Relatos de Azeroth | Fallout – La Cueva – Parte 1

Nueva entrega de Relatos de Azeroth! Asi es amigos, hoy, nuestro gran escritor Rodrigo Rojas Britez ha continuado su historia con un gran capítulo!

Antes de leer este relato, te invitamos que leas los anteriores para conocer toda la historia

 

Capítulo 3: La Cueva

 

Koya no paraba de gritar y convulsionarse, al punto de quedar postrado en el suelo sin poder controlarse; su hermano hacía lo posible por calmarlo, pero era imposible. Peor aún: Powaq se percató que mientras más agitado se volvía su hermano, sus poderes aparentaban cobrar cierta autonomía, al punto que la tierra misma parecía sacudirse levemente. Si no lo detenía…

Detenerlo era más fácil cuando contaba con la ayuda de otros: ahora que se hallaba solo y lejos de su hogar, Powaq la tenía mucho más difícil. Por fortuna, conocía la manera de detenerlo: corrió hacia su hermano y forcejeó con él por un par de minutos. En cuanto Koya se descuidó, su hermano le aplicó varios puntos de presión, ayudándolo a calmarse.

Powaq tomó a su hermano y lo cargó a su espalda, para llevarlo al interior de una cueva cercana: ya en su interior, lo recostó con cuidado en el suelo, donde jadeaba constantemente; como si hubiera acabado de correr. Después, Powaq se dedicó a preparar una fogata, pues estaba oscureciendo.

Mientras lo hacía, ignoraba por completo lo que pasaba en la cabeza de su hermano.

  • No te preocupes, Koya –le dijo mientras extendía un paño húmedo sobre la frente de su hermano y se sentaba frente a él– Nada te pasará mientras yo esté aquí.

 

Koya yacía recostado junto a la fresca hierba del bosque: sus ojos quedaba hipnotizados por los rayos del sol que atravesaban la inmensa bóveda que formaban los gigantescos árboles y hacían relucir variedades de verde inimaginables. El aire estaba quieto, pero fresco y agradable, el sol acariciaba su rostro: era una bella mañana.

Había salido a pasear a las afueras de la ciudad en compañía de su familia: había una pequeña cascada que caía en un pequeño estanque del que nacía un riachuelo, el cual era un lugar agradable para pasar el día: sus padres pasaba la mayor parte del tiempo hablando entre ellos o haciendo “cosas de padres”, mientras dejaban a sus pequeños hijos jugar. En esta ocasión, Powaq había quedado tan embelesado por un libro de ciencias que había traído, que Koya no tuvo alternativa que ir a divertirse por su propia cuenta, decidiéndose ir a explorar el estanque junto a la cascada: una vez allí, optó por recostarse sobre la hierba  retozar un rato.

Hubiera sido perfecto, de no ser por cierta intrusa…

  • ¡Ahhh! –exclamó el sorprendido niño tauren– ¿Qué pasa? –miró a la recién llegada: una niña de su especie de corto pelaje dorado con dos pequeñas trenzas colgándole a los costados, diminutos cuernos negros y ojos verdes: usaba unos mantos largos de colores que la cubrían casi por completo– ¿Quién eres? –preguntó con brusquedad– ¿Por qué me despertaste, niña?
  • Me llamo Keena, ¿Y tú?
  • Koyaanisqatsi… Pero todos me dice Koya porque creen que mi nombre es largo y difícil de aprender.
  • Jajaja… Eso es gracioso, Koya. Dime, ¿Quieres jugar conmigo?
  • Mmm… No sé… Estaba descansando tranquilamente hasta que llegaste. –la niña parecía mostrarse decepcionada hasta que…– Pero bueno; me aburría también, ¿A qué quieres jugar?
  • Al escondite: tú cuentas y yo me escondo.
  • Ah, nononono… Tú cuentas y yo me escondo; no es por malo, pero no quiero quedar como tonto al que lo dejan olvidado.
  • Está bien –sonrió tiernamente Keena– Tú cuentas y yo me escondo, pero nada de abandonarme, ¿Si?
  • Palabra de tauren.

