de los gnomos– Demasiada exposición a la radiación de hace que tus pocos sesos se pudran y te hagan ver cosas.
  • ¡Pero yo juro que lo vi! ¡Por los espíritus que lo vi!
  • Si, si… Lo viste –sisearon los tres al unísono– Una esfera metálica y puntiaguda flotante. Por favor…

Powaq no pudo evitar levantar las orejas de curiosidad ate tan curiosa noticia. ¿Un misterioso objeto flotando en medio del Yermo? Probablemente este “viaje espiritual” no sea tan monótono como esperaba. Se lo hubiera comunicado a Koya de inmediato, pero entonces Mac, el goblin de junto, estiró de su manga.

  • Hey… ¿Eres un druida, no?
  • Eh… Si, lo soy. ¿Por qué?
  • Tengo un trabajito para mí; acompáñame.

El goblin y el tauren  acabaron fuera del “Tótem Carmesí” y fueron hasta una diminuta plazoleta oculta entre otros edificios: la plazoleta aparentaba ser un lugar de recreación donde uno podría estar en contacto con la naturaleza, pero solo era una fachada: los “árboles” y “arbustos” estaban hechos de chatarra perfectamente ensamblada y pintada, pero metal de residuo a fin de cuentas. Todo era artificial allí, excepto por un diminuto brotecillo raquítico en medio de aquel espacio, rodeado de piedrecillas.

  • ¿Y esto?
  • Es un árbol, oh “gran druida” –se burló el goblin– ¿No sabes lo que es un árbol?
  • Claro que sí, pero… ¿Qué hace aquí?
  • Lo encontré en una de mis salidas en el Yermo, no muy lejos de aquí. Como no tenemos árboles en el pueblo, pensé que sería buena idea plantarlo; pero no crece. Y de eso hace ya tres años.
  • ¿¿Tres años y sigue así de pequeño?? –exclamó sorprendido– Eso no puede ser.
  • Capaz sea la radiación de esta zona, o el suelo rocoso; yo que sé. El punto es, que los niños de la ciudad quieren tener un árbol en su parquecito, y el fabricarlos con chatarra no es suficiente. Quiero que hagas que este árbol crezca hasta que sea enorme; o cuando menos, decentemente grande y de algo de sombra. ¿Puedes o no?
  • Pues…
  • Si lo haces, te daré algo que los ayudará a llegar al Yermo.
  • ¿Cómo es eso?
  • ¿De verdad creían que con una balsa de plástico van a llegar hasta el Yermo de Kalimdor? El elevador está destruido, la vieja carretera entre las mesas también, y no existe camino seguro hasta la cima del barranco. Pero si logras lo que te pedí, tú y tu hermano tendrán su boleto de salida gratis.
  • De acuerdo; lo intentaré.
  • ¡Perfecto! Avísame cuando acabes.

Koya acababa de satisfacer su hambre, pero permanecía en el mostrador, pensativo, mientras escuchaba la música de la rockola de la taberna, que reproducía viejos éxitos anteriores a la Guerra Crepuscular: varias de esas melodías ya las había escuchado; otras no.

  • Yo oí esa cuando era niño –dijo Gok mientras fregaba un brazo con un trapo– A mi padre le encantaban esos discos ventormentanos: decía que eran lo más bello que habían hecho los humanos.
  • Al mío también le agradan esos discos… y los cuida como si su vida dependiera de ello. Me dijo que su tatarabuelo los trajo luego de abandonar su hogar tras la Gran Guerra.
  • Ja… El mundo se venía cayendo a pedazos y no duda de salvar sus discos de vinilo. Se ve que tenía sus prioridades.
  • ¿Puedo preguntarte algo?
  • Si es sobre cómo se siente ser necrotauren, te ahorro la respuesta: horrible.
  • Eh, no –corrigió Koya– Quisiera saber…

Antes de poder acabar la pregunta, la música se detiene sorpresivamente: uno de los robots ayudantes de Titha detuvo la rockola y se mantuvo atento a la radio. Inmediatamente comenzó una transmisión bastante inusual. Koya apenas recordó que había una torre de radio en el poblado Viento Libre.

