Relatos de Azeroth | Fallout – La Tecnocracia – Parte 1

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Asi es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

Realizadas las presentaciones, vamos con el nuevo capitulo,

Capitulo 2 La Tecnocracia

Habían pasado tres días desde que empezaron a navegar por las salobres aguas de Mil Agujas en dirección al Poblado Viento Libre, y por fortuna no habían hallado ninguna amenaza más allá de algunos peces y tortugas que se querían pasar de listos. Uno de los mayores temores de los mellizos era caer víctimas de saqueadores, comerciantes hostiles, o de miembros de la tribu Tótem Siniestro que supuestamente rondaban en las cavidades de formaciones rocosas, atacando a cualquiera que se atreva a navegar “sus aguas”.

Por desgracia, tampoco hallaron a nadie amigable, o señales de vida más allá de algunas algas, peces y tortugas con las que se alimentaban, siendo Powaq el que los cazaba cuando tenían hambre, y Koya el que los cocinaba al instante con sus poderes, a falta de combustible para una fogata. Lo único que tenían a la vista eran rocas y agua salada… al menos, hasta que llegaron a “la Granja del Viento”.

Años posteriores a la caída de Garrosh, y tras el descubrimiento de los goblin y gnomos del uranio, pronto surgió el maravilloso invento del reactor nuclear que prometía energía eléctrica en gran cantidad y accesible a todos; decir que tanto la Horda como la Alianza estaban extasiados es limitarse: por desgracia, los desechos que producían eran tan peligrosos que amenazaban la naturaleza y la salud de las personas. Los tauren -y los elfos tanto nocturnos como de sangre- advirtieron esto, y prohibieron la construcción de dichas instalaciones en las inmediaciones de sus territorios, lo que los mantuvo tecnológicamente algo retrasados respecto a sus aliados. Por fortuna, un goblin -de quien no se recuerda el nombre- tuvo la idea de combinar los molinos de viento de los tauren con una caja de engranajes y un generador eléctrico; el aparato funcionó tan bien, que Baine de inmediato solicitó que se construyeran los necesarios en las regiones más ventosas de su nación, entre ellas, Mil Agujas: varios aerogeneradores se irguieron sobre las mesas y las costas rocosas del cañón, aprovechando las fuertes corrientes de aire, abasteciendo de energía no sólo a los tauren, sino incluso a algunos de sus vecinos, como los elfos nocturnos y los humanos de Nueva Theramore, satisfaciendo parte de sus necesidades.

Actualmente, quedaban muy pocos de aquellos innovadores molinos; no por la Guerra, sino por más de un siglo de abandono que pasaron factura: torres solitarias y oxidadas, varias derribadas por los fuertes vientos, algunas aspas sobresalientes en el agua… Powaq dio un buen vistazo, y para sorpresa de su hermano, adoptó su forma voladora y se elevó en el aire, volando hacia la cima de una de las mesas donde quedaban algunos molinos. Veinte minutos después, en los que Koya pasó por unos terribles nervios, Powaq regresó como si hubiera salido a dar una vuelta.

  • ¿Qué demonios fuiste a hacer allá arriba?
  • A recoger chatarra. –respondió el tauren de ojos dorados, mostrándole parte de su botín a través de su dispositivo– Rescaté muchos componentes y piezas que podríamos vender en el pueblo.
  • No sé por qué lo veo como pérdida de tiempo.
  • Porque no tienes una mente despierta –Koya volvió a fruncir el ceño: odiaba cuando su hermano lo hacía quedar como un idiota– No sabemos que vamos a encontrarnos allí, necesitamos más provisiones, algunas armas o una mejor armadura, y los goblin y gnomos de seguro tienen cosas buenas, pero no las darán gratis.
  • Claro… –asintió Koya, con la expresión más relajada– De los gnomos no sé, pero los goblin serían capaces de vender a su madre por unas monedas: así reza el dicho. Y con las cosas escasas en estos días… Por la Madre Tierra: esos miserables enanitos verdes se están aprovechando.
  • ¡Exacto! Y nada mejor que ofrecerles algo bueno para cambiar. –miró hacia el cielo: el sol se ocultaría en unas horas– Creo que será mejor dormir ahora; cálculo que llegaremos al poblado mañana al alba. Descansa tú primero mientras yo hago guardia.
  • Gracias, hermano.