 

La visión se había difuminado hasta desvanecerse completamente en la oscuridad: Koyaanisqatsi volvía a ser el tauren maduro y no el novillo de siete años que recordaba de su infancia; tampoco estaba en Feralas, sino en una oscuridad tan profunda que era casi imposible verse a sí mismo… pero lo sentía: volvió a ser adulto.

Pero esa gran oscuridad no era silenciosa: oía voces, cientos de ellas, que murmuraban, gritaban, gemían y suplicaban en un lenguaje incomprensible; esas voces era molestas, pero salvables. Sin embargo, había otras dos que le preocupaban: se oían sumamente distantes y apenas perceptibles al oído, pero de algún modo, sintió que eran las más fuertes y sabias de todas. No las entendía casi nada, pero creyó diferenciarlas: una parecía manar un aura cálida, amistosa, gentil y noble; la otra, por el contrario, parecía manar odio y rencor con cada palabra que soltaba. Peor aún: Koya tenía el terrible presentimiento de que esa presencia buscaba algo con él; mas la otra presencia parecía darle la contraria y defenderlo.

Aun así, Koya se sentía frustrado, impotente, y sumamente incómodo, deseando a gritas que ambas presencias se esfumaran de su cabeza. Albergaba la esperanza de que el ser benévolo comprendiera su dolor y se fuera, pero mientras el otro siguiera allí, sería difícil.

  • ¡¡VÁYANSE!! ¡¡LARGO DE MI CABEZA!! ¡¡FUERA!! ¡¡¿¿ES QUE NO ME ENTIENDEN??!! ¡¡LÁRGUENSE!!
  • ….
  • ¡¡DÉJENME EN PAZ!!
  • ¡¡SERÁS MIO!!
  • ¡¡ALÉJATE DE ÉL!!
  • ¡¡¡ALÉJATE DE MÍ!!!

Koya despertó sobresaltado: sus ojos se abrieron de golpe, develando un paisaje sumamente diferente. Puso su mano izquierda sobre su cabeza y sintió el paño húmedo y su frente empapada en sudor; levantó la parte superior de su cuerpo y dio un vistazo: estaba en el interior de una cueva, bajo la tenue luz de una fogata. Junto a ella, se hallaba su hermano, mirándolo sorprendido; repentinamente, este corrió a abrazarlo.

  • ¡Hermano! ¿Estás bien? ¡Qué bueno que despertaste!
  • Si… Estoy bien, Powaq… Pero trata de no aplastarme los pulmones… –se soltó del abrazo con cuidado– Y de ser tan cursi, por amor a la Madre Tierra. ¿Dónde estamos?
  • Dentro de una cueva. –respondió este mientras buscaba algo de comer entre las cosas que tenía alrededor– Creo que fue de los jabaespines en su mejor momento; por suerte no he visto nada amenazante por aquí. ¿Qué quieres comer? ¿Frijoles enlatados recalentados o escorpión gigante asado?
  • ¿De dónde… sacaste el escorpión? –preguntó suspicazmente
  • Aquí en la cueva. –respondió; tras ver a su hermano dubitativo, prosiguió– Tranquilo: su nivel de radiación es seguro, y más con ayuda del desinfectante de alimentos que nos dio Titha. Anda, come con confianza.
  • Mejor dame un poco de cada uno: tengo hambre. –de inmediato Powaq le ofreció un filete asado de carne de escorpión y una lata recalentada de frijoles: Koya sonrió al leer su envoltorio“Frijolitos Sabrozín: sabor y flatulencias garantizadas” Jajaja: estos goblin.

Koya abrió la lata, y con ayuda de una cuchara, se dispuso a comer la comida ofrecida; su hermano lo observaba detenidamente. Tras una pausa, reinició la conversación.