  • “Empleados, Clientes y visitantes de la Tecnocracia. Les habla su Queridísimo Presidente TecnoCorporativo Jastor Galliwix.”
  • ¿Galliwix está vivo? –preguntó Koya en voz alta– ¿Cómo?
  • Shh… –lo calló Gok– Luego te digo.
  • “En estos tiempos difíciles, cuando el mundo parece caer inevitablemente al foso de la barbarie, nosotros somos la luz de la esperanza: la luz de la civilización. El Holocausto ha destruido nuestro mundo, pero lo reconstruiremos: tengo a nuestros mejores científicos e ingenieros trabajando arduamente para llegar a ese objetivo. Las aguas volverán a ser limpias; las tierras serán nuevamente fértiles; las ciudades y pueblos serán reconstruidas y habitadas nuevamente; ya no vivirán entre chabolas ni vestirán harapos. Todos seremos beneficiados: desde la Mancomunidad Hyjal a los Reinos Unidos de Uldum, desde el Magisterium a la Cruzada Solar, desde la Confederación Exodar hasta la Nueva República de Pandaria, y las tribus desperdigadas en los Yermos… y por supuesto, nosotros. ¡¡El Nuevo Mundo está cada día más cerca!!
  • ¿De qué habla Galliwix? ¿“El Nuevo Mundo”?
  • Últimamente da ese discurso –contestó Gok– Casi siempre cumple con lo que dice, pero… en fin. Se las trae con ser optimista.
  • “Ustedes, estimados empleados, se preguntarán como lo conseguiremos. ¿En dónde desarrollamos los cimientos de nuestro futuro? Ya hemos comenzado: en el oeste del Valle de Tuercaespina, hemos fundado la cuna de este sueño basado en la ciencia: la Ciudad del Futuro, Pripat”
  • ¿Pripat? ¿Ciudad del Futuro?
  • “Allí, nuestros expertos trabajan arduamente construyendo el nuevo mundo que nos espera. El Nuevo Azeroth que reemplazará al desecho y contaminado Azeroth que han dejado como resultado los errores de nuestros ancestros. Nadie nos detendrá: ni siquiera la latente amenaza de la Sociedad de las Sombras y sus nigromantes provenientes de los páramos del norte de Azeroth y Khaz Modan; más bien quedarán boquiabiertos por nuestro poder, y enceguecidos por nuestros logros”
  • ¿Cree de verdad poder hacer frente a Sylvanas? ¿Cuándo menos de dejarla sorprendida?
  • Si le revienta la cabeza a esa maldita, por mi está bien –respondió Gok
  • “Si se sienten deseosos de cooperar, serán más que bienvenidos a la ciudad de Pripat, donde el trabajo es seguro. ¡¡Caminemos juntos hacia adelante, y llevemos la luz del progreso y la prosperidad a todo Azeroth!!”

El discurso acabó, y los robots encendieron nuevamente la rockola. Koya prestó atención a las reacciones de los demás de la taberna: muchos se hallaban entusiasmados; a otros les daba igual, y otros desconfiaban de las palabras de su líder. También se percató del hecho que su hogar estaba bastante aislado como para ignorar que Galliwix gobernaba la Tecnocracia.