Bajo el abrigo de unas rocas, los mellizos armaron un improvisado campamento: no había fogata, pues no había madera, siendo el tótem de fuego de Koya la única fuente de luz, calor y de seguridad. Powaq miraba de vez en cuando el cielo estrellado con las dos lunas en su cuarto creciente, cuya luz cenicienta se reflejaba en las aguas y bañaba las rocas, otorgándoles una tonalidad azulada. También miraba a su hermano dormitar tranquilamente, y como el aire entraba y salía por los pulmones, hinchando su pecho: costaba creer que hace unas semanas, su hermano hubiera acabado en una camilla inconsciente a causa de sus visiones: Koya era el más duro de roer de los dos; casi nunca se enfermaba, ni se lamentaba o lloraba si se lastimaba; si alguien buscaba pelea con Koya, él se lo enfrentaba cara a cara. Y su habilidad con los elementos era admirable: había quedado entre los mejores chamanes de la ciudad, siendo el orgullo de su padre. Y ahora, su hermano había iniciado esta marcha al mundo exterior: no podía dejarlo solo.

Si nacieron juntos, morirían juntos.

Cuando llegó el turno de Koya de hacer vigilia, cerró sus ojos y pensó en ese firmamento.

Koyaanisqatsi mientras tanto, pensaba en lo que llegarían a ver en el mundo exterior: ¿Con qué o quienes se encontrarían en el Pueblo Viento Libre? ¿Los recibirán bien? ¿Qué hay del Yermo Central? ¿Qué criaturas habrá allí? ¿Qué tan desolador sería ver el hogar ancestral de los tauren reducido a un páramo estéril? Y lo más importante, ¿Qué era “eso” que lo estaba llamando, y que afortunadamente no se había manifestado desde que salieron de casa? Siempre había mostrado un carácter fuerte frente a todos: sus amigos, su familia, sus maestros, como el carácter que caracterizaría a un chamán que manipula los cuatro elementos de la naturaleza, pero en el fondo, llegaba a sentir un profundo miedo frente a lo desconocido y una soledad abrumadora. Y luego miraba a su hermano druida: tan ansioso, de mente abierta, casi ingenuo, de gustos raros y sumamente pacifista y sensible, pero increíblemente ingenioso, diplomático y de algún modo… valiente, y con una autoconfianza increíble.

Powaqqatsi era un druida graduado al que le faltaba experiencia -como a su hermano-, pero era sumamente paradójico e inusual que le gustara trabajar con máquinas, dispositivos mecánicos, electrónicos y hasta robots desde niño -y que fuera increíblemente bueno-, lo que desconcertó a su madre, quien le recordaba incontables veces que el deber del druida era proteger todas las formas de vida ante todo, y no jugar con “juguetitos de latón” como los llamaba ella. No importaba: Powaq siempre se salía con la suya y trabajaba con sus aparatos en sus ratos libres.

 

Las primeras luces del alba fueron la señal para continuar la marcha: los mellizos subieron al bote y se disponían a continuar su camino, cuando advirtieron un problema… Se acabó el combustible del motor.

  • ¡Powaq! No trajiste combustible de repuesto, ¿Verdad?
  • Eh… A decir verdad, no.
  • ¡¿Y cómo piensas que vamos a…?!
  • El motor es híbrido.
  • ¿Qué?
  • Lánzale un rayo durante un minuto y se pondrá en marcha de nuevo.
  • A ver… ¿Quieres que use mis poderes chamánicos sobre los elementos para cargar de energía ese insignificante motor? –su hermano asintió sin mostrarse impresionado por la violenta reacción– ¿Cuándo los chamanes nos convertimos en centrales eléctricas?
  • No nos vamos a mover hasta que hagas algo, Koya…
  • Ni modo… –las manos de Koya empezaron a lanzar chispas– ¡¡Cadena de Relámpagos!!