  • ¿Cuánto tiempo pasó desde…?
  • ¿Desde qué perdiste el conocimiento? Casi catorce horas, hermano: son horas de la tarde en este momento.
  • ¿Tanto tiempo me he dormido? ¡Debemos continuar!
  • Sería mejor que te quedaras a descansar, Koya. –aconsejó su hermano– Apenas te has levantado y comido como para ponerte de inmediato a continuar el viaje.
  • No eres mamá para decirme que hacer. –le gruño en voz baja pero firme– Nos vamos enseguida.
  • Es una mala idea –agregó Powaq, tras darle una corta mirada al exterior– Anochecerá pronto, y si bien no vi nada anormal o peligroso por aquí, no descarta la posibilidad de que haya algo acechando por este lugar. Aparte: si vuelves a tener uno de tus ataques, y en el peor momento, sería desastroso.
  • Detesto cuando tienes razón. –hizo una pausa; tras acabar su comida, dejó la lata por ahí– Pero mañana a primera hora.
  • Koya…
  • Qué
  • ¿No sabes que es lo que te ocurre?
  • No… No tengo idea, hermano; espero… poder hallar las respuestas en Mulgore.
  • Seguro las hallarás. –Powaq se quedó viendo la fogata en silencio por varios minutos; luego reanudó la conversación– Koya… ¿Cuándo piensas decirme REALMENTE lo que te pasa?

Su hermano alzó la ceja de sorpresa, pero permaneció callado. ¿A qué se refería su hermano? ¿Sabía algo que ignoraba o más bien algo que NO debería de saber? Tenía sus sospechas, pero prefería no tocar mucho el asunto, así que trató de evadir la pregunta.

  • Sabes que no sé lo que me pasa. Será mejor que descanses: trataré de hacer guardia esta vez.
  • Koya…
  • Descansa y yo har…

No había sido un ataque, pero Koyaanisqatsi había caído desmayado por algún motivo. Su hermano, de inmediato, fue a socorrerlo; sin embargo, todos sus intentos por despertarlo de su “trance” fueron inútiles. Koya yacía inconsciente en el suelo, jadeando copiosamente y murmurando ininteligiblemente: pasara por lo que pasara, debía de ser bastante peculiar.

Powaq nuevamente no tuvo mayor alternativa a permanecer junto a él, preparado ante cualquier cosa que pudiera pasar.

 

Jugar a las escondidas con Keena había sido más divertido de lo que pensaba: KOya se hallaba muy feliz tras conocer a una nueva compañera de juegos. ¿Se lo diría a Powaq? ¿O a sus padres? Todavía no: conociendo a Powaq, terminaría uniéndose al grupo, y Koya lo que deseaba era amigos propios: no amigos que compartir con su hermano; aun a la tierna edad de siete años, Koyaanisqati ya se sentía presionado por ese aspecto de ser mellizos. Odiaba compartirlo todo.

Respecto a sus padres… pues sabría que no habría problema alguno, pero sabía lo “melosamente agradables” que podían ser: su madre actuando como buena anfitriona, aunque eso significara humillar a su hijo… Y su padre, cuyas preguntas interminables y propias de un interrogatorio, así como su mirada seria a veces intimidaba a cualquiera: era buena persona, y muy amable, pero… No: mejor dejar a Keena como una amiga secreta… por el momento. Era más divertido así.

Keena había dicho que regresaría la próxima semana, lo que era estupendo, porque la familia de Koya pasaría de nuevo por allí en ese mismo lapso de tiempo. Lo poco que sabía de ella era que vivía por esa zona, que sus padres tenían un negocio pequeño, y que no poseían poderes especiales. Era todo. ¿Cómo distraer a su hermano de otra potencial amistad compartida? Fácil: distraerlo con algo más interesante que jugar con su hermano.

  • Oh… ¿¿Es el libro “Cuentos de una Tierra Lejana” de Julius Wells?? –preguntó el pequeño Powaq al ver tan maravilloso libro de su autor favorito de pre-Holocausto; su hermano respondió afirmativamente– ¿¿Cómo lo conseguiste??
  • Lo pillé por ahí… usé mis ahorros, y decidí regalártelo. –explicó sonriente, ocultando su “siniestro” plan– Sé que te gustan estas cosas, y eres mi hermanito.
  • ¡Muchas gracias, hermanito! –agradeció a Koya con un abrazo– ¡Lo leeré ahora mismo!
  • Disfrútalo. –le dijo, mientras se alejaba poco a poco– Yo iré a jugar por ahí.
  • ¿No quieres leerlo conmigo?
  • Eh… Después me cuentas a qué va.
  • De lo que te pierdes… –mientras Koya se alejaba de su hermano, Powaq inició la lectura“La Tierra es un mundo distante habitado únicamente por humanos, en donde…”