  • ¿Eso es normal? ¿Que dé esos discursos?
  • Cada tanto: dicen que lo hace para… levantar la moral. Para mi… lo hace por propaganda barata.
  • ¿Y cómo es posible que siga vivo? Él vivió durante la caída de Garrosh hace casi 170 años. Y que yo recuerde, los goblin no viven tanto como los gnomos.
  • Es verdad –asintió Gok– Lo que pasa es que… algunos dicen, que nuestro “querido” presidente se clonó… y otros, que no es más que un “seso enlatado”.
  • ¿Un qué?
  • ¿Ves ese robot de allá? –señaló Gok a uno de ellos: se veía bastante “normal”, de no ser porque en su cabeza, se veía una especie de cúpula de vidrio con un…– Es muy probable que Galliwix, en su afán por mantener el poder tras absorber a todos los príncipes comerciantes goblin tras la caída de Garrosh, se haya sometido a eso.
  • ¿Es… eso que tiene ahí es…? –tartamudeo– ¿¿UN CEREBRO DE VERDAD??
  • Ajá… Es algo bastante común: algunos lo hacen por voluntad propia en un intento estúpido por ser inmortales. Otros por ser esclavos terminan con ese destino. JA… Y dicen que los de la Plaga o la Sociedad de las Sombras hacen monstruosidades.
  • Por la Madre Tierra…
  • En fin; querías preguntarme algo, ¿No?
  • Es si… si no extrañas a alguien de tu… vida pasada.
  • Mmm… –gimió Gok sin alejar su mirada del shamán– Lo bueno de saber que eres un esperpento, es que nadie te extrañará. –el bartender mantuvo silencio un par de minutos– Bueno… Hay alguien. –se quitó un colgante de su cuello, uno bastante rústico: hecho de colmillos y garras de animales, y algunas piedras de colores– ¿Ves esto?
  • ¿Eso es un… collar de amistad?
  • Mi primo y yo nos hicimos unos cuando éramos muy pequeños. Como no teníamos hermanos, jugábamos juntos prácticamente desde que nacimos; no sólo crecimos juntos, sino que hasta realizamos nuestra primera cacería ceremonial entre los dos. Éramos los mejores amigos.
  • Oh… Yo creí que esas costumbres se habían olvidado antes de la Guerra.
  • En absoluto –respondió Gok– Siempre se han mantenido, pese a que en ese entonces, como los tauren habían adoptado plenamente la ganadería y la agricultura sedentaria, comenzaban a verla como una costumbre arcaica y sin sentido, ya que la cacería no era más base de nuestro sustento. Pero bueno, ¿Ustedes los pieles suaves la mantienen? –Koya asintió, explicando que él y su hermano lo habían hecho juntos también– Interesante: al menos parte de nuestra cultura no ha muerto.
  • ¿Qué pasó de tu primo?
  • Yo decidí trabajar como mecánico y el eligió ser soldado; a Nyenke siempre le gustó el combate mientras que yo preferí la seguridad de un trabajo de bajo riesgo. Fue al frente de los Baldíos del Sur a expulsar a los orcos que invadían desde el este. Su pelotón pasó por mi gasolinera a cargar combustible, y yo los ayudé a darle unos retoques a sus vehículos. –sorpresivamente, el joven shamán creyó por un momento ver lágrimas en los ojos del necrotauren, pero este supo cómo ocultarlas muy bien tras parpadear un par de veces y enjugarlas muy bien. Siguió su relato, sin alterar su cambio de voz inexpresivo– Antes de partir, nos despedimos, y nos prometimos ir a cazar a Mulgore una vez acabada la Guerra. Esa fue la última vez que lo vi.
  • ¿No pensaste en buscarlo?
  • ¿Para qué? Él estaba muerto; una de las bombas cayó justo encima sobre dónde debería estar su pelotón. Y con mis padres muertos años antes de la Guerra, me quedé sin nada. Para que ir a buscar los restos.
  • Lo lamento.
  • Bah… Eso no importa; lo pasado es pasado. Mejor ve a buscar a tu hermano, si es que quiere algo de comer.
  • Hey, es verdad: Powaq se ha tardado bastante; mejor iré a ver dónde está.

Koya abandonó la barra y buscó a su hermano por la taberna: no lo halló por ningún lado, así que salió afuera a buscarlo entre la multitud. El solo hecho de mezclarse entre la algarabía de las calles y tener contacto con las actividades mundanas de ese enclave comercial lo asqueaban. Pero Powaq era su hermano, y debía encontrarlo para asegurarse que estuviera bien; después saldría cuentas con él.

A pesar de mucho preguntar y preguntar entre los tenderos –entre ellos algunos robots- y buscar entre los locales y bazares, no lograba ubicar a su hermano, y estar rodeado de tanto comercio obscenamente denigrante comenzaba a agotar su paciencia. Se hallaba entre dos edificios de ladrillo reconvertidos en negocios cuando sintió un escalofrío.

  • ¿Buscas a alguien, joven shamán?
  • ¿Huh? –Koya desvía su mirada al oír esa voz tan anciana y ronca, pero no la encuentra– ¿Dónde está?
  • Aquí abajo… Mastodonte.

Ignorando el insulto, Koya bajó la mirada hacia abajo para encontrarse con el origen de aquella voz, llevándose una sorpresa: la responsable era una goblin sumamente anciana, algo más petisa que el promedio, de piel arrugada, nariz prominente, cabello encanecido y dedos esqueléticos. Su menudo cuerpo estaba casi completamente cubierto por unas túnicas descoloridas que podrían haber sido en el pasado algún cartel de plástico; usaba un collar hecho con material reciclado como tapas de botella, bombillas, piezas de vidrio y piedrecillas de colores.

Pero quizás lo más llamativo eran los tótem que la rodeaban: la tienda en la que estaba –la cual era tan pequeña que Koya ocupaba más espacio que los tótem en sí- estaba repleta de ellos, pero sólo los cuatro que rodeaban a la anciana parecían dar indicios de actividad, develando la identidad de la anciana como una shamán.

Un goblin shamán era considerado una auténtica rareza, o una especie extinta en estos tiempos; incluso antes de la Guerra Crepuscular, los goblin shamanes eran sumamente raros. Esto se debía a que años después de la caída de Garrosh, y con los más recientes avances científicos, ellos habían perdido interés en las artes shamánicas, y su número disminuyó considerablemente. Décadas después, los goblin abandonaron el Anillo de la Tierra; si éstos lo habían abandonado voluntariamente o si fueron expulsados por Trhall, era algo que ya no se sabía: lo cierto era que el número de shamanes entre sus filas, cayó estrepitosamente.

 

Continuará…

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!