Tal y como el druida predijo, el motor quedó lo suficientemente cargado como para continuar el viaje, que trascurrió relativamente tranquilo, hasta llegado el mediodía, cuando llegaron a las cercanías del poblado: varios robots voladores de pequeño tamaño, pero en gran número y fuertemente armados los rodearon en pocos segundos.

  • ¡Alto! –gritó uno que tenía una luz intermitente roja en la cabeza– ¡Identifíquese inmediatamente, así como sus intenciones o serán erradicados: está en territorio de la Tecnocracia!
  • Somos comerciantes de la Mancomunidad Hyjal –respondió Powaq con total tranquilidad, mostrando la mercancía que había reunido el día anterior; por su parte, Koya estaba lanzando chispas de sus manos, listo para atacar– Hemos venido a hacer negocios.
  • ¡No es habitual que individuos de esas tierras vengan aquí! –volvió a gritar el robot– ¡Serán escoltados a la ciudad de inmediato, y no intenten nada!

No tenían alternativa, pues mostrar algún signo de rebeldía hubiera significado una respuesta claramente ofensiva: bajo la atenta vigilia de los robots voladores, los mellizos continuaron navegando hasta llegar a su destino: el poblado Viento Libre.

 

Los cambios eran más que evidentes: en el pasado, previo a la Devastación de Alamuerte, Viento Libre era una pequeña comunidad tauren asentada en la cima de una mesa en medio del desértico cañón, abasteciéndose de los frutos de la caza y la modesta minería a la par que vigilaban las incursiones de los centauros, jabaespines y arpías, actualmente extintos. Tras la Devastación y la consecuente Inundación, los Tótem Siniestro tomaron el poblado y lo hicieron suyo; sólo tras la caída de Garrosh fue posible expulsar a los invasores y recuperar el asentamiento para la Horda.

Sin embargo, el destino del pueblo era incierto: ahora que el cañón se había inundado, eliminando o desplazando la caza, con los Grandes Elevadores destruidos y las menas minerales inaccesibles, Viento Libre era un pueblo sumamente aislado y sin sustento. Mas los tauren no son de los que se rendían, y a pesar de lo insignificante que era este pueblo, era un asentamiento que denotaba la presencia de la Horda en Mil Agujas. Se pensó en la pesca como nueva fuente de rubros y se pidió ayuda a los goblin para reconstruir el elevador y construir un muelle en la parte baja de la meseta; a pesar de ello, y de las señales de prosperidad, nunca sobrepasó los 1000 habitantes, ni volvió a conocer su gloria pasada.

Al menos hasta la invención de los aerogeneradores, cuando se descubrió el gran potencial de la naturaleza de Mil Agujas para producir energía limpia construyéndolos: varias mesas solitarias, e incluso los bordes de los riscos y la abandonada guarida del Martillo Crepuscular se llenaron de molinos de viento, paneles solares, redes eléctricas, puentes y muelles. Así, el Poblado Viento Libre alcanzó los 7000 habitantes, que si bien era una modesta población, era una comunidad próspera gracias al comercio y a la producción de energía. Durante la Guerra Crepuscular, la seguridad del pueblo no se vio inicialmente comprometida -lo cual era extraño- , hasta que los orcos enviaron un portaviones y dos destructores para sitiar el pueblo y conquistarlo, mas no lo lograron, pues los tauren lograron hundir los destructores, dejando indefenso al portaviones. Durante el intercambio nuclear, Viento Libre se libró de ser blanco del ataque, pero el bombardeo de los Baldíos del Sur alarmó a los tauren, forzándolos a abandonar el poblado en busca de un lugar seguro. Actualmente, un pequeño número de pobladores tauren de la Mancomunidad Hyjal desciende de esos refugiados.