A Koya no le interesaba esa historia de fantasía que sonaba de lo más irreal. ¿Un mundo habitado por una sola especie inteligente? Que aburrido, se decía. Mientras su hermano se distraía por semejante sacrificio a sus ahorros infantiles, iría junto a su nueva amiga. ¿Por qué le interesaba tanto? ¿Estaba enamorado de esa chiquilla? No; para nada: sólo que el hecho de poder tener a una amiga propia y no compartida le atraía mucho.

Llegó al estanque, y esperó a que llegara. Tardó casi veinte minutos en llegar, pero ahí estaba, usando el mismo atuendo que antes.

  • Oh, viniste. ¡Qué bueno! –sonrió amablemente– Entonces podremos jugar.
  • ¿A qué quieres jugar exactamente?
  • ¿Quieres jugar al sehnet?

En eso, sacó una pequeña cajita dorada con incrustaciones de piedras de colores azul, verde y rojo, y unos grabados que sólo podrían ser propios de Uldum. Al abrirla, se develaba un tablero de 30 casillas con grabados en algunas de ellas, aparte de un número indeterminado de pequeñas piezas cónicas con una diminuta esferita por cabeza como contenido de la misma.

El sehnet era un juego de mesa tradicional de los Tol’vir. Durante siglos, la cultura tol’vir había permanecido oculta del resto de Azeroth, pero tras el Cataclismo, había vuelto a abrirse al mundo. Con el tiempo, Uldum recibió más y más visitantes, y su cultura se hizo conocida; entre ellas, el sehnet, que se convirtió en uno de los juegos más populares de Azeroth. En algunos lugares, llegó a superar en popularidad al Heartstone.

  • Eh… No sé cómo se juega.
  • ¡Yo te enseño a jugarlo! –exclamó animada– ¡Es muy fácil!
  • Está bien.

No era tan difícil como suponía: algunas piezas se movían de una manera; otras de forma distinta; las casillas tenían símbolos que podían significar una ventaja, u castigo o simplemente nada. Koya aprendió rápidamente el juego y comenzó a jugar: así, pasaron los minutos, que terminaron convirtiéndose en horas. Tras más de 3 partidas, la niña terminó ganando, pero a Koya no le molestó: se había divertido.

  • No creí que fuera tan divertido un juego de mesa.
  • Si lo juegas bien acompañado lo es. Si no, es molesto.
  • Y yo… ¿Qué soy?
  • Un jugador novato, tontito. ¿Jugamos otra partida?
  • Jeje… No sé; estoy algo cansado de estar recostado. –pensando– Ya sé ¿Por qué no vamos a nadar al estanque?
  • ¿N… Na… nadar? –preguntó Keena: sonaba incómoda más que indecisa con la idea– Es que… yo…
  • ¿No sabes nadar? Yo te puedo enseñar. –comenzó a sacarse la camisa– Toma algo de tiempo, pero…
  • ¿Sabes? Ahora recordé que se hace tarde y debo irme a mi casa. –recogió con prisa las piezas del juego y las metió en la cajita, cerrándola posteriormente– Discúlpame, Koyaanisqatsi.
  • Está… bien… –apenado– Nos veremos otro día, ¿Verdad?
  • ¡Si, nos vemos otro día!

Keena salió corriendo con suma prisa, como si le urgiera llegar a su casa a toda costa. Se perdió de la vista del niño tauren tras pasar unos arbustos al otro lado del estanque. Koyaanisqatsi se preguntó si había dicho o hecho algo mal frente a la niña. ¿No sabía nadar? ¿Era tímida? ¿Tenía miedo al agua? No lo sabría ese día; y así como Keena se tuvo que volver a su casa, Koya debería hacer lo mismo: se hacía tarde, y no quería preocupar a sus padres.

 

Koya ya no se encontraba en Feralas, ni tenía a su familia cerca; pero tampoco estaba en aquella gran oscuridad escuchando aquellas voces. Es más: ni siquiera se sentía él mismo; como si se encontrara en otro cuerpo… si es que al menos poseía uno.

Se hallaba en la entrada de la cueva, era de día, y en la lejanía se escuchaban los ecos de explosiones lejanas, así como estelas de humo que sobresalían de los peñascos cercanos. No estaba solo: había varias criaturas a su lado, de cuerpo rechoncho pero fuerte, cabeza grande de cerdo salvaje, pelaje desaliñado. Koya nunca había visto criaturas así, pero sabía que eran, pues había leído, oído y visto de ellos en libros, historias y tapices: los jabaespines. A primera vista, los jabaespines no se veían desafiantes, sino asustados por aquellas explosiones y humaredas lejanas que no parecían ser amenaza por el momento. Sin embargo, pese a no entenderlos, sentía su temor: sus palabras eran inentendibles, posiblemente por el bajo común -un idioma muerto hace casi un siglo- mezclado con sus gruñidos de cerdo. Pero aun así, uno podía sentir a simple vista que estaban confundidos.

Entonces fue cuando vio en lo alto, un par de delicadas estelas de humo blanco surcar el cielo desde el este; luego desaparecieron. Segundos después, el cielo se tornó blanco y hubo un sepulcral silencio: un resplandor como nunca antes hubiera visto encandiló todo a su alrededor, eliminando momentáneamente todo rastro de sombra: los jabaespines chillaban ante esa luz que hería sus ojos… y en algunos casos, los enceguecía. Luego se oyó el estruendo, como el de un trueno a pocos metros de distancia, tronando con tal fuerza que ninguna otra cosa podía oírse más.

Koya no vio ni oyó nada por unos instantes, pero sabía que algunos jabaespines estaban huyendo en dirección a la cueva; otros seguían allí, mirando y oyendo al vacío, aun si ya no tenían vista ni oído. Sobre las rocas se podía ver una enorme y emergente seta de fuego cuyas llamas doradas pronto cambiaban a ámbar, rojo, púrpura, hasta volverse humo negro: una extraña nube anular salió despedida del tronco de la seta, mientras esta continuaba ascendiendo. Una terrible ráfaga de viento incandescente llegó, acompañado de una onda de choque que hizo temblar la tierra; varias rocas se desprendieron de los riscos a consecuencia de ello. Koyaanisqatsi veía horrorizado como no sólo las zarzas espinosas o los arbustos, sino los mismos jabaespines ardían en llamas apenas llegaba esa ventisca ardiente; en el caso de las plantas, se carbonizaban casi al instante.

Optó por huir junto a ellos al refugio de sus cuevas, en parte porque lo creía lo más lógico… y por otro lado, porque ya no quería ver tantos horrores. No hacía falta cavilar demasiado para saber de qué era testigo. Quedaba por preguntar… ¿Cómo? Y lo más importante, ¿Por qué?

Dentro de las cuevas estaba más fresco, pero incluso así el calor era terrible: supuso que afuera la temperatura del aire llegaba al punto de ebullición del agua… o peor. Había jabaespines de todo tipo: guerreros, cazadores, geomancers, pícaros, exploradores, tanto hombres como mujeres y niños; la mayoría heridos levemente, y otros con serias quemaduras. Todos estaban terriblemente asustados por lo que pasaba afuera. “¿Qué ocurre?” “¿Qué es ese estruendo?” “¿Por qué todo está ardiendo?” “¿Es el fin del mundo?” preguntaban, o al menos eso creía Koya que preguntaban: lo más probable era que la respuesta a la última pregunta fuera “SI”.