Con el Pueblo Viento Libre abandonado, su deterioro era inminente, hasta que semanas después de su abandono, los gnomos y goblin, refugiados que sobrevivieron al naufragio del Barcódromo por causa de la flota orca, se reasentaron en el pueblo abandonado y lo reconstruyeron de acuerdo a sus necesidades, utilizando inclusive el abandonado portaviones orco como anexo de su ciudad. Poco después, se fundaría la Tecnocracia.

La Tecnocracia tenía sus orígenes incluso antes de la Guerra Crepúscular, cuando la Sociedad Científica y Tecnológica de Azeroth (SCTA) fue fundada por goblin y gnomos con el fin de promocionar descubrimientos científicos y técnicos, así como elevar el nivel tecnológico de todas las sociedades del mundo… a la par de recaudar más dinero -al menos, por parte de los goblin, quienes veían sus negocios en peligro tras el final de las hostilidades- Fueron ellos los responsables del descubrimiento y uso de nuevos materiales como el aluminio y el uranio. También inventaron, patentaron y difundieron varios avances técnicos como la radio, el teléfono, el cine, la conservación de alimentos, nuevos medicamentos, la imprenta, los así llamados “electrodomésticos” para facilitar la vida diaria, el gramófono, el motor de combustión interna y la generalización de su uso en automóviles y autobuses, las carreteras y vías férreas, la difusión del ferrocarril, las líneas y plantas de energía eléctrica a partir de las centrales hidroeléctricas, solares, térmicas y nucleares, las computadoras, los robots, y un sinfín de inventos más, entre ellos, el Gnoblin 5000.

Y también son responsables de su empleo en actividades militares como el diseño de nuevos aviones y helicópteros, carros de combate blindados -tanques-, artillería pesada y antiaérea, acorazados, submarinos, portaviones, cohetes, y posteriormente, las tan temidas armas nucleares. En cierto modo, la Sociedad fue responsable de la Guerra Crepuscular, por más que haya intentado detenerla, pero la naturaleza destructiva de los humanos y orcos y su ferviente odio recíproco fueron fuerzas más difíciles de controlar que el poder del átomo: tanto gnomos como goblin se vieron atrapados en sus respectivas facciones cuando el conflicto entre ambas potencias se acrecentó, y no tuvieron más remedio que en ayudarlos con apoyo técnico y logístico.

Cuando la Guerra terminó, la mayoría de los sobrevivientes fueron proscritos por los humanos y orcos que quedaban, culpándolos del Holocausto; los pocos que permanecieron junto a ellos, quedaron reducidos a meros ciudadanos de segunda clase. Los que ahora estaban por su cuenta, estaban desesperados por encontrar un hogar: mientras que los goblin conservaban al menos las ciudades de Booty Bay y Gadgetzan salvadas casi de milagro, los gnomos se habían quedado nuevamente sin Gnomegaran ni Ciudad Manitas, y en vista de haber sido rechazados en su mayor parte por sus antiguos amigos humanos y enanos, buscaron refugio con sus antiguos rivales. Los goblin, en vista de que compartían con ellos muchos intereses en común, y de que incluso ellos se hallaban desesperados por encontrar nuevos aliados para sobrevivir en este mundo cambiante, los recibieron en sus hogares; pronto, incluso goblin de tierras lejanas vendrían a refugiarse en aquellas ciudades que eran verdaderos bastiones de civilización y orden en el caos del Azeroth post-holocausto. Menos de un año después de ocurrido el Holocausto, la Tecnocracia era fundada de los remanentes de la Sociedad Científica y Tecnológica de Azeroth.