Permaneció allí viendo como los jabaespines discutían entre si hasta que algo los alarmó: otro grupo había entrado a la cueva, y se encontraban en pésimo estado. Harapientos, con el pelaje chamuscado y la poca piel que les quedaba colgándoles de su cuerpo, su carne estaba expuesta y no paraban de sangrar. De inmediato fueron socorridos por otros miembros de su especie,  brindándoles agua y algo de comida; otros curiosamente les arrojaban tierra. AL principio no lo entendió, pero luego le pareció ver un atisbo de inteligencia en esas criaturas: arrojarles tierra para apagar las pocas llamas que aun ardían en sus cuerpos, así como usar la tierra para “enfriarlos” en lugar de usar agua, un recurso que terminaría siendo sumamente valioso.

Mientras los jabaespines heridos eran atendidos aparte, Koya permaneció junto al resto del grupo en la cueva, soportando el terrible calor, viendo esas expresiones de miedo en cada rostro, y escuchando a los lejos los gritos de una muerte inimaginable. Pronto se quedaría dormido en medio de la oscuridad.

 

El joven shamán había despertado nuevamente: sintió el suave calor de una fogata en sus cercanías, el humo, el ruido de la leña ardiendo, y la visión reducida. Era de noche, y hacía mucho más frio del que creyó haría en esas tierras. Sin levantarse de su sitio, buscó con la mirada a su hermano, y lo encontró junto a la entrada de la cueva: tenía la mirada fija tanto en el interior como en el interior de su improvisado refugio; posiblemente estaba haciendo guardia, y al mismo tiempo cuidándolo de cualquier peligro. ¿Había dormido algo desde que salimos? Se preguntaba Koya.

Lo hubiera avisado de estar ya despierto, pero se tomó su tiempo para pensar mientras oía como fondo el crepitar de las llamas de la fogata. Había tenido nuevas visiones ¿Por qué? ¿Qué trataban de decirle? ¿Por qué justo ahora? Mascullaba en su cabeza. Deseaba irse de allí cuanto antes, pero Powaq tenía razón en que sería peligroso mientras fuera de noche. Lo peor sería que Koya sospechaba que… tarde o temprano, Powaq tendría que…

  • Ya despertaste. –dijo su hermano, sin moverse de su sitio e interrumpiendo sin saberlo los pensamientos de Koya
  • Hace frio –respondió el shamán– Creo que la fogata no es suficiente para mantenernos calientes.
  • Supongo que… el clima es mucho más hostil ahora por esta región. –soltó un resoplido– Ni que decir por los recursos: conseguir leña es cada vez más difícil.
  • ¿De dónde la has sacado, Powaq?
  • De las zarzas, ¿De dónde más? Casi no hay madera u otro combustible que usar: casi toda la madera que hallas por aquí es carbón, y las zarzas son muy duras.
  • Suenas algo nervioso, Powaq.
  • Descuida; no es nada. ¿Cómo te sientes tú?
  • Y… Sigo igual. Yo… –iba a continuar, pero la duda lo detuvo. ¿Hablaría de las visiones con su hermano o no? ¿Podría entenderlas? Pensándolo bien, ¿Hacía falta hablar del tema? Por otro lado… no había con quien más hablar del asunto, ya que su padre no estaba aquí. Sólo debía usar las palabras con cuidado– Yo… he tenido… sueños.
  • ¿Visiones? –preguntó de inmediato el druida
  • No lo sé… Estoy algo confundido; no les veo la razón de ser.
  • ¿Qué fue lo que soñaste, Koyaanisqatsi?
  • Tú dijiste que esta cueva era de los jabaespines. –Powaq asintió– ¿Cómo lo supiste?
  • Las pinturas rupestres. –señaló una de ellas apenas visible en la pared; Koya ni se había percatado de ese detalle– Y porque sé mucho de Historia y Geografía de Azeroth.
    Ah, si… Siempre sobresaliste en eso. –respondió con desgana
  • ¿A qué va tu pregunta?
  • Yo… yo los vi. A los jabaespines: estaban aquí…
  • ¿A sus espíritus?
  • ¡No! Bueno; estaban fuera de esta cueva, pero estaban por aquí cuando…
  • ¿Cuándo qué?
  • C… Cuan… –tragó saliva– Cuando empezó el Holocausto, Powaqqatsi.

El druida se quedó mudo unos instantes, limitándose a expresar su asombro con un simple “Oh” silencioso con la boca abierta. Pronto se acercó a su hermano para prestar mayor atención a su relato.