La Tecnocracia ahora abarcaba la Vega de Tuercaespina, el desierto de Tanaris y parte del Cráter de Un’Goro, extrayendo y explotando los recursos naturales de esos territorios, pero también posee algunos enclaves en otras regiones: Viento Libre era uno de ellos, pero a pesar de la tecnología que se veía, era una pequeña aldea en comparación a lo que se podría ver en Booty Bay o Gadgetzan.

Actualmente, el Poblado Viento Libre se veía mucho más moderno: edificaciones antiguas de los tauren ahora tenían accesorios gnómicos o goblin, torres y placas de metal, antenas, cañones, carteles de negocios, luces de neón, entre otras cosas. Cuando los hermanos Qatsi llegaron a la plataforma del elevador, dieron un vistazo al portaviones: había más robots que gnomos o goblin en la pista; el elevador también había sido modificado al añadirle una cabina de acero reforzado.

 

Al llegar a la cima de la mesa y abrirse las compuertas, y tras darles sus escoltas el paso libre, los hermanos quedaron aún más asombrados: la ciudad rebosaba de actividad por donde se viera. Negocios abiertos con cartelería y luces de neón, comerciantes que ofrecían sus variados productos anunciando precios y ofertas a todo pulmón: desde comida de diverso origen hasta ropas de variada calidad, joyas, armas de todo calibre, artefactos tecnológicos tanto reciclados como rescatados de tiempos previos a la Guerra, chatarra, juguetes, mujeres y muchas otras cosas. Powaq miraba todo con los ojos de un niño ante una dulcería, con esa mirada de ojos fulgurantes como diamantes a la luz del sol a causa de la curiosidad; Koya no compartía ese sentimiento, deseando solo irse lo más pronto posible.

 

Algo que llamó la atención de los tauren era la gran presencia de robots, algunos de los cuales no sólo eran sirvientes o ayudantes de los comerciantes de baja estatura, sino que otros parecían ser verdaderamente propietarios de sus propios locales; lo otro era la escasez de otras razas, pero había cierto número de humanos, algunos humanos no-muertos producto del bombardeo de la Plaga en Nueva Theramore, y un número aún más reducido de orcos, que por fortuna, se mostraban pacíficos.

Lo otro llamativo era que la mayoría de los vendedores -incluidos robots- y habitantes comunes llevaban una especie de uniforme color celeste grisáceo con tonalidades más oscuras. Y lo más importante: todos -usen el uniforme o no- llevaban una insignia con el escudo de la Tecnocracia: un engrane gris de doce dientes en los cuales se veía la cabeza de un tornillo, y un par de llaves, un par de pistones y un par de chimeneas metálicas cruzando el engrane central. Para rematar, había una bombilla dorada coronando el engrane.

Los escoltas robots guiaron a los mellizos hasta un edificio de ladrillo rojo -como las rocas del cañón- y una puerta enmarcada por dos tótems que alguna vez fue un centro de reuniones tauren, y ahora era un bar llamado “Los Tótem Carmesí” con una gran concurrencia. De seguro Koya odiaba esa rehabilitación.

  • Este bar puede ser considerado como punto de información. –habló el robot con cabeza de luz roja intermitente; esta vez con un tono más suave– Los dueños del bar son un goblin llamado Kaspar Radium y una gnoma llamada Titha Mechaperno, y el bartender es Gok: si tienen alguna pregunta acerca de donde poder realizar sus transacciones comerciales o de algún otro punto de interés en la ciudad, pregúnteselo a ellos. –los demás robots se alejaron retomando sus puestos– Sigan todas las reglas y mantengan un comportamiento apropiado. Disfruten de su estancia en la ciudad.
  • Estos robots no detectan la ironía. –se rió en voz baja
  • Koya… –lo regañó Powaq en voz baja– No hagas que se enojen.
  • Ya, ya… Ahora busquemos al bartender: tengo algo de sed y me quiero ir de aquí pronto.