  • ¿Hablas en serio? ¿Viste… el Holocausto?
  • Si… Al principio vi a los jabaespines oír las explosiones y disparos de la lejanía.
  • Posiblemente las batallas entre tauren y orcos.
  • Y después vi dos estelas blancas que venían del este. Y después… todo se puso blanco.
  • Misiles nucleares –sentenció el druida– Espera, ¿Del este? Eso quiere decir que los lanzaron…
  • Nueva Theramore, o capaz la mismísima Ventormenta o los Renegados de MegaNecrópolis: eso no importa ahora, ¿O sí? El punto es que lo vi: vi como detonaban las bombas; como surgía esa bola de fuego al cielo, y como creó una ola de calor insoportable que quemaba todo a su paso. Powaq: vi a los jabaespines arder vivos ante mis ojos… Y otros… llegaban con la piel colgándoles del cuerpo.
  • Oh, vaya… Definitivamente no fue una visión agradable. –sentenció el druida– ¿Y por qué crees que tuviste ese sueño?
  • ¿Cómo demonios voy a saber? –se quejó Koyaanisqatsi– No soy experto en estas cosas.
  • Mmm… Ya veo. –Powaq le dirigió una mirada que combinaba suspicacia, severidad y compasión al mismo tiempo– Creo que deberías seguir descansando, hermano.
  • ¡Pero no has dormido nada desde que llegamos aquí! ¡Déjame hacer al guardia esta vez y descansa! ¡Te aseguro que estoy bien!
  • Prefiero no arriesgarme.
  • Pero, Powaq…
  • .. Duerme.

 

Faltaban días para el paseo familiar al estanque, y Koya no aguardaba a que llegara el anhelado día para reencontrarse con Keena y jugar de nuevo. ¿Por qué no le preguntó dónde vivía? Se preguntaba de vez en cuando; capaz tenia vergüenza o problemas con sus padres y por eso no los mencionaba. Si: debía ser por eso.

Lamentablemente, el pequeño Koyaanisqatsi era incapaz de encubrir su peculiar ansiedad, y su hermano mellizo no tardó en descubrirlo.

  • Hermano, ¿Por qué andas tan raro?
  • ¿Cómo que raro? Yo estoy bien. ¡Excelente! ¿No ves?
  • No; andas raro. Sonríes más de lo normal, eres más amable… Hasta juraría que tarareas mientras caminas.
  • ¡Eso no es cierto! ¡No necesito tararear! ¡Soy un niño muy feliz!
  • ¿Qué pasa aquí?

Su madre acababa de interrumpir la discusión de sus hijos, una que no llevaba para ningún lado, como cualquier madre de mellizos debe de conocer. Los niños, como buenos hijos que eran, optaron por dejar su potencial rabieta.

  • ¿Y bien? ¿Alguien va a decirme que pasa?
  • Koya actúa raro , mami. Está muy… alegre.
  • ¡No es cierto!
  • Koya, –se arrodilló su madre para tenerlo frente a frente– ¿Te pasa algo?
  • Nada… Powaq sólo exagera. ¿Qué no puedo estar feliz?
  • Claro que puedes, cariño… Pero a decir verdad, siempre has sido muy serio. ¿Pasó algo de lo que quieras hablar?
  • ¡Mamá! ¿Tú también? –preguntó el joven novillo, mientras hacía un puchero enojado mientras daba la espalda. Al ver que ni su madre ni su hermano se retiraban, se resignó– Agh… Conocí a una niña.
  • ¿Una niña? ¿Y es tu amiga?
  • Si… Es MI amiga, Powaq: MI amiga.
  • Pero eso no tiene nada de malo, hijo; ¿Por qué querías ocultarlo?
  • Porque… porque…
  • ¡Koya tiene novia, Koya tiene novia!
  • ¡Cállate!
  • ¡Powaq; no molestes a tu hermano!
  • Si, mami.
  • Creo saber por qué –le guiñó el ojo sin que Powaq la descubriera– Así que no te preocupes, Koyita. –pensando– ¿Sabes? ¿Por qué no nos la presentas la próxima vez que te la encuentres? –su hijo se veía poco convencido de la idea– No te haremos pasar mal rato; te lo prometo.
  • Está bien, mamá. –sonrió– Se las presentaré… –miró a su mellizo– ¡Y nada de hacerte el babosito! –su hermano le sacó la lengua; Koya respondió de igual manera
  • Ay… Estos niños.