Powaq se adelantó, pidiendo permiso a varios clientes para llegar a destino: sus labios ansiaban probar un sorbo de agua fresca no desalinizada, o algún jugo de frutas local. -ni él ni su hermano eran muy afines a los licores- Llegó a la barra y tocó un par de veces la campanilla, esperando a que apareciera el encargado. Apenas este llegó, se dio la amabilidad de ahogar un grito que podría haber resultado muy incómodo, y de retroceder un par de pasos. Koya había notado el silencio de su hermano y fue a verificar que le había pasado, cuando sintió lo mismo que él.

Lo que habían visto del bartender en verdad los había alterado. Gok parecía a primera vista un tauren, pero era sumamente diferente: su piel estaba seca y descascarada, como la vieja piel de una serpiente, mostrando parte de su carne desnuda; sus ojos apenas se veían entre tanta carne expuesta de su rostro; algunos  de sus dientes se habían caído; algunos trozos de carne de su cuerpo se habían perdido, dejando expuestos parte de sus huesos; su pelaje era casi inexistente, reduciéndose solo a parches en su cuerpo y mechones en su crin. El aspecto del tal Gok era el de un auténtico tauren no-muerto, algo nunca imaginado antes, con excepción de los caballeros de la muerte.

  • ¿Qué les sirvo? –preguntó Gok con sequedad– ¿Agua, Néctar de fruta, Licor añejo? ¡Vamos, que no tengo todo el día, pieles suaves!
  • Ah… Ag… agua. –contestó entrecortado el druida– Só… sólo agua.
  • ¿Qué… demonios… eres tú? –preguntó Koya sin salir de su asombro– ¿Eres un tauren? ¿Un no-muerto?
  • ¿Y que es un piel suave?
  • Adivino… Son extranjeros… –Gok se quedó en un silencio incómodo, seguido de una aguzada mirada a los hermanos– Pues claro que lo son; no hay muchos de ustedes por aquí. Deben ser de esos tauren de Feralas. Meh… Y no, jovencito; no soy un tauren: soy un necrotauren. Un tauren que mutó por culpa de la radiación de las bombas y la maldita Plaga, mientras que los pieles suaves son los no-afectados. –gruñó, y después fue en busca del pedido de los mellizos mientras continuaba hablando– Malditos Renegados.
  • ¿¿Usted tiene más de 100 años?? –preguntaron los hermanos– ¿Cómo?
  • Si, y no sé… –respondió a secas mientras servía el agua– Los enanitos dicen que la combinación de la radiación nuclear y la contaminación de la plaga activaron ciertas sustancias que crearon un tipo de no-muerto diferente que no se relaciona con el Rey Exánime. Pero eso a mí no me importa: yo vi la Gran Guerra, la viví, morí, y sobreviví como esta cosa. –entregó los vasos a sus clientes– ¿Y bueno? ¿Alguna otra pregunta? ¿Qué hacen aquí dos mozalbetes de todos modos? ¿No estarían mejor en su bosque verde?
  • ¿Sabe dónde podemos vender chatarra? –preguntó Koya; el solo ver al necrotauren lo incomodaba. Como si su actitud arisca no fuera suficiente– Recogimos algunas cosas en el camino y quisiér…
  • Con Titha si tiene tiempo. –respondió a secas– O con el goblin de la tienda de junto: se llama Mac Ferrosucio.
  • Ay, que confiable -se decía Koya– Gracias.
  • Señor Gok, ¿Sería tan amable de decirnos como llegó aquí? ¿Qué le pasó durante la Gran Guerra?
  • Powaq, déjalo. De seguro no q…
  • Para ser un druida, estás muy interesado en este cadáver andante. Pues bien, jovencito. Te diré, pero solo porque comienzas a caerme bien…

Koya se resignó a sentarse y escuchar la historia de Gok junto a su hermano, a quien no le podía creer semejante actitud ingenua y curiosidad tan infantil.

 

Continuará…

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!