Pasaron los días hasta el momento del paseo familiar. Los padres de los mellizos Qatsi acordaron dejar a su hijo a solas con su nueva amiga y esperar a que ellos se presentasen; Powaq tuvo que contener los deseos de ir a conocer a la misteriosa niña, ya que su madre le habría prohibido ir a molestarlos.

Mientras tanto, Koya y Keena se entretenían jugando otra partida de sehnet, en la que por primera vez, era Koya el que estaba ganando. Tras una serie de movimientos más, Koya se declaró ganador, cosa que no tardó en demostrarlo.

  • ¡Gané, gané, gané! ¡¡Sí!!
  • Jugaste muy bien, te felicito.
  • Porque tengo una buena maestra.
  • Nah… Tú eres muy inteligente, Koya.
  • ¿En verdad crees que soy muy inteligente? –preguntó con ciertas dudas– Porque todos me dicen que soy algo bruto.
  • No tienes que subestimarte ni dejar que te subestimen. Aprendiste a jugar un juego de mesa: eso es lo fácil. Lo difícil es aprender a ganarlo.
  • Capaz tengas razón. –se rascó la cabeza– Oye… No sé si la otra vez yo… yo… dije algo malo que te molestó.
  • ¿Molestarme? –preguntó intrigada– ¿Por qué?
  • Porque dije para nadar en el estanque y creo que te hice sentir obligada. ¿O es otra cosa lo que te molesta?
  • Es que… Koya… Yo… yo… le tengo miedo al agua. No me gusta nadar.
  • Ah, entiendo. Perdóname si te quise hacer algo que no querías.
  • Descuida; no es nada. Oye… ¿No quieres jugar a las escondidas?
  • ¡Buena idea! Yo cuento y tú te escondes.

Keena comenzó a buscar para su escondite mientras Koya contaba hasta cien sin mirar; para cuando alcanzó el número sesenta y seis…

  • Koya, ¿Qué haces?
  • ¡¿Mamá?! ¿¿Qué haces tú aquí?? ¡Se supone que debías esperar a que fuéramos a verlos!
  • Creo que he visto más que suficiente por hoy; –sentenció con una voz más fría que maternal– Nos vamos.
  • ¡Pero! ¿Y mi amiga? ¡No puedo dejarla sola!
  • Luego te despides de ella, Koya. Vámonos.
  • ¡No puedo dejarla asa nomás!
  • ¡¡NO HAY NADIE MÁS AQUÍ, KOYA!!

Nunca había oído gritar a su madre de esa manera, por lo que quedó más que sorprendido. Tampoco entendió a lo que se refería ¿No había nadie más? Su madre no le dio tiempo de responder, pues de inmediato lo tomó del brazo y lo sacó de allí; pronto se reunió con toda su familia, quienes no paraban de mirarlo extraño, más que nada su padre, mientras que Powaq se sentía más apenado.

Pronto supo el por qué: Powaq, como todo niño curioso, había ido a “espiar” a su hermano mellizo para saber cómo se encontraba y como era su nueva amiga. Cuál sería su sorpresa -y la de sus padres y más aun de él mismo al oír los siguiente- que encontró a su hermano completamente solo, hablando y actuando como si interactuara con otra persona, la cual, Powaq no fue capaz de ver; de inmediato fue a decírselo a sus padres, pues se hallaba preocupado por su hermano. Una vez enterados, los padres espiaron a su hijo, que actuaba tal y como Powaq había explicado: su madre no tardó en reaccionar, tomando a su hijo del brazo y sacarlo de allí.

 

CONTINUARÁ…

 

Maestro de los Totems y del poder de la vida. Vivo en un árbol y a veces dejo que te mueras en combate!